Respiro, respiro muy profundamente, me estiro y todo mi cuerpo se despereza, un leve crujido en la espalda. Me incorporo muy lentamente y poso un pie en el suelo y después otro. Anoche dejé la persiana a medio subir y la ventana medio abierta. A través de ella, entra una tenue luz; hoy el día parece estar muy nublado, entra una suave brisa, muy sutil que impulsa al carrillón colgado en la parte superior de la ventana, a moverse dulcemente; su dulce movimiento, produce ese sonido tan y tan calmante que tanto y tanto me gusta. Sonrío con los ojos cerrados, disfruto embriagada por la brisa, por la melodía envolvente y la suave luz. Permanezco así, disfrutando de ese instante, sintiendo que éste es el momento más precioso y valioso.

Muy despacio, me levanto en ese preciso instante, recuerdo y, en ese segundo, tomo consciencia de la diferencia, de lo distinto ahora en mí. Un baño de recuerdos viene a mi memoria y como si de una película se tratara, mi sonrisa se desdibuja lentamente y sólo por un instante bajo la cabeza pero instintivamente mis ojos se abren más, observo la luz que entra por la ventana, respiro profundamente, entorno los ojos sonrío más ampliamente. Sí estoy viva, sí estoy aquí, y ahora, sí deseo vivir.

Ayer por la tarde, mientras estaba sentada delante del médico, “Papá Noel”, como yo le llamo cariñosamente, con ese tono suave y dulce, calmo y sereno, propio de cuando las noticias no son las que uno desearía y con el que él siempre trata de sacarte una sonrisa y ponerse en tu lugar. Comenzó a hablar, algo dentro de mí, ya sabía todo aquello que él me estaba contando, sin ningún tipo de tecnicismo, con un lenguaje sencillo, fácil, “Papá Noel” respiró profundamente y me dijo: “hay que operarte, el tumor ha vuelto a reproducirse”. Y yo respiré más profundamente, sonreí con lágrimas en los ojos, agarré su mano muy fuerte y le dije: “vale, deseo vivir”. Y él me dijo: “lo harás”.

Salí de allí con la cabeza llena de ideas, miedos, recuerdos, temores, terrores, angustias,…. Y sobre todo, un pensamiento que iba y venía, sin cesar: Tailandia. Era junio y tan sólo faltaban un par de semana para mi viaje anual a Tailandia. Este año por fin había conseguido encontrar a una de los pocos Ajahn aún vivos que enseñaban una técnica muy específica transmitida oralmente, para el trabajo abdominal de órganos internos, que llevaba años deseando estudiar; además iba a hacer un retiro de Vipassana; visitar durante varios días la cárcel de mujeres para conocer cómo vivían y, sobre todo, me habían permitido acceder a las clases donde se les enseñaba Masaje Tradicional Tailandés a las reclusas, y…… había salido de la clínica, caminaba muy lentamente, de repente, me “desperté” con el pitido del claxon de un coche, me había saltado el semáforo en rojo para peatones y estaba en mitad de la calle. Continué cruzando la calle, me senté en un banco, busqué el teléfono en el bolso y llamé a mi compañero de camino y sólo pude decirle: “ha vuelto de nuevo” y rompí a llorar.

Este iba a ser un gran día, había decidido tomar la responsabilidad de mi vida, había decidido que ahora sí deseaba vivir y que iba a viajar a Tailandia a vivir. Posponer la operación unos pocos meses, disfrutando y viviendo como deseaba, como deseo. Iba sin duda a darme ese respiro, esa distancia y ese tiempo necesario para coger fuerzas, impulsarme y saltar con la seguridad de caer de pie y firmemente.

Emprendí mi viaje a Tailandia, con una maleta tan repleta de vida…… aterricé en Tailandia y mi amigo Jack estaba esperándome en el aeropuerto, nada más verme, incluso antes de darnos un abrazo, incluso antes de darnos un “wai”, me dijo: “estás resplandeciente y luminosa”. En ese preciso instante, una corriente de sensaciones y emociones me recorrió, y mis ojos se llenaron de lágrimas, una lluvia fresca de alegría y plenitud. Le conté a Jack lo que estaba viviendo, el diagnóstico, la operación, mis deseos, fue una noche larga que concluyó con una hermosa frase de Jack: “tu deseo de vivir te trajo hasta aquí y serás recompensada”.

Esa noche descansé profundamente y tuve un sueño muy extraño. Me encontraba en mitad de un bosque con un hombre muy delgado, lleno de tatuajes budistas de protección, vestía como único hábito una piel de tigre, me llamó la atención el detalle que vestía en su cabeza, no sé muy bien si era una cinta de pelo de algún animal, o un animal que se posaba sobre su cabeza. Identifiqué a este hombre como un Rue Sri, (ermitaño o curandero tailandés), estaba sentada frente a él y de pronto, comenzó a hablar en un idioma que no podía comprender, no es que yo hablara tailandés, sí lo suficiente como para comunicarme mínimamente, pero el Rue Sri no hablaba en tailandés, tenía los ojos cerrados, por un instante me dio miedo, parecía como si estuviera haciendo algún tipo de conjuro o algo por el estilo. Así como empezó a hablar se calló y sacó una espada con un filo muy afilado, yo hice el amago de levantarme pero él me cogió de la mano y en inglés me preguntó: “¿deseas vivir?” y yo respondí moviendo la cabeza, era incapaz de articular palabra. Comenzó a mover la espada de un lado a otro, cerré los ojos y sentí cómo me golpeó sobre mi hombro derecho fuertemente y después sobre mi hombro izquierdo, pero yo, a pesar de la fuerza que había sentido, no percibí dolor, abrí los ojos y no había sangre, respiré aliviada, levanté la cabeza y allí seguía el Rue Sri, mirándome, sonriendo divertido, me dijo: “sí, deseas vivir”. Me desperté sobresaltada, la luz ya comenzaba a entrar por la ventana. Me levanté aún con esa sensación de alivio y temor por el sueño que había tenido. Le conté a Jack mi sueño, mientras desayunábamos, él me miraba, sonreía, sin decir nada y seguía comiendo.

Comencé mi tan ansiado curso, me gustó tanto, lo disfruté con tanta intensidad, descubrí un universo sobre mí en esos 5 días, y a una gran amiga y admirada Maestra en la Ajahn, Ki Men. La invité a venir el próximo año a Madrid, para que su sabiduría y su conocimiento llegaran a otros muchos, que por distintas razones no podrían viajar a Tailandia. Ella, emocionada, aceptó y yo, ilusionada, la respeté y admiré un poco más.

Llevaba tres semanas en Tailandia, cuando una mañana Jack, muy temprano, vino a buscarme. Él sabía que estaba despierta, ya que cada mañana me levantaba a las 6 para ir a mi clase de Rue Sri Dad Ton (yoga del asceta tailandés). Simplemente me dijo: “hoy hacemos Rue Sri Dad Ton en el bosque”, me pareció una idea tan estupenda que ni por un instante pensé en nada más. Llegamos a un bosque que me resultaba ligeramente familiar, caminamos durante 10 minutos adentrándonos en las profundidades, de pronto me quedé paralizada, no podía avanzar, reconocía ese lugar y reconocía a la persona que a tan solo unos pocos metros de mí, sentada en postura de meditación, me miraba sonriéndome sin cesar. Jack me cogió de la mano, con dulzura y me invitó a sentarme delante del Rue Sri, lo que pasó a continuación, puedes imaginártelo, reviví exactamente todo lo que en mi sueño había ocurrido. ¿Sueño o realidad?

Habían pasado tres meses y regresaba a Madrid. De vuelta, en el avión, fui consciente de las pocas ocasiones en las que había recordado las palabras del médico: operación, tumor, tratamientos…. Pasaron los días, de idas y venidas a las consultas, pruebas, análisis… pero me sentía serena, tranquila, más viva que nunca. Pocos días antes de la operación fui a la consulta del oncólogo, me senté sonriendo, tranquila, “Papá Noel” me miró, me acarició la mano, y comenzó a hablar muy dulcemente, pero esta vez había algo distinto, no lograba reconocerlo, hasta que me di cuenta que en sus palabras había una mezcla de sorpresa e inquietud. El tumor se había reducido de manera milagrosa en una décima parte, habían descartado determinados tratamientos para decantarse únicamente por una operación que sería, según él mismo dijo: “muy sencilla y con un postoperatorio muy bueno”. Salí sonriendo de la consulta, casi no sentía el suelo debajo de mis pies y me vino a la mente, a mi presente, la experiencia vivida con el Rue Sri en aquel bosque y las palabras de Jack: “tu deseo de vivir te trajo hasta aquí y serás recompensada”.

Mi vivencia, experiencia y estudio del Masaje Tradicional Tailandés es ahora mi forma de vida. Tailandia y la tradición tailandesa me abrieron los ojos y el corazón al pleno deseo de VIVIR.

Ana Belén Martínez Yébana
Escuela de Masaje Tradicional Tailandés
www.raksaeng.es