En Otoño la naturaleza se despoja de lo que ya no le sirve, las hojas caen de los árboles y la tierra las recibe y se enriquece con ellas creando un suelo fértil que producirá vida en la siguiente Primavera. Así el ciclo se renueva.

Nosotros seguimos de la misma forma los ciclos de la naturaleza. En Otoño nuestra energía se vuelve más interna, los días empiezan a ser más cortos y todo invita a ir hacia dentro, es el tiempo de hacer balance de nuestras vidas y ver cómo ha ido el año.

Tal vez sentimos que algo nos sobra, posiblemente ciertos hábitos de vida, o pensamientos que nos limitan. Es el momento de soltar lastre, igual que los árboles se desprenden de sus hojas, para dar paso a un futuro mejor.

Todo esto tiene mucho que ver con el movimiento de energía que sucede afuera y la manera en que cada uno lo experimenta. Algunas personas pueden vivir este tiempo como unos momentos de recogimiento y reflexión que nos pueden hacer más sabios, otros en cambio pueden sentirse abocados hacia la nostalgia o incluso la depresión, puesto que la energía ya no está tan externa en nuestro cuerpo como en el verano y empieza a faltar ese “plus” de Yang extra que nos aportan el Sol y el calor.

El otoño es un tiempo de cambios que cada cual experimentará de una manera u otra y esto tiene que ver ciertamente con nuestra fisiología. En cada estación hay unos órganos en nuestro cuerpo que se ponen a funcionar con más intensidad; es como una carrera de relevos por equipos. Todos pertenecen al mismo equipo (nuestro cuerpo), pero según la estación son diferentes los que van en cabeza de la carrera, y ahora le toca a los pulmones y el intestino grueso.

¡Es muy significativo que sean estos dos órganos! Los pulmones se encargan de tomar el alimento celeste (la respiración), mientras que el intestino grueso se encarga de eliminar los residuos del alimento terrestre y al igual que los árboles hacerlo regresar a la tierra. ¿No es curioso que esto sea así?

Entre los dos forman un Tao perfecto, y así las energías del Cielo y de la Tierra circulan armoniosamente en nuestro interior.

La energía del pulmón humidifica la piel y las mucosas y ayuda a mover los líquidos corporales, además elabora la Energía Nutricia o Aliento Vital y también produce la energía torácica que da la fuerza al corazón para que pueda latir y fuerza a la voz para expresarnos.

El intestino grueso rescata las últimas aguas que se encuentran en los residuos de los alimentos, y facilita la eliminación de las toxinas que contienen. Si esta eliminación no se hace adecuadamente, la persona se intoxica y pueden aparecer dolores de cabeza, sensación de atasco y mal humor, incluso infecciones en la zona de la pelvis.

Por estas relaciones es fácil entender que cuando estas energías no funcionan bien la persona se puede sentir decaída, falta de tono vital, triste, incluso deprimida, porque el pulmón y el corazón tienen poca energía, lo que es más frecuente en otoño.

Si el intestino grueso no realiza bien su función de eliminar esto genera evidentemente un atasco en nuestras tripas, que también está relacionado con la capacidad de soltar y dejar ir el pasado, para dar espacio a lo nuevo, algo que es necesario para que la vida se pueda renovar.

Cuando estas energías funcionan adecuadamente, nos sentimos optimistas y capaces de afrontar los retos, la persona vive la vida con un sentimiento de equilibrio y realismo que se sostiene en el momento presente, sin añoranza por lo que ya no existe, ni expectativas por lo que aún no es… La vida se vive ligera, con un sentimiento de alegría y libertad, creando relaciones maduras de respeto e independencia con las otras personas.

Janú Ruíz

Instructor de Chi Kung
chikungtaojanu.com