La meditación tiene una gran importancia en nuestras vidas. Pero solemos tener algunas ideas equivocadas al respecto, teniendo diversos conceptos como: “meditar es complicado para mí “, “me exige posiciones del cuerpo difíciles de realizar”, “supone una lucha intentar aquietar la mente y dejar de pensar”, “no dispongo de tiempo para ello”, “para meditar correctamente es mejor ir a un monasterio o a un lugar muy armonioso y pacífico”.

Todo esto propicia que las personas la releguen al futuro, en un tiempo más o menos cercano, como una “posibilidad” a ser practicada en algún momento más apropiado. Sin embargo, la meditación no sólo es necesaria en los días en que vivimos y las circunstancias de la sociedad en la que estamos inmersos, sino que, además, es mucho más sencilla y amena de realizar de lo que mucha gente pueda pensar.

Existen diversas técnicas de meditación, que pueden llegar a ser realmente accesibles, gratificantes y realizables por cualquier persona y en cualquier lugar, sin necesidad de hacer grandes esfuerzos, logrando fácilmente un estado interior de paz, de armonía, de felicidad o de ausencia de pensamientos, donde se favorece el ingreso de la energía vital en nuestro cuerpo etérico, que sustenta el físico. Una de ellas es la técnica de “observar la respiración”. Cuando “observamos” la respiración, la inhalación y la exhalación, tenemos que permanecer dentro de nuestro cuerpo, presentes y conscientes, para poder “mirar” ese evento que normalmente se realiza de forma inconsciente.

Lo que impide que la energía vital penetre en las personas es la actividad mental, los pensamientos continuos e incesantes que van y vienen. El cuerpo físico ha de esperar a que el alma salga del mismo a través del dormir, para que entonces cese la actividad de pensar y así poder restaurar la energía vital que necesita para existir en salud y bienestar, para restablecer el correcto funcionamiento de los órganos.

Si propiciamos estos estados de “meditación en marcha”, paramos el pensar y ya no hay obstáculo ninguno para que la energía vital penetre en nuestro interior a través del chacra coronario, aunque estemos físicamente despiertos.

Ahí es cuando se abre el canal y Dios entra con Su Luz sanadora, como energía vital y restauradora de la armonía. Cuando nos abrimos a que la energía sanadora penetre en nuestro interior, en el subconsciente, y sane toda área de conflicto, tanto espiritual como emocional, afectiva, psicológica, mental o física, realmente estamos permitiendo que esa energía cósmica, fuerza de vida de toda la Creación, se introduzca en el ser humano holístico que somos y limpie los pensamientos, los esquemas mentales, las creencias y cualquier aspecto que nos esté perturbando. Luego que esto sucede, entonces es cuando sentimos la paz interior.

Si ponemos atención a aspectos tan naturales y cotidianos como es el despertar en las mañanas, luego de haber pasado por el estado de sueño profundo, y nos quedamos atentos, sin movernos, siendo observadores de las experiencias vividas en la quinta dimensión o el mundo de los sueños, podemos comprender de forma intuitiva las situaciones más enrevesadas y sin solución en nuestro diario vivir. De pronto se ilumina el entendimiento y también sentimos la presencia de nuestro Real Ser de forma nítida, suave y palpable. Ese instante equivale realmente al estado de meditación, donde sucede la iluminación temporal.

Para poder aquietar la mente, tenemos que hacer un trabajo serio de reeducación de los procesos mentales. Poner orden en nuestra cabecita. Si lo hacemos, llegará el momento en que eso producirá un gran vacío y, cuando hay un vacío, éste se puede llenar con la presencia del Ser, con esa energía divina, con esa conciencia superior.

Cuando algo está lleno y ocupado, nada puede penetrar ahí. Cuando la mente está atiborrada de pensamientos saltando de aquí para allá, de un tema a otro, sin control, no podemos acceder a esos estado de percepción y de presencia de nuestro Ser.

Cuando nos quedamos plenamente en el presente, estamos dejando abierta esa ruta para que la energía divina penetre en nosotros y restablezca nuestra parte vital. Y es bueno que, dentro de todas las vivencias que tenemos día a día, propiciemos esos instantes que son imprescindibles para equilibrar nuestras vidas. Debemos encontrar esos momentos, poder cerrar los ojos y mirar hacia adentro.

La mariposa cuando ya está pronta para volar sale de su capullo, se muestra tal cual es, se lanza a ser lo que es. Ese capullo es en el ser humano el campo energético que está a nuestro alrededor formado por todas las creencias, los preconceptos, las vivencia del pasado, toda esa “aparente seguridad” que tenemos, la forma de ser y de actuar, que no es la verdadera, sino la aprendida. Y de pronto este campo desaparece, y se queda expuesto el verdadero Ser sin ninguna protección, entonces nos asustamos y queremos escondernos detrás de algo, confeccionar un escudo para tapar la luz.

Ya es hora de ser valientes y abrirnos a que esa metamorfosis se dé en nuestro interior, a que esa mariposa pueda volar con conocimiento de sí misma, con la fortaleza adquirida, y dejar atrás todo ese andamiaje que habíamos creado para ”protegernos”, poder enfrentar la vida, poder vivir y existir. Y cuando conocemos personas que están tan aprisionadas en su interior, sentimos esa misericordia divina que nos impele a ayudar, a educar y trasmitir, a ser partícipe en dar la oportunidad de la liberación de todo lo que está obstaculizando su propia felicidad, su plenitud y regocijo interior. ¿Cómo no hacerlo?

Cuando una persona logra dar al menos pequeños avances en su interior y logra pequeñas liberaciones, entonces desea transmitírselas a los demás y hacer que otros también lo vivan y lo aquilaten en su interior luminoso.

A lo largo del camino, uno se va dando cuenta de todos los obstáculos que tiene, que lleva consigo y que impiden la manifestación del Ser. Si realmente pudiésemos liberarnos del miedo, afloraría perfectamente el Ser. Ése es el peor de todos los demás defectos que genera la densa actividad mental, desplazando entonces la conciencia e impidiendo la Iluminación espiritual, la visión del Ser.

Cuando comenzamos a descubrirnos a nosotros mismos, nos damos cuenta de lo amarrados que estamos, de lo atrapados que estamos con esa identidad falsa y, a la vez, de lo fácil que puede ser cambiar una idea, una creencia, un paradigma, un concepto, un esquema. ¡Realmente es fácil! Es sólo querer morir en sí mismo, o sea, querer morir a la idea que uno tiene de sí mismo y hacer ese duelo. Y el duelo duele. Duela a la personalidad, pero no al Ser. El Ser hace una gran fiesta si se libera de la personalidad que intenta filtrar, y obstaculizar su magnificencia, su luz, su amor, su sabiduría.

Ahora mismo no hay excusa ninguna para avanzar. Ninguna. Tenemos todas las herramientas: La Enseñanza a disposición de todo el que anhele y esté dispuesto a la vida espiritual, instituciones organizadas para llevar a cabo la tarea, que acompañan a la humanidad en su proceso de evolución hacia La Luz, Maestros quienes con su propia ascensión elevan a niveles superiores de conciencia a todas las almas que siguen sus enseñanzas y están bajo su cuidado espiritual.

A veces, cuando recordamos las experiencias vividas, en los mundos internos, sabemos que hemos participado en grandes agasajos para el alma y para el Ser, y cuando despertamos nos sentimos tan felices y no sabemos qué nos pasa, por qué estamos tan contentos y alegres. Y es que en los mundos internos hemos tenido ese tipo de vivencias, tan sublimes y tan sutiles, donde se celebran esos logros. Momentos de culminación de procesos, de iniciaciones, y de ayudas divinas que han requerido de paz interior.

Este fragmento ha sido extraído de la obra
Travesía Esencial,
Irmgard Radefeldt Fonck,
Editora Desoto 2010.

Irmgard Radefeldt Fonck
Presidenta Internacional de Fiadasec, ONG con sede en 14 países.
www.adasec.net