«Dicen que ha pasado la hora de los grandes relatos. Será porque ya no hay quien sepa contarlos». José Antonio Marina.

El tema del sentido de la vida, es un terreno muy propicio para los lirismos bienintencionados, y la literatura barata. ¡Hay que animar a la gente y por ello hay que decirles que la vida es bella, tralarí, tralará, y que el Príncipe y la Cenicienta fueron muy perdices y comieron felices!.

Pero claro, luego la gente, cierra el libro o acaba el artículo, y mira su vida, y contempla que suponiendo que tenga para comer todos los días y viva bajo un techo, (que es ya mucho suponer, pues habrá mas de dos mil millones de personas, que no lo tienen), suponiendo que tienen un trabajo, aunque sea mal pagado, (lo que también es mucho suponer, pues habrá otros dos mil millones que tampoco lo tengan), y suponiendo que tiene alguna gente que le quiere a uno y al que uno le importa algo de verdad, (lo que también es mucho suponer pues habrá otros dos mil millones que no lo tengan), uno es un «afortunado» en esta vida.

Pero luego resulta que ese «afortunado», ve que cuando uno es niño, está lleno de inseguridades y temores, cuando uno es joven, se siente igual de inseguro ante el futuro y el camino a elegir, cuando uno es maduro, se encuentra con que la vida no va respondiendo a las expectativas y nos entra la crisis de los cuarenta, y cuando uno es mayor, ve que se está deteriorando físicamente y que al final se va a morir uno como un perro, y encima muchas veces tras una agonía de años y años.

Entonces, con este duro panorama, ¿Dónde está la gracia de la vida?.

Pues la triste verdad es que la cosa no está nada clara. Lo que si está claro es que no venimos a esta vida con un sentido de la misma bajo el brazo. El sentido de nuestra vida, tenemos que esforzarnos, y buscárnoslo y agenciárnoslo nosotros mismos.

Pero, ¿dónde se encuentra uno, una tienda donde vendan «sentidos de nuestra vida»?. Porque en este tema el voluntarismo no sirve de nada. Y de nada sirve ponerse a hacer cursos de macramé, bolillos, o ajedrez, si realmente esas cosas no te resuenan dentro.

Incluso actividades como el yoga y la meditación sirven para llegar a comprender que esas actividades en sí mismas tampoco sirven de nada, y «sólo» nos sirven para despejar nuestra mente, y llegar a conocer, en su práctica, los verdaderos motores de cada uno.

Por eso en el blog de Dokuso Villalba, hay unos artículos titulados: «El zen es la mayor patraña del mundo». Porque la actividad meditación zen, como actividad propiamente dicha «sólo» sirve para reconducirnos hacia otra cosa, hacia algo que nos ilusione y nos proporcione el tan ansiado «sentido de la vida».

La frase de la metáfora del barco, de José Antonio Marina, nos señala que en vano trataremos de ir adelante, si no sentimos algo que nos atraiga hacia delante.

El camino hacia el sentido de la vida, se encuentra escrito, como siempre se ha dicho, en el frontispicio del Oráculo de Delfos:

img - ¿Dónde está la gracia de la vida?: o te la buscas tú, o si no, vas listo.


«Conócete a ti mismo, y conocerás al mundo y a los dioses».

Lo que viene a señalar que la vía del conocimiento general, que es el que nos «salvará», pasa por dos campos: conocerse estrictamente uno a sí mismo, o sea la vía psicológica, y co-nocer al mundo y a los dioses, que es la vía cultural. El sentido de la vida, nos llega de una nueva mirada del mundo, y de una nueva resituación nuestra en ese mundo.

Por eso, la cuestión de organizarse una cosmovisión, lo mas completa y coherente posible, no es una cuestión meramente cultural, de saber por saber.

Sino que esta cosmovisión, si es verdaderamente completa y coherente, y es sinceramente sentida o intuída por nosotros, nos propondrá unos objetivos prácticos, unas actividades concretas en nuestra vida que nos ilusionarán.

Lo que nos paraliza son las incoherencias internas, ya sean conscientes o peor aún las inconscientes, (pues de esas no nos enteramos, y solo notamos sus efectos).

Esas incoherencias son como pequeños frenitos en nuestra bicicleta. Cuando llevas cuatro echados, casi ni lo notamos. Cuando llevamos ya, veinte, se empieza a ralentizar nuestra marcha. Cuando llevamos cuarenta, ir para adelante nos cuesta mucho esfuerzo, y cuando llevamos sesenta, somos incapaces de movernos. Y mas aún cuando uno se va haciendo mayor y nuestras piernas están mas flojas.

El conocimiento, (saneamiento) de uno mismo y el conocimiento del mundo, (la conformación de una cosmovisión coherente), son las dos ruedas de la bicicleta que nos permite seguir adelante en el camino. Y para tirar para adelante hay que evitar la hipertrofia de una rueda respecto a la otra.

Por ello Victor Frankl, advierte contra la hipertrofia de la psicologización personal, que se traduce en una obsesiva hiperautointerpretación de nuestra conducta, que acarrea un sufrimiento y una paralización general del individuo.

Y la perpetua tarea de conformación de una cosmovisión coherente, que nos va a conseguir un sentido de nuestra vida, tiene mucho que ver con la fidelidad con que percibimos la realidad.

Porque nos sigue diciendo José Antonio Marina, que «saber lo que pasa es mas complejo de lo que parece. Los hechos no están dados, sino que son capturados por nosotros. Y para capturarlos hace falta una buena red, con la malla adecuada para que no se escapen.

Y para ello hay que tener un marco apropiado de interpretación. Y sobre todo, hay que saber no sólo lo que hay, sino lo que sería bueno que hubiera, porque sin la luz arrojada por ese «echar en falta cosas», el presente se nos resulta engañosamente perfecto e irremediable».

Por ello perpetuamente nos encontramos en un proceso de elaboración de nuestra propia cosmovisión, perfeccionándola continuamente, y lo vamos haciendo mediante la captación de nuevos significados que incorporamos a nuestra antigua cosmovisión. Por eso se dice que la inteligencia es «constructora».

Es verdad que existe el peligro de conformarnos y parar nuestra sempiterna búsqueda. El Premio Nobel, el físico Richard Feymann escribía, que «la relación de un científico, (y lo mismo nos pasa a todos), con su teoría, es una especie de enamoramiento. Uno se enamora de una mujer, (o de una teoría o de una cosmovisión) y sólo ve sus defectos cuando uno ya es incapaz de separarse de ella».

Por ello hay que estar siempre alerta, «despiertos» diría un budista. Porque en este proceso de percepción de la realidad podemos caer en dos pecados importantes. Uno respecto a nuestro propio conocimiento, y otro respecto al conocimiento del mundo.

El primer pecado es el otorgarnos una importancia excesiva. Si en nuestra cosmovisión consideramos que los humanos y en concreto nosotros, somos algo muy distinto a lo que en realidad somos, luego la dura realidad real, que en palabras de Quevedo, «es mucha y mala», nos pondrá en nuestro sitio a bofetada limpia, y no nos gustará el verdadero sentido de la vida, por habernos hecho muchas ilusiones infantiloides.

Y el segundo pecado, consiste en los muchos errores que cometemos en nuestra concepción del mundo, y que se producen cuando en nuestra cosmovisión acumulamos todo tipo de fantasías pseudocientíficas, y de fantasías espirituales.

Pues al final todo ese conglomerado de errores fantásticos en nuestra mente, situará nuestra persona en un mundo irreal, lo que irremisiblemente se traduce en que luego, al igual que en el caso anterior, la realidad nos recoloca a empujones, nos guste o no nos guste, (y no nos gustará).

Porque si por una parte sucede la vida real y por otra parte va nuestra vida mental, nos encontraremos desconcertados y perdidos. Es como cuando vamos por una ciudad que no conocemos, y en un momento determinado hemos errado un cruce, y a partir de ahí, difícilmente concuerda nada con lo que indica la guía que llevamos en la mano.

Y miramos, y miramos, y hacemos cursillitos de esto y de lo otro, y no sabemos donde estamos.

Así que no hay mas remedio que volver atrás y volver al cruce donde nos hemos equivocado, y recomenzar de nuevo.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares