Nos han engañado. Nos vienen engañando desde hace mucho tiempo. Hemos caído en la trampa. Nos han hecho tomar la bisutería por joyería, el cristal por diamante, el nácar por plata.

Nos han hecho creer desde hace milenios que la dicha viene de afuera, que sin lo externo no somos nada, que la diversión y el entretenimiento son la felicidad, que los excesos son lo que satisface y contenta, que el tener resulta lo esencial y no el ser.

Nos han adoctrinado para depender de todo lo exterior, nos han inculcado necesidades y deseos que no son nuestros, nos han precipitado al ruído, el estrés, la acción desmesurada y el distanciamiento cada día mayor de nosotros mismos, viviendo de espaldas a nuestra auténtica identidad. Hemos entrado en el laberinto de lo engañoso, lo ilusorio, lo banal y superficial, lo que ofrecen como néctar y es veneno.

Al final hemos sido capturados en la espiral de la alienación. Queremos  conocerlo todo, pero no tenemos ningún interés en conocer al conocedor. Miramos las estrellas, si es que las miramos, pero no nos miramos a nosotros mismos en lo profundo. Somos los grandes desconocidos para nosotros mismos. Tan externalizados estamos que hemos dejado de ser y nos hemos vuelto mediocres imitadores, un reflejo anodino de las influencias del exterior, en la red de viejos patrones y pautas que nos roban el discernimiento.

Pero si algo urge para recuperar nuestra salud psíquica y establecernos en nuestra propia y real naturaleza, es el viaje hacia los adentros; aprender a escudriñar en uno mismo y desconfiar de las falsas promesas e inciertas expectativas de esta sociedad conspirando contra el individuo y regida por poderes putrescibles y gobernantes de mente ofuscada y corazón de madera.

Solo en el viaje hacia los adentros es posible hallar la paz interior que le da un sentido a la vida  que por un lado esclarece la mente y, por otro hace compasivo el corazón. Para hacer posible esta singladura por el océano interno se nos han facilitado las herramientas necesarias. A través de la meditación, la contemplación u otras técnicas de introspección, desconectamos del mundo exterior durante unos minutos, para ir hacia los adentros.

No se trata de ser un necio subiendo y bajando por la misma orilla una y otra vez, sino de cruzar de la orilla de la servidumbre a la libertad. Nada es comparable a la paz interior, pero tan hipnotizados  estamos yendo a ninguna parte, que perdemos de vista el objetivo fundamental, que es convertirnos en nosotros mismos.

Mi fraterno amigo y extraordinario practicante de yoga y meditación Antonio García Martinez, tras leerse concienzudamente mi Autobiografía Espiritual, publicada por Kairós y disponible en Amazon, ha extractado una serie de pensamientos contenidos en la misma y que me ha enviado para poder compartirlos con los demás, por considerarlos especialmente inspiradores.

Así me complace hacerlo en este blog que tan diligente y magnificamente lleva el extraordinario equipo de ESPACIO HUMANO.

No es en lo otro donde podemos hallar refugio, sino en nosotros mismos.

No hay que moverse por creencias, sino por experiencias.

Lo importante es asumir que el proceso es la meta y el objetivo está dentro de uno mismo.

El hombre despierto se encuentra en el corazón espiritual.

Hay que practicar la meditación diariamente para que se revele la verdad profunda.

Aquellos que desean constantemente cosas jamás están satisfechos y su insatisfacción les sigue como la carreta sigue al buey. El que supera el apego es dueño de todo, y por supuestos de sí mismo.

El diálogo con el Ser está más allá de las palabras y conceptos, dogmas o creencias.

En todos hay un Alejandro Magno y un Diógenes, y se puede vivir atormentado o vivir sosegado.

Cuando asumimos la inseguridad, comenzamos a sentirnos algo más seguros. Hay que saber soltar y al final tendremos que incluso soltar este cuerpo.

Al perseguir implacablemente el placer lo convertimos en el pasadizo hacia el dolor, generando ansiedad y apego, y al aborrecer el sufrimiento agegamos sufrimiento al sufrimiento.

Hay que llevar los frutos de la meditación a la vida cotidiana y establecerse en el “observador”, debilitar las tendencias nocivas e ir consiguiendo asi modificar actitudes y obtener una verdadera transformación. La vida se convierte en meditación y la meditación en vida.

Cada momento cuenta en el aprendizaje. El sentido está en vivir cada instante con comprensión clara y plenitud. Todo viaje de ida implica un viaje de vuelta, excepto cuando se alcanza la Liberación, porque entonces ya no hay a dónde ir y ya no hay de dónde venir. Se deja de ser un nómada por el samra (lo fenoménico).

Hay que aprender el arte de vivir y de morir. Cuando sabes que a cada momento estás muriendo, abandonas el miedo y el abandonar el miedo, desaparece el apego.

Lo que no evoluciona, degrada.

La presencia de ser conduce a la Presencia, donde uno está más libre de ser esto o aquello, e incluso se trasciende el ego.

Te haces muchas preguntas, por eso buscas, pero pregúntate por el que pregunta

 

Ramiro Calle

Escritor. Director del Centro Shadak

Autor del libro “Lo que aprendi en 50 años”

“El Dominio de la Mente”

ramirocalle.com