Tras vender más de 250.000 ejemplares de «La Inutilidad del Sufrimiento», Mª Jesús Álava regresa a las librerías con «Recuperar la Ilusión» (Ed. La Esfera de los Libros) un libro práctico que pretende ser la continuación del anterior en cuanto a plan de acción para avanzar en el camino de la Felicidad.

Es un libro ameno, divulgativo, ilustrado con casos reales y con ejercicios concretos para desarrollar nuestra inteligencia emocional.

P – En tu nuevo libro «Recuperar la Ilusión» has incluido un capítulo específicamente para la alimentación y el ejercicio físico. ¿Tienes una visión holística del hombre?

R. En nuestra consulta tenemos una concepción muy holística y completa. Igual que la salud emocional tiene repercusión a nivel físico, los buenos hábitos de vida físicos tienen una repercusión muy clara a nivel emocional. Tener una buena salud emocional es un hábito, intentar no enfadarte innecesariamente es un hábito, dormir bien, como una alimentación saludable o hacer ejercicio sano,… Me parece esencial que la gente se de cuenta de cómo influye.

Por ejemplo para una persona en una crisis depresiva muy aguda, cuando no quiere salir de casa, nosotros le recomendamos como uno de los mejores antidepresivos el ejercicio físico. Dentro de la alimentación hay alimentos que son más estimulantes, otros más relajantes y otros que son bombas para el organismo.

Es bueno que la persona sepa que en el autocontrol influye todo; que descanses bien, que sepas reaccionar emocionalmente bien a los problemas de tu vida diaria, que tengas una buena alimentación, que hagas ejercicio,… Eso es lo que al final hace que la gente esté mejor, reaccione mejor antes las distintas dificultades, tenga menos estrés, y el autocontrol emocional suficiente para tomar las cosas desde cierta distancia, haciendo análisis objetivos de la realidad y actuando con nuestro sistema nervioso central, con nuestra parte intelectual. Cuando reaccionamos desde nuestro sistema nervioso autónomo, tomamos muchas veces decisiones erróneas porque la parte más intelectual y racional está completamente supeditada a la parte más irracional.

P – ¿Cómo funciona la técnica de parar el pensamiento?

R. Es muy difícil, sobre todo en nuestra sociedad occidental. Hay personas que tienen un trabajo duro, con muchos problemas, a la que les encantaría terminar la jornada, e irse a su casa tranquilitos, no seguirle dando vueltas y poder desconectar. Esto es algo que a la gente le cuesta. Sin embargo trabajando directamente con ellos, en muy poquitas sesiones o en un curso intensivo, se les da el entrenamiento suficiente para que lo puedan conseguir.

No se trata de dejar la mente en blanco, que a veces incluso es contraproducente cuando una persona tiene ansiedad o está muy preocupada por algo, ya que aumenta más la ansiedad en su lucha por tener la mente en blanco.

En esos momentos en los que te sientes mal, tienes un pensamiento muy automático, irracional. No es el momento de hacer una confrontación de ese pensamiento desde nuestra parte más intelectual. No. Cuando una persona se encuentra tan mal es incapaz de pasar de un pensamiento irracional que le produce ansiedad o miedo, a uno racional.

Lo que le decimos es: Localiza muy bien el tipo de pensamiento que te perturba y te hace tener una respuesta muy irracional, y una vez que lo localizas, cortamos el pensamiento. No paramos nuestra mente. Después ponemos otro tipo de pensamientos que pueden ser, en función de cómo sea la persona, pensamientos positivos, pensamientos muy estimulantes o pensamientos de distracción para conseguir parar esa intensidad, esa perturbación. Inmediatamente tomamos un poquito de distancia.

Te centras en lo que estás haciendo, pero te centras gobernando tu vida, desde el control emocional. Y cuando ya estás bien, al cabo de unas horas o días, trabajas sobre ello analizando cuál era el hecho, qué es lo que ocurre. Muchas veces aplicamos el diálogo socrático ante ese pensamiento irracional. ¿Es el único posible? ¿No hay otro tipo de pensamiento? ¿Quién dice que esto tenga que ser de esta forma? ¿No puede ser de otra manera? En cualquier caso ¿qué es lo peor que podría suceder?

Pero no somos tan rápidos como nos gustaría. Estoy mal, lo localizo, lo corto, y en función de cómo sea de intensidad, lo sustituyo por otro tipo de pensamientos, me concentro en lo que estoy haciendo y cuando he alcanzado cierta tranquilidad con mi parte más intelectual, no con mis miedos y mi parte más irracional, digo, ¿qué puedo hacer aquí? Es entonces cuando tenemos las mayores garantías de éxito.

P – Sin embargo muchas veces tomamos decisiones cruciales cuando estamos mal.

R. Eso es un error tremendo y, normalmente después, uno se arrepiente porque se da cuenta de que esa no era la solución sino que era una huida. Hay gente que te viene y te dice: «me sentía muy mal en el trabajo y tomé la decisión de cambiar de trabajo». Pero al cabo de dos meses resulta que pasa lo mismo.

Los grandes cambios hay que hacerlos cuando estás bien. Cuando estás mal la prioridad es trabajar para ponerte bien y cuando estés bien ya puedes hacer un análisis objetivo y decir, ¿ahora cómo crezco?, ¿cómo aprendo de esta situación?

P.- ¿España es un país con mucha tradición en el sufrimiento pese a nuestra alegría?

R. Tenemos una parte alegre, cordial, sociable, nuestro clima mediterráneo nos influye. Pero aún perdura en nosotros cierto sentido trágico de la vida por algunos conceptos religiosos y culturales mal entendidos. Hay personas que te dicen que en el sufrimiento está el crecimiento. Incluso el otro día en la Feria del Libro una persona me dijo sobre mi libro «La Inutilidad del Sufrimiento» que le parecía una provocación porque el sufrimiento era necesario para la persona. Yo le dije que el sufrimiento que ayuda a crecer, no el que te desgasta constantemente.

Es imposible no sufrir cuando se te muere un familiar, cuando tienes una auténtica catástrofe en tu vida, pero eso no sucede todos los días. No se trata de que la gente no tenga que sufrir y sea insensible sino que una vez que reaccionas a ese dolor, inmediato, natural, el sufrimiento si lo puedes llegar a controlar. Si has tenido una situación muy terrible lo pasas lógicamente mal, pero eso no significa que dejas de luchar, que dentro de dos meses sigas pasándolo mal. A partir de ese dolor y ese sufrimiento que conlleva tienes que ver cómo empiezas a trabajar para levantarte, qué es lo que aprendes, cómo te fortaleces, y no cómo te debilitas.

Tenemos un sentido un poco trágico de la vida. Hay personas que dicen: «como no lo voy pasar mal si me quedo sin trabajo». Bastante tragedia es que te quedas sin trabajo como para que estés todo el rato debilitándote diciéndote: «qué tragedia, qué difícil», en lugar de encauzarte y decir: «esto es una situación de bastante dificultad. ¿Cómo pongo lo mejor de mi organismo, de mi inteligencia emocional para superar esta situación? Me puedo pasar languideciendo, y apenándome durante días y días o puedo intentar decir: ¿cómo salgo?

Nuestra mente a veces no distingue entre el pasado, el presente y el futuro. Si traes a tu mente una situación muy triste del pasado al cabo de unos minutos tu mente lo revive como si estuviera sucediendo en el presente y te sientes a morir. Cuando una persona está pensando en una situación futura que le causa cierto miedo e inseguridad (se tiene que examinar o tiene una entrevista de trabajo), la vive ya en el presente y se prepara mucho peor para poderlo solucionar en el futuro.

El tiempo presente

¡Cuidado!. Tenemos que centrarnos en el presente, que es sobre lo que realmente tenemos posibilidad de intervención. Tenemos que coger del pasado aquello que nos ayuda a crecer, las enseñanzas que pueda tener, pero no tenemos que estar deleitándonos constantemente con hechos que han sucedido que ya no tienen solución. Puedo aprender de esos hechos, pero no tiene sentido que me esté deleitando recordándolos.

Hay mucha gente que vive pensando en el futuro y sacrificando el presente: «No me puedo dedicar ahora a mis hijos, ni tan siquiera me puedo dedicar a mí. Ahora tengo que volcarme 100% en el trabajo. Dentro de unos años podré volcarme en mi familia». Ese es el mayor error que puedes cometer. Tú no sabes lo que pasará dentro de unos años. Lo que si sabes es que estás tirando lo más importante que tienes, que es tu vida en este momento. Una etapa que no vuelve y una etapa de tu vida, de tu pareja, de tus hijos, que jamás va a volver.

Además nuestra sociedad en muchos casos valora ese sufrimiento inútil que está bien visto, porque parece que la persona que sufre está preocupada y es muy responsable. Mientras que a aquel que dice «¿cuál es la situación?, ¿cómo podemos hacerlo?, ¿cómo salimos?,» muchas veces le ponemos la etiqueta de superficial.

Lo fundamental es la actitud que uno tenga ante las dificultades de la vida. Si la actitud es: «Voy a intentar superarlo», lo consigues, si la actitud es «Esto me supera», te va a terminar superando. Por eso insisto siempre mucho en la importancia de una actitud optimista, de un pensamiento positivo. Una persona optimista es una persona realista pero con la ventaja de que ante una realidad difícil la persona optimista siempre busca la solución. Los estudios demuestran que las personas más pesimistas viven una media de 8 años menos, y además hacen su vida mucho más difícil a la gente que está a su alrededor.

P. Y las mujeres somos más adictas al drama, ¿no?

R. La forma de ser, de pensar, de analizar de las mujeres es completamente diferente a la de los hombres. En mi libro «Amar sin sufrir» constantemente insisto en que las mujeres necesitamos mucho pensar, comunicar y reflexionar sobre cualquier cosa. Somos especialmente sensibles y vulnerables con todo lo que tiene que ver con el área emotiva y las emociones, mientras que los hombres tienen un tipo de pensamiento más concreto. Ante una dificultad el hombre lo que busca es la acción inmediatamente, mientras que la mujer se queda demasiado en la reflexión, en el darle vueltas.

Lo bueno sería un equilibrio entre ambos extremos. El hombre a veces conviene que reflexione más y la mujer, que tiende a quedarse en ese análisis, debe ver cómo puede pasar a la acción. Entre las personas que vienen a consulta los hombres suelen venir más por temas profesionales, ante eso se sienten más vulnerables. Mientras que la mujer sin embargo es mucho más sensible y vulnerable al tema familiar y afectivo: temas de hijos, pareja,… le afectan mucho más.

Nosotros vemos en consulta una proporción aproximada de 70 mujeres por cada 30 hombres. Aunque curiosamente los hombres, cuando vienen a consulta en un 40% vienen por problemas de pareja. También es verdad que ese porcentaje es muy alto porque cuando vienen las mayoría de las veces es porque sus parejas les han puesto en una situación límite: «o vas y te arreglan un poco o lo dejamos» y ante eso terminan reaccionando. El enfoque ciertamente es diferente. Ahora bien el hombre que tiene un perfil muy sufridor lo pasa fatal porque relativiza poco y lo vive todo muy intensamente.

P. También has comentado en alguna ocasión que muchos jóvenes de hoy se hunden anímicamente ante cualquier dificultad. ¿Están menos preparados para afrontar las adversidades?

R. Esto es algo que nos preocupa. Hemos constatado que hace algunos años, 6 u 8, a los jóvenes les costaba muchísimo venir al psicólogo, y pensaban que no lo necesitaban. Normalmente eran los padres los que te los querían traer porque tenían conflictos con ellos. Ahora sin embargo, desde el año 2008, las consultas de psicología en general se han incrementado mucho, casi un 50%, pero en concreto las de los jóvenes se han incrementado un 100%. ¿Por qué?

Porque los jóvenes actuales en muchos sentidos están más preparados, a nivel de conocimientos, pero están muy poco preparados a nivel de inteligencia emocional.

Les hemos ido quitado tanto la piedras del camino, les hemos sobreprotegido en exceso, hasta el extremo que ante cualquier dificultad casi la hemos vivido por ellos. No les hemos dejado que se enfrenten a sus problemas desde que son pequeños. Hay que estar a su lado para apoyarles pero ellos tienen que saber enfrentarse a esas dificultades. Tienen que elaborar una serie de recursos y de defensas ante las situaciones problemáticas. Tienen que tener una resistencia ante la frustración.

No nos podemos encontrar de repente un joven de 24 años, que toda su vida ha ido más o menos sin problemas, llega al trabajo y ante la primera dificultad se te hunde con una crisis de ansiedad terrible y te dice que deja de trabajar.

No han elaborado recursos ante esas situaciones, ante esa o ante una situación afectiva en la que han roto con su pareja y piensa que la vida ya no merece la pena, y a lo mejor cuando le preguntas que cuánto tiempo llevaba con su pareja te dice que 7 semanas. Nos llama mucho la atención la cantidad de jóvenes que tenemos con crisis de ansiedad ante situaciones muy normales de su vida que antes los jóvenes superaban de otra manera porque estaban mejor entrenados. Y esto sí es un problema importante.

P. ¿Y qué podemos hacer con los niños de hoy para que estén mejor preparados cuando sean adultos?

R. Una de las reglas fundamentales es no sobreprotegerles en exceso. En otro de mis libros «El No también ayuda a crecer» doy una serie de reglas de oro.

  • Uno de los errores es ser colega de nuestros hijos. No somos sus colegas, somos padres.
  • Otro error es intentar hacer siempre de bueno con los hijos, comprarlos, ir de bueno de la película porque no les vas a permitir una confrontación con su realidad.
  • Otro error sería ceder, muchas veces para evitar males mayores. Es decir, no queremos tener conflictos, pero hay una serie de pautas, de límites, de normas, de hábitos, que si tenemos que trabajar con ellos y que, si lo haces bien, al chaval le van a dar mucha más seguridad, más estabilidad y va a ser un adulto mucho más libre el día de mañana. Pero si empezamos a ceder ante cualquier manipulación o chantaje lo único que hacemos es que les enseñamos a ser chantajistas, tiranos, manipuladores, pero desde luego no a crecer. Tapamos un problema inmediato y lo que hacemos es crear un problema futuro impresionante. A veces incluso sacrificamos a otros miembros de la familia o cerramos los ojos para negar la crisis, lo evidente, porque nos resulta muy duro.
  • Entre las reglas de oro que tenemos que utilizar es que tenemos que ser más perseverantes que los niños porque nos ganan por perseverancia, no por inteligencia.
  • Los discursos sirven para poco en situaciones problemáticas. ¿Diálogo? Por supuesto que sí, pero cuando la otra persona esté dispuesta a escuchar. En una situación problemática lo que tienes que tener muy claro es cuál es la norma, cuál es la regla, y a partir de ahí si intentas dialogar cuando el otro sólo intenta imponer perdemos toda credibilidad y alargamos un poquito la situación crítica.
  • Hay que unificar criterios y actuar con seguridad ambos miembros de la pareja y cuando no es así por lo menos tenemos que tener la coherencia de que cada uno, cuando esté con su hijo, tenga muy claro como él actúa. Los críos en el fondo son suficientemente fuertes como para saber que sus padres son diferentes; lo que les confunde es que uno le diga que lo que el otro hace está mal. Es mucho más coherente decirle «tú sabes que yo opino de esta manera. Cuando estés con papá, ya sabes cómo es papá».
  • Tenemos que ser muy coherentes, no sucumbir a las situaciones críticas y muchas veces tenemos que saber darles seguridad, animándoles y apoyándoles en los momentos de dificultad pero propiciando que sean ellos quienes den esos pasos adelante y los que viven su vida. No los podemos vivir por ellos.

P – La crisis está haciendo mella en muchos ánimos. ¿Qué recomendarías para una persona que esté en paro para ayudarla a recuperar la ilusión?

R. Cuando una persona está en paro, lo primero que tiene que hacer es decir: «estoy en una situación difícil, tengo que dar lo mejor de mí mismo» y analizarse: cuáles son sus puntos fuertes y débiles, cuáles mi situación, cuál es mi realidad, qué es lo que puedo hacer y a partir de ahí enfocarse directamente a la acción. ¿El tema está muy difícil?, Vale, pero la solución no te la van a llevar a casa. Eres tu el que tienes que salir a buscarla. Si hay un puesto de trabajo para 300 candidatos le tienes que convencer a ese empresario de que eres la persona ideal.

Eso lo puedes trabajar. ¿Cómo? Teniendo una actitud muy positiva, que se valora mucho en las empresas. Que vean que eres una persona que va a favorecer el trabajo en equipo, que va a crear un buen ambiente, que estás enfocada en la acción pero sin olvidar a las personas.

Tienes que coger confianza. Necesitas conocerte en profundidad, recuperar la alegría y la fuerza. Ante una situación de dificultad necesitan ver a gente alegre, con ánimo, y fuerza para superarlo, no todo lo contrario.

Tengo que enfrentarme a la situación pero sin miedos y con coraje, y eso es algo que puedo trabajar desde la inteligencia emocional y la psicología. A veces tengo que saber que las dificultades las tengo que superar con imaginación y creatividad.

En los momentos difíciles tengo que aprender que es cuando más me tengo que reforzar y apoyar porque es cuando va a exigirme mayor esfuerzo. No puedo dejar que en esos momentos el que yo me sienta bien dependa de los demás o dependa de esa circunstancia.

No me puedo ahogar en las quejas y en las excusas porque toda mi energía la puedo utilizar para salir adelante o para hundirme. Tengo que saber cómo sentirme mejor, cómo recuperarme para realmente ser la persona que a cualquier empresario le gustaría tener en su empresa.

P – ¿Qué opinas del movimiento del 15-M que condensa a la vez indignación e ilusión?

R. Es una mezcla efectivamente. Yo estuve viéndoles en Sol un par de veces. Al principio ves que hay algo de desilusión y de desengaño de una parte importantísima de nuestra sociedad. No nos merecemos la clase política que tenemos. Es un sentimiento muy mayoritario en la gente.

Tenemos una gente joven que a nivel de conocimientos es la que está mejor preparada y la que menos posibilidades tiene de realización, de desarrollo profesional. Una sociedad no se puede permitir cargarse una generación por las condiciones ambientales; no se ha pensado realmente en nuestros jóvenes. Como mucho se les ha intentado comprar con algún tipo de subvención. No se ha creado para ellos una sociedad que les permita tener posibilidades de desarrollo.

Es normal que se sientan frustrados e indignados. Lo peor que puede tener la gente es la incertidumbre. Tenemos una situación difícil pero encima no se ve el final. Y principalmente la sensación de impotencia. Cuando tú no dejas camino, cuando lo único que creas es una insatisfacción enorme,… llega un momento en que es muy normal que un movimiento así en una primera fase tenga muchísima adhesión.

Pero no hay quedarse en eso. Está muy bien dar un aldabonazo. Yo creo que es sano. Pero a partir de ahí hay que actuar de nuevo con inteligencia emocional y ver cuáles son los siguientes pasos. Porque la queja al principio es impactante pero con el tiempo si la prolongas se desactiva sola. Y lo que en un principio eran simpatías termina siendo un cierto rechazo.

Hay que ver cómo podemos luchar, cada uno de nosotros, en mi día a día, en cada situación que tenemos ¿Podemos intentar presionar a la clase política, a través de las asociaciones de vecinos de los barrios? Sí, pero también cada uno tiene que seguir luchando para seguir adelante porque si no va a ver una parte importante de la gente que se va a quedar solo en la queja. Esos desde luego ni van a salir adelante ni van a ayudar a que la situación de este país cambie. Y entiendo que es necesario un cambio muy profundo.

En España la gente roba: hay una prevaricación enorme, hay mucha corrupción y sin embargo no hay unas consecuencias reales. Lo mínimo que pedimos es un mínimo de justicia y de coherencia. ¿Qué estamos premiando aquí? ¿A la persona que se esfuerza, que se sacrifica, que estudia, o al típico chorizo, al típico jeta? Eso es algo que lógicamente termina estallando. Si no somos capaces de crear las condiciones para que la gente joven tenga un presente y tenga un futuro habrá un malestar enorme en la sociedad. La gente necesita tener esperanza en algo.

P. ¿La ilusión tiene edad o fecha de caducidad?

R. Se puede recuperar a cualquier edad. Si hay algo que nos preocupa es que a algunos niños no les vemos ilusionados; esos niños que se aburren y no saben qué hacer. La ilusión tiene que ser permanente en todos los días de tu vida.

Si perdemos la capacidad para seguirnos ilusionando, sobre todo en las situaciones de dificultad, pierdes la capacidad para luchar y superar esas dificultades.

En la tercera edad o cuando llega la jubilación las personas lo suelen vivir de dos formas muy distintas: quien lo vive como una liberación, y la persona que lo toma como que se hunde su vida y adopta una actitud pesimista y negativa.

En esto suele ser diferente la reacción en el hombre que en la mujer. La mujer ante una jubilación suele reaccionar mejor; enseguida llena su tiempo, su vida. A un hombre le cuesta mucho, sobre todo si ha confundido el trabajo con la vida. Eso es algo que terminamos pagando siempre.

La persona que ante cualquier circunstancia de su vida no sea capaz de ilusionarse va a sufrir innecesariamente, le va a costar mucho salir adelante y ahí tiene un punto de debilidad enorme. La ilusión no puede depender de nuestras circunstancias porque entonces estamos constantemente dejando nuestra vida en manos de los demás. La ilusión tiene que depender de ti mismo, de tu propia automotivación.

Las dificultades sólo las vas a vencer con ilusión, igual que la enfermedad la puedes vencer con ilusión, igual que puedes vivir permanentemente muy feliz si hay una ilusión constante en tu vida pero tenemos que saber crearnos nuestras propias ilusiones. La ilusión es el mejor motor y el camino que más nos acerca a la felicidad.

P – ¿Cómo ayudar a quien no quiere ser ayudado, quien no quiere recuperar la ilusión?

R. Primero con la escucha. Una persona que está muy mal necesita sentirse escuchada. Cuando se siente escuchada, se siente comprendida, y entonces nos concede una capacidad de acción.

Cuando vemos a alguien muy desmotivado, muy desilusionado, lo primero es hacer que recupere la confianza y la seguridad en sí mismo. Ahí es muy importante nuestra actitud en cuanto a valorar constantemente a esa persona, las cosas que realmente hace bien, el potencial que sabemos que tiene dentro.

Le tenemos que ayudar a creer en él demostrándole que nosotros si creemos en esa persona, que tenemos una confianza enorme en sus posibilidades. No hay que decirle lo que tiene que hacer sino reforzarle por las pequeñas cosas que hace, dándole ese ánimo para empezar a volver a creer, y volver a tener esperanza. Si no conseguimos que alguien tenga esperanza no conseguimos que se ilusione.

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Cristina García Castro

Espacio Humano