Todos los seres vivos necesitan tomar decisiones para afrontar las variadas situaciones con las que se encuentran en sus vidas. Continuamente se presentan nuevos estímulos a los cuales hay que reaccionar de una u otra manera. Y las emociones son el mecanismo más elemental para decidir lo que tiene que hacerse en un momento dado. Veamos un sencillo ejemplo. Una cebra adivina la peligrosa cercanía de un tigre. En ella surge el temor y se prepara para huir. No duda mucho. En realidad, no puede dudar. Su cerebro ha sido programado para sentir miedo y huir en presencia de un tigre, ya que los tigres constituyen una seria amenaza para su vida.

De manera similar, las emociones van indicando a los seres vivos cómo actuar en presencia de diversos estímulos que requieren una respuesta conductual. Hoy día sabemos que existen al menos siete sistemas neurales encargados de la organización de respuestas emocionales. Estos sistemas (Panksepp y Biven, 2012) son:

1. El sistema de “búsqueda”, que se encarga de ponernos en marcha o activarnos para que vayamos en búsqueda de los recursos necesarios para vivir. En lenguaje coloquial, es el que nos impulsa a “buscarnos la vida“. Es un sistema filogenéticamente muy antiguo, es decir, que se encuentra en todas las especies que poseen sistemas nerviosos complejos.

2. El sistema del “miedo, que nos alerta de cualquier peligro que aceche nuestra vida. Nos impulsa a evitar y a huir y de los peligros. Los seres humanos, dada nuestra gran capacidad de prever el futuro, con facilidad nos preocupamos en exceso por peligros posibles pero no reales. Este miedo de lo que podría pasar es una de las formas que adopta la ansiedad.

3. El sistema de la “rabia”. Este sistema también nos sirve para responder ante el peligro, pero de una forma distinta. En lugar de huir de él, lo afrontamos y, si se trata de un ser vivo que nos amenaza, nos preparamos para luchar con él, si fuera necesario.

4. El sistema de la “excitación sexual o deseo”. En todas las especies que se reproducen por mecanismos sexuales, hay que poner en marcha una serie de conductas que culminan en el acto sexual, necesario para asegurar la supervivencia de la especie. Estas conductas son organizadas por este sistema de excitación sexual, a veces también llamado sistema del “deseo”.

5. El sistema del “cuidado”. En los mamíferos, las crías nacen tan inmaduras e impotentes que los padres tienen que hacerse cargo de ellas durante un tiempo para que logren sobrevivir. En el caso de la especie humana, el tiempo de cuidado es especialmente largo. Por ello, existe un sistema neural específicamente encargado de organizar estas conductas que permiten, por un lado, que los padres se sientan motivados para proteger y cuidar a sus hijos y, por otro, que las crías busquen, a toda costa, el cuidado de sus padres. Este sistema encargado de la crianza es extraordinariamente importante para nuestra especie. Sin él, no podríamos sobrevivir de pequeños y llegar a la edad adulta.

6. El sistema del “pánico” o de la “pena”. Si un niño (o un animal muy joven) se ve amenazado y siente que no recibe la ayuda necesaria de sus progenitores, es fácil que entre en “pánico”. Digamos que este sistema es complementario del anterior. Al sentirse en peligro y no encontrar el apoyo de los padres, se producen reacciones de pánico en respuesta a situaciones de alto riesgo o de completa indefensión. La versión adulta de este sistema, es la sensación de desolación y de pérdida que sentimos cuando perdemos el apoyo y el cariño de un ser querido. En esos casos, lo que sentimos es pena, tristeza y, en su forma más extrema, podemos llegar a la depresión.

7. El sistema del “juego”. En todas las especies con conductas motoras complejas, durante el proceso de crecimiento los animales jóvenes exhiben conductas de juego en las que aprenden comportamientos que les serán necesarios en la edad adulta, pero que requieren de un cierto ensayo o aprendizaje durante el periodo de desarrollo. Así, las crías ensayan con sus hermanos y otros compañeros las conductas de lucha y huida, por ejemplo. En esos ensayos se divierten (respondiendo a su potente instinto de juego), pero, a la vez, están ensayando y perfeccionando unas conductas que en el futuro serán cruciales para sobrevivir. Durante el juego, la emoción que predomina es la de la alegría y la cooperación.

Las emociones son fenómenos complejos que incluyen diversos tipos de reacciones corporales y anímicas. Las principales son:
1. Conductas motoras (como la huida, por ejemplo).
2. Ajustes en la actividad de los sistemas simpático y parasimpático (como el incremento de la frecuencia cardíaca).
3. Ajustes hormonales (la secreción de adrenalina, por ejemplo).
4. Las emociones poseen, además, un aspecto subjetivo; la vivencia experiencial de la emoción, el sentimiento, que es en lo que habitualmente pensamos cuando oímos la palabra emoción.

El sistema nervioso emplea un lenguaje interno para trasmitir sus mensajes en el que utiliza dos palabras fundamentales: placer y dolor. Cuando un estímulo nos hace sentir placer, espontáneamente tendemos a acercarnos a su origen y nos cuesta trabajo desapegarnos de esa fuente de placer. Por el contrario, cuando un estímulo es doloroso, procuramos alejarnos de él, lo evitamos y hacemos lo posible para que no se repita. El placer es adictivo y el dolor es aversivo.

Los sistemas emocionales utilizan constantemente ese doble lenguaje del placer y del dolor para comunicarse con nosotros. Por eso, hay emociones que son muy placenteras y otras que, al contrario, son claramente aflictivas. Nos causan dolor y sufrimos intensamente cuando las experimentamos.

Nuestra especie se caracteriza por el gran desarrollo que ha experimentado el cerebro, especialmente la corteza prefrontal. Ese desarrollo cerebral nos diferencia bastante de otras especies (incluso de las especies más parecidas a la nuestra, como son los grandes simios) y una de las funciones de ese nuevo cerebro es la capacidad de imaginar respuestas a las situaciones vitales, respuestas que, a veces, no coinciden con las soluciones que los viejos sistemas emocionales proponen. Ahí puede surgir un conflicto. Nuestros viejos sistemas emocionales funcionan perfectamente, de la misma manera que en las otras especies. No en vano son filogenéticamente muy antiguos y han superado la prueba del tiempo a lo largo de millones de años. Pero, podríamos decir que, en las soluciones propuestas por nuestro cerebro “nuevo”, les ha salido un competidor potencial. Por eso, en los seres humanos, suelen presentarse conflictos entre lo que nos dicta el “corazón” (las emociones) y lo que nos dice la “cabeza” (la razón).

De hecho, en la especie humana, sería, al menos deseable, que en el proceso de maduración de ese doble sistema “razón-emoción”, tuviera lugar una educación de nuestros niños y jóvenes, para que el desarrollo de su “nuevo” cerebro se realizara de manera óptima. Nuestra especie sigue teniendo problemas para regularse emocionalmente y, no sólo existe una gran cantidad de sufrimiento innecesario en cada individuo, sino que las relaciones entre individuos a menudo resultan conflictivas y acaban, de hecho, produciendo grandes enfrentamientos que conducen a guerras y destrucciones masivas.

Por ello, tendríamos que fomentar aquellas conductas y habilidades que son capaces de hacernos madurar emocionalmente y de regular nuestras emociones de manera que no acaben resultando dolorosas para nosotros y nocivas para los seres que nos rodean.

La práctica de mindfulness constituye una de las herramientas más poderosas que tenemos para comprender mejor nuestro funcionamiento mental y para llegar a ser capaces de encauzar la energía emocional hacia conductas que no sean lesivas, ni para nosotros mismos, ni para los demás.

La práctica de la atención plena (o mindfulness) desarrolla de manera específica aquellas zonas del cerebro relacionadas con la regulación emocional. Contribuye, concretamente, a que madure la corteza prefrontal y nos coloca así en mejores condiciones para que esta parte del cerebro module y controle a las estructuras subcorticales responsables de la activación emocional (como, por ejemplo, la amígdala). Expresado en un lenguaje no neurológico, esto quiere decir que cuanto más conscientes seamos de nuestras emociones, más capaces seremos también de transformarlas y de controlarlas. Al final, de lo que se trata es que ese diálogo entre la emoción y la razón llegue a buen puerto y de que, teniendo en cuenta a ambas instancias (las emociones y la razón), seamos capaces de tomar decisiones sensatas y favorables para nosotros y para nuestros semejantes.

Un aspecto importante, aunque quizá no suficientemente conocido de mindfulness, es que esta disciplina incluye, no sólo el hacernos conscientes de lo que sucede en el momento presente, sino también el hacerlo de una manera bondadosa y compasiva. Mindfulness no es sólo un proceso cognitivo, sino también afectivo: incluye amor y compasión. Mindfulness implica la activación del sistema neural del cuidado antes mencionado, sistema cuya función es, precisamente, generar afecto y cariño. Por eso, mindfulness va a encontrar soluciones a los problemas de la convivencia, soluciones que, no sólo sean sensatas, sino también compasivas. Sólo así podremos lograr que la convivencia humana llegue a ser civilizada y pacífica. El camino óptimo pasa por el desarrollo de la conciencia compasiva.

J. Panksepp y Biven (2012). The Archaeology of Mind. Norton&Company, NY.

Vicente Simón
Catedrático de Psicobiología.
www.mindfulnessvicentesimon.com
(Colaborador de HERMESAN www.hermesan.es )