Cuando era estudiante de Derecho, me venía constantemente a la cabeza la norma del Derecho civil de cumplir ciertas obligaciones «con la diligencia de un buen padre de familia». Me parecía una pauta muy clara, pero totalmente abstracta. Solo cuando fui padre tres décadas después empecé a comprender de verdad, la relación entre el cuerpo masculino y las crisis.

Cerrar puertas y ventanas, apagar luces, velar el sueño de mis hijas noche tras noche, vigilar las cuentas domésticas a final de cada mes, estar totalmente atento en los parques infantiles, ayudar año tras año en las tareas escolares… Ha sido algo incorporado corporalmente en dosis homeopáticas hasta que la frase acabó integrada en la «médula de mis huesos».

Hace años que insisto en que toda comprensión profunda es corporal y que toda terapia eficaz ha de pasar en algún momento por el cuerpo. Muchos consultantes van formulando en las sesiones de terapia comprensiones de su propia vida y algunos, a modo de queja, van repitiendo después de cada una de ellas: «bueno, eso ya lo sé, ¿y ahora qué?» Pero no es lo mismo conocer que saber. Muchos fumadores conocen perfectamente los efectos nocivos del tabaco que continuamente les recuerdan las cajetillas que compran. Algunos dejaron de fumar después de bronquitis o neumonías graves. Eso sí que es una comprensión corporal. Muchos bebedores dejaron de beber cuando su hígado dijo ¡basta! con una hepatitis o una cirrosis.


Guárdeme Dios de los pensamientos
que los hombres piensan solo en la mente;
quien canta una canción perdurable
piensa con la médula de sus huesos.

William Butler Yeats


Lo que pasa por el cuerpo

Lo que el cuerpo siente intensamente es más difícil de olvidar que lo que se piensa, se oye, se ve o se lee. Queda inscrito en las células. Hace poco un pinchazo anestésico de mi odontólogo cerca de la muela del juicio volvió a reproducir –destapar- el mismo dolor que sentí a los cinco años cuando me operaron las amígdalas. Muchas cicatrices de antiguas heridas vuelven a doler con los cambios atmosféricos, de humedad y temperatura. Lo mismo que las cicatrices del alma. Huimos de personas y situaciones que el cuerpo registró como amenazantes o dolorosas. Sin embargo, lo más habitual es que, si no hay un detonador potente, el cuerpo permanezca en un estado de adormecimiento inconsciente. Hemos potenciado excesivamente la mente y hoy día se da más importancia a lo que se piensa, se desea, se teme o se fantasea. Paradójicamente nos hemos alejado del cuerpo profundo, a pesar del tiempo que hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, dedican al gimnasio, los deportes, la cosmética, la apariencia y la moda.

 

Antecedentes

En Occidente se ha olvidado el cuerpo como espacio sagrado: el «aquí» y «ahora» más cercano que tenemos, el campo de conciencia del que somos responsables. Por obra y arte de la presión publicitaria, a menudo se convierte en un envoltorio que hay que lucir o en un medio para triunfar a través de la apariencia y la imagen. Y esto lo hacen tanto hombres como mujeres. Pero las mujeres tienen la gran ventaja de poder recordar cada mes el cuerpo, como sede de la vida instintiva..

Lo que el patriarcado ha considerado una debilidad, una «impureza», una desventaja en el universo de la guerra, la competición y el mercado laboral, se convierte en la principal fuerza de la mujer para estar en contacto con su propio cuerpo. Por mucho que quiera olvidarse de su cuerpo, la mujer tiene que volver a él cada 28 días desde que entra en la adolescencia y hasta la menopausia. En la fase que precede a la ovulación puede tener sensaciones de plenitud y de energía renovada; en la fase posterior podría sentir tristeza, ansiedad o irritabilidad: sentimientos a flor de piel, periódicos, orgánicos, comprensibles. Sin embargo, los hombres pueden abstraerse de su cuerpo durante largos períodos e identificarse exclusivamente con sus pensamientos y proyectos, su actividad profesional, sus metas y sus logros. Por ello, esa aparente dificultad para identificar sentimientos, expresarlos y solidarizarse con sentimientos ajenos.


Toda comprensión profunda es corporal, toda terapia eficaz ha de pasar en algún momento por el cuerpo


En líneas generales, el hombre occidental identifica su masculinidad con el sexo, el deporte y el trabajo. Con Sergio Sinay (La masculinidad tóxica. Un paradigma que enferma a la sociedad y amenaza a las personas, Ediciones B), lo sintetiza afirmando: «el cuerpo del varón es una herramienta de producción en cualquiera de estos campos… [que] solo queda paralizada ante la absoluta imposibilidad, que se presenta en forma de un miembro roto, un infarto, un tumor, un accidente cerebrovascular… Mientras rinde, el propio cuerpo es un gran ausente, un abandonado en la percepción del varón».

Previamente fue la caza, la conquista y la guerra. En pleno siglo XIX, el general prusiano Clausewitz publicaba sus tres volúmenes sobre la guerra, en el extremo opuesto de la sabiduría china en «El arte de la guerra» (Editorial Edaf), que preconizaba que la mejor batalla era la no librada y la mejor victoria la no combatida. Sin embargo, los dirigentes de los dos últimos siglos han preferido al prusiano, cuya máxima más popularizada han seguido al pie de la letra: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Y quien dice guerra, dice también guerra de precios y monopolios, batallas de bancos y multinacionales, expolio del medio ambiente y explotación de asalariados e inmigrantes en aras del máximo beneficio y del interés de «los mercados»; ente abstracto que no tiene corazón ni cuerpo que lo albergue.

 

Conciencia masculina

Es tiempo de volver al cuerpo. Y son los hombres conscientes y en marcha los que tienen que priorizar su salud por encima de su imagen, volver a contactar con la tierra, los bosques, las montañas, el océano. Y hacerlo en profundidad y no solo en fines de semana o en vacaciones turísticas empaquetadas. Hacer sonar los tambores, no de guerra, sino de danza. Una danza como forma de volver a hacer el amor con la vida, de romper la rigidez y unir pensamiento, sentimiento e instinto.


Si no hay un detonador potente, el cuerpo permanece en un estado de adormecimiento inconsciente


Y todo ello se debe hacer a veces en soledad para restaurar la fuerza instintiva, para ponerse al límite y enfrentar la soledad, la oscuridad, la noche, la tempestad o inundarse de estrellas mientras se escucha el canto del carabao en la noche y del mirlo al amanecer. En otras ocasiones, es imprescindible buscar la compañía de otros hombres para fluir en la confianza, las confidencias, la alegría, la solidaridad y el apoyo mutuo. Y de esto último tenemos que aprender mucho de las mujeres que suelen hacerlo con más facilidad y frecuencia.

En los encuentros de hombres que he facilitado desde hace siete años, no conocíamos el trabajo de David Deida, uno de los principales dinamizadores de la nueva conciencia masculina no machista; sin embargo, seguíamos sin saberlo muchas de sus pautas: «Durante las celebraciones manteneros conscientes y libres de distracciones. No son ocasiones para alejarse de la plenitud, sino para unirse más allá del miedo. Bañaros juntos en agua helada, o bebed hasta embriagaros y pasad el resto de la noche cantando himnos al misterio de la existencia. Compartid el amor entre amigos, sin conformaros con la mediocridad ni con menos que la plena expresión de los talentos de cada uno» (El camino del hombre superior, Gaia Ediciones).

Este tipo de encuentros, todavía escasos en España, constituye sin duda uno de los medios más rápidos para alcanzar la sabiduría del Tao: «Conocer la fuerza del principio masculino y permanecer en la virtud amorosa de lo femenino es convertirse en el cauce en el que todos los ríos confluyen» (Tao Te Ching al alcance de todos. El libro del equilibrio, (Editorial Edaf).

Alfonso Colodrón

Terapeuta gestáltico, consultor transpersonal

alfonsocolodron.net