Vino por esta línea blanca, que puede significar la salida del alba o la palmatoria del crepúsculo”. René Char

El paso de las estaciones ha sido siempre una recurrente metáfora de las etapas de la vida, de la vida misma y de su ocaso. Horticultores y jardineros nos hemos habituado a los constantes ciclos del tiempo y de los años. Los hay mejores y peores. Pero solo es una cuestión de perspectiva, de la satisfacción o de la frustración de los resultados obtenidos.

La impasible Naturaleza, indiferente, sigue puntual sus ritmos, sus cambios de humor y de temperatura, de diluvios y de sequías. Pero los humanos las prefiguramos, deseándolas o temiéndolas. Una vez agotada la estación, la añoramos o la hacemos desaparecer en la niebla del olvido.

A muchos les gusta el invierno, la nieve y sus deportes; prefieren el frío al calor y las nubes arreboladas al límpido azul del cielo. Otros son frioleros, padecen de artritis, necesitan el colorido y el aroma de las flores de primavera, que anuncian el calor y los frutos del verano. Nunca llueva a gusto de todos.

Los terapeutas, al igual que los agricultores, también nos vamos acostumbrando a los altibajos de los consultantes, a sus mejoras y recaídas, a lo recurrente de los motivos de su malestar y de sus crisis. Nos reflejan los vaivenes de nuestra propia alma en movimiento, el ir y venir de nuestros propios temores y anhelos.

A veces proporcionamos mapas para recorrer un trecho del camino que se ha hecho abrupto. Ayudan, pero nunca son definitivos; es necesario combinarlos, cambiarlos, dejarlos de lado, según la etapa de la vida que se esté recorriendo. Apegarse al mapa es como apegarse a la nieve cuando se ha derretido o a las flores de la primavera pasada que ya se agostaron. Es como cerrar los ojos a lo que hay en el instante, en la ilusión de que la nostalgia puede hacer revivir lo que ya pasó o que la intensidad del deseo puede acelerar el futuro. Pero solo los bebés creen que el mundo alrededor deja de existir cuando cierran los ojos. Muchos adultos los tienen permanentemente cerrados al Ahora y se les escapan los días, las estaciones y los años.

Y llegan al otoño de sus vidas derrotados, nostálgicos de lo que pudo ser y ya no será; se deprimen cuando súbitamente caen en la cuenta de la brevedad de la vida. Con el gran poeta Dylan Thomas, a cada uno le diría: “No entres dócil en esa noche; la vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día; enfurecerse, enfurecerse contra la muerte de la luz… Los símbolos se eligen desde la lenta ronda de los años por las costas de las cuatro estaciones”.

Para mantener este tipo de energía, sería necesario tener el tesón de labrar cada día como Paz Battaner, una de las ocho mujeres actualmente miembros de la Real Academia, que “escribe diccionarios”, como humildemente describía su labor a alguien que le preguntó que a qué se dedicaba. Diccionarios que cíclicamente se renuevan en una incesante labor. También hacerlo con la pasión con que trabajó María Moliner, diez horas diarias durante quince años, para elaborar su famoso Diccionario de la Lengua. Esto es lo que llamaría Rubén Darío “la obra profunda de la hora, la labor del minuto y el prodigio del año”.

Cuando se camina cada ciclo de la vida, disfrutando paso a paso sin saltarse ninguna etapa, se llega a un apacible lubricán y a una resplandeciente aurora. Puede adoptarse entonces la actitud de Agustín de Hipona (San Agustín) ante el final del invierno de la vida: “La muerte no es nada, solo he pasado a la habitación de al lado. La vida es lo que siempre ha sido y su hilo no se ha cortado. Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. No estoy lejos, solo al otro lado del camino”.

 

Alfonso Colodrón
www.alfonsocolodron.es
Ilustraciones: Lucía Colodrón