«Los sentidos son nuestro puente entre lo incomprensible y lo comprensible«. August Macke

Si el sol del verano aplatana y amodorra los cuerpos, el frío del invierno adormece los sentidos. Es hora de despertarlos, de avivar sensaciones y emociones; de otorgar su justo lugar a los sentimientos y quitarles los abrigos.

Cuando nos protegemos del helado viento invernal, de la lluvia y de la nieve, caminamos apresurados, parapetados bajo nuestros abrigos y paraguas, la mirada huidiza, la respiración entrecortada. Y llega la noche de San Juan, saltamos sudorosos las hogueras y celebramos el solsticio. Los cuerpos tienen gana de fiesta, de tribu, de baile y jolgorio, de nocturnidad sin alevosía.

Si “la primavera la sangre altera”, “el sol de verano endurece el barro y ablanda la cera”. Sí, parece que fuimos hechos de barro, pero no hay más cera que la que arde y en verano arde la piel y se inflaman los corazones. Y como decía Honoré de Balzac, “el amor es la poesía de los sentidos”. Siempre hemos aceptado que cinco son los sentidos, pero la experiencia nos dice que en realidad son seis. El tacto es el más básico: la piel contiene órganos, vísceras, huesos y sangre para que no se desparramen. Es la primera frontera de nuestro yo.

Con el tacto delimitamos nuestro espacio de seguridad. En el transporte público evitamos rozarnos, pero la piel desnuda del verano solicita contacto, caricias, abrazos y besos.

El oído nos permite percibir mensajes más elaborados: la palabra, la música, el trino de los pájaros, los silencios. El ruido de la ciudad acorcha nuestro oír, pero si salimos a la montaña, al mar o al bosque, volvemos a apreciar el batir de las alas de las aves migratorias, el murmullo del viento en las copas de los árboles, el rumor de la marea montante…

El olfato, acostumbrado a la contaminación urbana, recuerda en verano la fragancia de las lavandas, el olor del pan de horno, el vaho de los rebaños… Es imprescindible desarrollar el olfato para detectar las injusticias, las mentiras y las manipulaciones en la vida cotidiana: “este negocio me huele a chamusquina”.

El gusto, averiado por la comida basura, el tabaco, las salsas de bote…, vuelve a refinarse al comer un tomate recién cogido de la mata o un higo al alcance de la mano bajo la higuera, unas sardinas a la plancha recién pescadas, un queso de cabra del caserío cercano…

La vista, acortada forzosamente por los edificios que limitan el espacio urbano, se expande hasta el horizonte desde cualquier playa o hasta la próxima montaña desde una cumbre. Y por la vista suele entrarnos la flecha de Cupido… Una mirada ardiente, con brillo y corazón, puede hacernos alcanzar el reino de nuestros sueños, solo limitados por las fronteras de nuestros miedos.

Cuando expandimos nuestros sentidos, todo el cuerpo vibra en un erotismo que se funde con la vida. En esos instantes entramos en el éxtasis de la alegría agradecida y, como afirmaba Rimbaud, nuestra poesía se convierte en videncia, si permitimos “un largo e inmenso desarreglo de todos los sentidos”. Los vuestros son “las orillas de los míos” (Miguel Hernández dixit).

En verano, como en la vida, todo madura y “es preciso sentirse cómodo ante este precipicio… y si nos golpean no perder el equilibrio, pues ha muerto el miedo de vivir a la deriva, desde que encendimos aquel fuego bajo el mar. Quiero que griten los locos de amor…”

(https://www.youtube.com/watch?v=vhfFLqIjlKA). Última sugerencia: si pueden, lean este artículo, mientras escuchan esta magnífica canción del grupo La Raíz).

 

AlfonsoColodrón
Terapeuta transpersonal y Gestalt
Alfonsocolodron.es