El tema del crecimiento personal, yo creo que no se explica bien. Se dice una y otra vez, que hay que conocer bien la realidad, que hay que escuchar nuestra voz interior, etc.

Y mucha gente, nos mira como diciendo: ¿qué dice esta persona?¿Para que tengo yo que hacer todas esas cosas?. ¿Acaso no es complicarme más la vida, que ya la tengo bastante complicada?. Porque el problema es que notamos que nos pasa algo, pero no sabemos qué nos pasa.

Nos sucede como en el chiste: si te tocas con el dedo en la rodilla y te duele, y te tocas con el dedo en el estómago y te duele, y te tocas con el dedo en el pie y te duele, y te tocas con el dedo en el mentón y también te duele, lo que te pasa en realidad es que tienes el dedo roto.

Peor aún, resulta que estamos tan instalados en la situación, que ya la consideramos como normal. Es como el que lleva siempre las gafas sucias, y lo ve todo borroso. Si lleva mucho tiempo así, ya le parece natural ver las cosas borrosas. Solo cuando se da cuenta de que lleva las gafas sucias, es cuando procura limpiarlas.

Y cuando queremos hacer algo, ese malestar genérico que sufrimos, lo achacamos a la primera razón que se nos ocurra, y empezamos a hacer análisis simplistas, que al final, naturalmente no funcionan.

Porque muchas veces las cosas no son lo que parecen. Si contemplamos a un hombre que tiene que hacer una travesía encima de un largo alambre, vemos que suele ir cargado con una pesada pértiga, que sujeta horizontalmente por el medio.

Cualquiera pensaría que ir cargado con una vara larga y pesada, no es lo ideal para hacer una travesía tan difícil. Sin embargo, la realidad es que se lo facilita extraordinariamente.

Esta reflexión general, viene a cuento de la gran importancia que tiene el mundo «espiritual», en la vida concreta y humana de las personas. Muchas veces se le acusa de ser la causa de un «escapismo» de la vida real, y muchas veces con razón.

Antonella Broglia en el blog «Los buenos libros», cita al decano de la Rotman, Roger Martin, que dice: «La idea es que el solo análisis de los datos disponibles nunca llevará a la disrupción necesaria para crear nuevas ideas. Para innovar hay que estar dispuesto a afrontar el misterio, el reto de problemas sin aparente solución, aplicar a ellos un procedimiento eurístico, es decir una hipótesis de como el misterio podría resolverse, y finalmente codificar la solución de una forma eficiente. Una combinación entre intuición y eficiencia.

Y algunos dirán que es innecesario asumir una hipótesis sobre una supuesta realidad cósmica, de la que solo tenemos indicios subjetivos, y que podría no existir, o al menos no ser tal y como nos la suponemos en nuestras hipótesis.

Sin duda iríamos intelectualmente más ligeros, al igual que el equilibrista también iría mas ágil y mas ligero sin pértiga. Pero también mucho menos seguro.

Jung, desde su profesión de terapeuta, ya advertía, que muchas neurosis, (con efectos muy perniciosos de los que no somos conscientes de sus causas), provienen muy probablemente de nuestros déficits culturales, o de muchas falsas ideas que tenemos, que nos generan grandes contradicciones subconscientes.

Los efectos perversos de ir por la vida a pecho descubierto, sin la «protección» de una cosmovisión espiritual, los sufrimos al cabo de un tiempo, y por eso no sabemos asociarlos con sus causas verdaderas.

Todos estamos de acuerdo que impera en nuestras sociedades modernas, una «anomía», una ausencia de un proyecto común ilusionante al que engancharse. Y ese vacío de sentido de la vida, son la causa real y remota, de muchos problemas cotidianos a los que no sabemos encontrar soluciones, porque no atacamos su verdadera causa.

Por ejemplo, son la causa de una falta clamorosa de ética social y personal. Cuando no sabemos qué hacemos en un sitio y no nos sentimos pertenecientes a él, arramblamos con lo que pillamos.

Y también es la causa del hiperconsumismo de productos y experiencias, muchas de ellas desestructuradoras de nuestra personalidad, como botellones juveniles, alcoholismos, embarazos no deseados, drogadicciones imparables, o abundante delincuencia.

Y aunque no caigamos en situaciones directamente autodestructivas, caemos en el hiperconsumismo, el ganar más como sea, para viajar más, tener de todo, comprarse lo que no se necesita y con ello generar un nivel de consumo imposible de satisfacer, y que además se está cargando el planeta.

Nos quejamos de esos perniciosos efectos, pero no atacamos su causa primera: la falta de sentido de la vida. No es tarea fácil construirse una cosmovisión que nos proporcione ese sentido, y lo que está claro es que la modernidad laica, no lo ha conseguido.

¿No va siendo hora de que lo intenten otros?

Isidoro García

Director Revista Quitapesares