Enamoramientos y otros fanatismos

En el pasado artículo vimos que el ser humano nace y crece dentro de la más absoluta de las dependencias. Nuestra supervivencia ha dependido de que nos quieran y acepten, por ello muchas veces sentimos que esto sigue siendo absolutamente necesario. Cuando alguien nos valora o recibimos reconocimiento de nuestro entorno conectamos con el “yo ideal”, que es esa mejor versión de nosotros mismos que todos llevamos dentro. El placer y la seguridad que esto nos proporciona puede llevarnos a sacrificar nuestra libertad y espíritu crítico.

En las “infancias felices” se ha experimentado ser ese “yo ideal” para el otro por un tiempo. Lo más común es que el bebé sea amado sin tener que esforzarse para ello; las personas que lo cuidan lo adoran casi haga lo que haga. Vemos pues que el niño normalmente es “idolatrado” por el mero hecho de existir, por ser “mi hijo”/”mi nieto”…, disfruto con él, me río con él, busco el contacto con él. Es una época dorada de la vida marcada por la incondicionalidad del amor recibido.

Pero poco a poco las “normas” entrarán en juego y aparecerán los “castigos” (reprimendas, señales de disgusto, distanciamientos…). Estos son necesarios en la medida en la que harán que el niño asuma que no puede dejarse llevar por todos sus impulsos y esperar ser aceptado, sino que hay maneras concretas de hacer las cosas y debe pensar en los demás. Este es el proceso de socialización, que sacándonos de nuestro egocentrismo, nos permite desarrollar la empatía y convivir con los demás.

Sin embargo en el fondo añoramos esa aceptación incondicional con la que iniciamos nuestra existencia e inconscientemente intentamos recuperarla. ¿Y cómo buscamos revivirla?, intentando volver a ser ese “yo ideal” que sentíamos que éramos. ¿Y cómo procuramos conseguir esa identidad gloriosa?, la manera más común es enamorándose.

Cuando nos enamoramos el otro es durante un tiempo perfecto, “ideal”, los rasgos negativos no se perciben y se le admira haga lo que haga. Aunque esta incondicionalidad viene precedida de al menos un requisito, un rasgo que el otro debe poseer para ser elegido. Para unas personas puede ser algo físico, para otras el hecho de que el otro se enamore de ellas, para otros su inteligencia, su bondad, su estatus social… Si esto que en primer lugar nos enamoró desaparece, por ejemplo pierde la belleza o nos deja de amar… se esfuma bruscamente el enamoramiento.

Otra manera común de buscar ser el “yo ideal” es identificándose con un grupo o ideología que resulte admirable, en el sentido de que goce de prestigio o autoridad. La persona al estar “enamorada” de ese grupo o de esas creencias, vive su pertenencia a ello con gran intensidad emocional y se vuelve incapaz de ver sus defectos. Pierde autonomía pero a cambio, gracias a esa fusión “amorosa”, siente que pertenece a algo “ideal” y por lo tanto su autoestima crece.

Esta experiencia tan gratificante es lo que sostiene el dogmatismo. El individuo no critica ni pone en duda a su grupo o ideología pues pertenecer a la misma está siendo fuente de fuerza y valía. Como la persona se vuelve dependiente de esas “dosis” de autoestima, las críticas o cuestionamientos hacia su grupo o ideología son vividas como un ataque personal, con lo que lo defenderá con uñas y dientes. Estamos en el terreno del apasionamiento irracional, del fanatismo y de los prejuicios.

No podemos vivir solos, pero siendo adultos nuestra prioridad debería ser desarrollar una conciencia lo más independiente posible del medio. Sobre todo teniendo en cuenta que la “normatividad” que nos rodea siempre ha estado al servicio de mantener el poder establecido. Cuando las autoridades no son confrontadas por individuos capaces de disentir se vuelven dañinas. Lo mismo que el amor se vuelve tiránico cuando su mayor objetivo es sostener la autoestima.

Susana Espeleta

Psicóloga. Psicoterapeuta individual y de pareja
s.espeletaortiz@gmail.com