«La raza humana, unida en su historia biológica, así como en la espiritual, que por doquier se ha desarrollado, avanza irresistiblemente hacia una especie de poderoso clímax, del cual ha de surgir, el próximo gran movimiento».

Joseph Campbell

El mundo de la espiritualidad se basa en la fuerte intuición que algunos tenemos, de que paralelo al mundo normal conocido, existe otro mundo, igual de real que el anterior pero que permanece oculto a nuestra percepción.

Y naturalmente cada uno de esos mundos tiene una historia, y ambas historias se entrecruzan esporádica aunque constantemente, dando lugar a la fenomenología espiritual.

Habla Francisco Ariza, del «origen vertical y celeste del género humano, y de la existencia de una corriente de pensamiento basada en una «cadena aúrea», que da sentido a la Historia y a la civilización».

Un místico sufí, decía que nuestra historia es como un tapiz que vemos desde atrás. Vemos los nudos, los entrecruces de los diferentes hilos de colores, pero tenemos que hacer una dura labor de imaginación y recreación para poder imaginarnos como será por el otro lado, pues los hilos que vemos por detrás, delante estarán ocultos, y viceversa.

Ahora bien, la primera condición para intentar adivinar como es el tapiz, es ser conscientes de que lo estamos mirando desde atrás.

También Platón, en su mito de la caverna, nos señala, como solo percibimos la realidad a través de una rendija, por la que solo penetran las sombras de las cosas, y tenemos que hacer un gran esfuerzo de reinterpretación para conocer la realidad por la sombra que produce.

Pero esta reinterpretación constante es muy peligrosa. El ser humano tiene una tendencia natural evolutiva a detectar patrones dentro de la información informe que recibe, para encontrar significados a esa realidad.

El darse cuenta rápidamente de lo que sucede a su alrededor y así tomar las medidas mas oportunas y beneficiosas es quizás la habilidad mas valiosa para la supervivencia de cualquier especie, que o come o es comida. Y esa ha sido la gran baza de nuestro triunfo evolutivo hasta ahora.

Pero también esta constatado que esa «patronización» de la vida, puede llevar a excesos, lo que provoca muchos juicios equivocados, y mucha paranoicización de la cultura humana. Y lo primero que un paranoico con complejo de «persecución», debería aprender, es a darse cuenta si de verdad lo están persiguiendo o no.

Por ello la postura escéptica de Carl Sagan, de un cierto divorcio de la ciencia con la espiritualidad, son muy razonables y en cierto sentido meritorios.

Porque si ya es difícil y trabajoso conocer la realidad de nuestro mundo, (el progreso científico y social), mas difícil aún es conocer la metahistoria, cósmica y «divina», deduciéndola de su urdimbre posterior, que son la mitología y las revelaciones, lo que se realiza, mediante una reinterpretación imaginativa y adecuada de esos mitos, arquetipos y escritos espirituales.

Hay un mito, que puede ser bastante significativo en la comprensión del sentido de nuestra vida, y es el de la Esfinge de Tebas. Según Apolodoro, la Esfinge había aprendido de las Musas, el arte de formular enigmas. Y el que no los acertaba, moría. Y el premio por acertarlos era el trono de Tebas. Por ello tuvo que venir un héroe, en este caso Edipo, que lo resolvió.

Si este mito es el obscuro reflejo o sombra de una realidad cósmica, podríamos deducir que la tan cacareada «iluminación», «salvación» o «liberación», que las espiritualidades prometen al buscador que persevera, consistiría en llegar a comprender las realidades ocultas, tanto la plena realidad de este mundo, como la del «otro».

Y lo tendríamos que hacer por nuestros propios medios, sin ayuda directa de nuestros guías y superiores, pues esa sería la prueba de haber alcanzado el nivel necesario para ser considerados como una especie inteligente con el mínimo nivel para integrarnos en la Comunidad cósmica de vecinos.

Pero ese examen no es individual, es de la Humanidad en su conjunto. Por eso en esa dura búsqueda de significados, todos aprendemos de todos, y existe una intercomunicación entre todos, y especialmente entre los buscadores, a través de nuestros espíritus, situados en la gran Central Espiritual, que muchos denominan con el nombre genérico de «Dios».

Incluso, posiblemente los humanos ya fallecidos, aprenden de nosotros, y nos necesitan para poder completar la mayor o menor sabiduría, que hayan adquirido durante su vida terrena. Ese estado de incompletud, es su «infierno» o «purgatorio», esa sensación de que les falta un conocimiento, que en su nuevo estado ya no son capaces de encontrar por sí mismos.

Por eso los humanos, vamos como en una gran cordada de montañeros. Tiene que haber unos que vayan los primeros, conduciendo, colocando apoyos y argollas de seguridad, para facilitar el ascenso de sus compañeros que van detrás.

Y por eso, «nos salvamos» todos o «nos condenamos» todos. O lo conseguimos globalmente o no lo conseguimos. No importa quien es el que sube en persona al Everest, suben todos los de su expedición, muchos de los cuales «no han hecho más» que acarrear fardos y comida.

Desde nuestros inicios hace unos 200.000 años en la sabana del Sur de África, en que íbamos desnudos o en taparrabos, hemos recorrido un largo camino, y hemos avanzado mucho.

Pero aún nos queda bastante camino que recorrer, hasta conseguir esa doble sabiduría: la de saber organizar una convivencia entre nosotros, fraternal y razonable, y la de conocer nuestro papel en el rincón del cosmos que habitamos. Ese puede ser el gran sentido de nuestra vida.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares