Somos seres expresivos por naturaleza y nuestro cuerpo se expresa todo el tiempo. Si le damos medios plásticos estas manifestaciones corporales se tornan tangibles. Por eso la expresión plástica es básicamente una expresión corporal. Gracias a la vista podemos ver e intervenir sobre nuestras creaciones pero los impulsos para ellas nacen de nuestras sensaciones y sentimientos, haciendo visible de esta manera nuestras “imágenes internas“.

La expresión de estas imágenes internas apoya e impulsa el proceso de desarrollo personal que tiene lugar a lo largo de toda la vida. Nos conecta con esa parte intangible pero sabia que todos llevamos dentro y que habitualmente queda oscurecida por la vorágine de lo cotidiano y por nuestras ideas de cómo deben ser las cosas. Nuestras imágenes internas son el lenguaje del alma que encuentra en el arte una vía para expresarse y ser escuchado por nosotros. Gracias a este diálogo creativo nos podemos convertir en participantes activos de nuestro desarrollo interior.

Si observamos la evolución del dibujo infantil encontramos, por un lado, una imagen fiel del desarrollo motor del niño y, por el otro lado, la expresión de su desarrollo psíquico. Los primeros punteos sobre una hoja van seguidos de garabatos que se transforman en manchas hasta llegar al descubrimiento de la forma. Sus dibujos se llenan de seres y cosas reconocibles a la vez que él se puede reconocer como persona. Este proceso de llegar a la figuración se vuelve a dar una y otra vez en las diferentes etapas de crecimiento interior, no es un proceso lineal, aunque lo parezca. Lo que ocurre es que una vez que llegamos a la figuración, la práctica libre del dibujo y de la pintura desaparece de nuestras actividades. La expresión artística ya no puede apoyar o impulsar nuestro desarrollo y nosotros no podemos aprovechar la gran fuerza que late en ella.

Sin embargo muchas personas conservamos toda la vida un gran amor al arte y todos conocemos el hecho de garabatear durante una conversación de teléfono o durante una reunión aburrida en cuanto tenemos un lápiz a mano. Nuestra mente lógica está ocupada en seguir la conversación y no tiene tiempo para decirnos que eso de hacer garabatos es una tontería. De esta manera mi mano desarrolla una vida propia trazando líneas y manchas sorprendentes hasta llenar hojas enteras. Nuestro cuerpo ha encontrado un resquicio por donde expresar libremente este otro mundo que habita dentro de nosotros. Si le damos medios plásticos puede volver al placer infantil de tocar colores, de trazar líneas y manchas que poco a poco se convierten en imágenes gracias a la expresión libre que no está limitada por tener que seguir unos cánones o agradar una mirada ajena.

El ejemplo de María del Carmen muestra muy bien la diferencia entre expresarse desde la necesidad propia o desde unos cánones exteriores. Ella llevaba años yendo a clases de pintura y pintaba muy bien. De origen caribeño y de modales exquisitos vino al taller para ver si aprendía a expresarse sin copiar. Un día la animaba a manchar un pliego de papel con los colores que más le gustaban. En un momento dado paraba de pintar y no sabía cómo seguir. En voz muy bajita me confesaba que un día su profesor de pintura le dijo que aquí, en España, no se usaban los colores intensos del Caribe. O sea, ella sabía que colores le faltaban al cuadro pero no se atrevía usarlos. Necesitaba el permiso para volver a usar sus colores caribeños, largamente escondidos para adecuarse a su tierra de adopción. El uso de sus colores le resultó liberador. A partir de ese momento empezó un proceso de expresión propia que le permitió contactar con una legitima rebeldía contra “como deben ser las cosas”. Este hecho trasciende el marco del cuadro y revierte sobre la vida misma. Por eso el fascinante viaje a nuestras imágenes internas es una aventura sanadora y reparadora.

El hecho terapéutico ocurre tanto en el acto mismo de la expresión como en la configuración y la transformación de lo expresado. La expresión, la configuración y la transformación conforman un todo que es impulsado por nuestro deseo de ser creativos. Gracias a este deseo nuestras dificultades pasan a un segundo plano y la expresión artística puede desplegar todo su poder preventivo y apoyar e impulsar nuestros procesos psíquicos de una manera constructiva y en consonancia con nuestro propio ritmo vital. Y lo hace desde la infancia hasta el final de nuestros días si le dedicamos un espacio y un tiempo.

Si en la primera etapa de la infancia llegar a la figuración significa descubrirse y descubrir el mundo, cuando llegamos a la última etapa de la vida la pintura se convierte entonces en un medio para pintar la vida vivida. Rosa pudo hacer su primer viaje al mar con 80 años. Lo vivió con la alegría de lo largamente anhelado. Su cuadro conmovedor deja patente algo muy importante a la hora de expresarnos desde el interior: Todo lo que nos toca emocionalmente se puede expresar a través del tacto. Ella no tuvo tiempo ni medios para viajes a la playa ni para clases de pintura. Cuando por fin pudo hacerlo lo vivió con una intensidad que queda reflejada en los detalles minuciosos de su cuadro.

Cuando Olga llegó al taller hace cuatro años “esto de pintar con las manos” le parecía una “chaladura”. Tenía 84 años entonces y vino al taller después de perder a su marido. Descubrió un mundo nuevo a través de la pintura. Pintaba muchas flores y una vez me confesó ante uno de sus cuadros florales, “mi marido siempre me regalaba flores para mi cumpleaños“. Aunque se enfadara de vez en cuando por “pintar siempre lo mismo” creció su confianza en su manera de expresarse y las flores pasaban a un segundo plano. Empezó a pintar mares, barcos y manadas de pájaros. Protestaba mucho por “hacer siempre lo mismo”, pero la animaba a seguir pintando lo que el cuerpo le dictaba. Creo que el amor y el deseo de reunirse con su marido encontraron expresión en sus cuadros de flores y barcos. Nunca hablamos de ello abiertamente. El acompañamiento de sus procesos expresivos me enseñó la importancia de la contemplación silenciosa de lo pintado cuando los mensajes del alma tocan esferas tan íntimas e innombrables.

Katharina Widmer

Escuela de Arteterapia

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