El gran archivo de imágenes que guarda la memoria de mi ordenador atesora autenticas joyas semejante a los sótanos de un museo. He dado desde siempre mucha importancia a la conservación en forma de fotos de las obras de los participantes de los talleres de arteterapia. Esta es una tarea que me ayuda ver lo que se ha creado desde otra perspectiva y me permite acompañar los procesos de las personas a través del tiempo. Todas estas fotografías constituyen un material de estudio muy valioso acerca de la expresión artística y su relación con en el desarrollo interior.

 

Hay un aspecto que me llama especialmente la atención: La expresión individual y única de temáticas que nos son comunes a todos. Una de estas temáticas que emerge una y otra vez en los cuadros de «mis» pintores son las plantas y los jardines. Me ha parecido un tema muy apropiado para este mes de mayo cuando toda la naturaleza vuelve a vestirse de color después del invierno tan largo y húmedo que hemos pasado.

Conservo en la memoria un jardín muy especial y casi único entro todos los que he conocido hasta ahora, pintado antes de la época digital y los archivos electrónicos. Un hombre mayor, músico aficionado que no «sabía» pintar, era el autor de un jardín precioso que evocaba tiempos remotos y antiguos. Parecía como si este cuadro hubiese sido pintado en alguna época egipcia. Se podía ver un jardín rectangular con un estanque central desde arriba, rodeado de árboles y animales vistos de frente. Este jardín era de una belleza conmovedora.

Lo que me dio el empujón definitivo para empezar a escribir sobre lo que yo llamo «los jardines interiores» fue la experiencia creativa de un hombre de mediana edad. Hace 5 años asistió a su primer taller. En aquella ocasión pintó entre otros cuadros uno al que tituló «jardín descuidado». Volvió a un taller a comienzos de este año y comentó que enmarcó y colgó el cuadro del jardín descuidado en su salón y que le ayudó a poner orden en su casa y en otros aspectos de su vida. Consideraba esta pintura decisiva en su cambio de vida que tuvo lugar después. Me asombró su relato a la vez que me alegré mucho poder constatar tan visualmente algo que venía observando desde hace mucho tiempo. Los cuadros despiertan fuerzas renovadoras durante y después de haber sido pintados y estas fuerzas pueden influir de forma constructiva en nuestras vidas.

Estos impulsos de crecimiento que nos puede proporcionar el contacto con nuestro interior tocan un aspecto del desarrollo personal que trasciende ampliamente el taller. Las imágenes interiores que expresamos nos son «inocentes». Ellas tienen efectos muy claros sobre nuestras vidas, aunque podamos volver a cerrar los ojos a cuanto nos han enseñado. En este caso y si seguimos en nuestra búsqueda, estas imágenes volverán a aparecer en otro momento más oportuno para poder ser vistas de verdad. Pero a veces puede ocurrir que la irrupción de estas fuerzas no permite volver a cerrar los ojos. Recuerdo una persona que vivió la irrupción de la expresión artística en sí como una autentica revolución que cambió su vida de arriba abajo. Esto le ocurrió a una edad en la que muchos piensan en la jubilación, sin embargo a esta persona el arte le abrió la puerta a una etapa vital profundamente enriquecedora e inesperada.

Al solicitar el permiso para mostrar el jardín de las flores, su autor me escribió: «Esta pintura me llevó a donde me cuesta ir….».Pintó las flores después de haber dedicado mucho tiempo a pintar un robledal que crece en su pueblo de origen. Después quiso pintar las flores que crecen en la sierra. Sin embargo estas flores le terminaron recordando el maravilloso jardín de su difunta madre. Pintó cada flor con una gran sensibilidad y recuperó sentimientos que estaban escondidos detrás del dolor por la madre ausente.

La expresión de nuestras imágenes internas nos permite a veces dar forma a lo que perdimos y seguimos amando. Es verdad que hay una parte dolorosa en este reencuentro, pero darle forma creativamente libera el amor atesorado que puede volver en forma de energía renovada a nuestras vidas. El acto de creación misma se convierte así en el mejor bálsamo para el alma.

Los jardines interiores, dan cobijo a animales que a veces asoman en nuestros cuadros. Son animales que pueden crecer gracias al tupido entramado de las ramas, animales que encuentran en nuestros jardines su sustento, animales peligrosos que acechan, animales escondidos e huidizos etc. La mujer que pintó las flores violáceas comentaba que en su juventud le gustaba mucho dibujar precisamente este tipo de plantas delicadas. Está muy a gusto pintando, parece que retomar la pintura le sienta muy bien. Dentro de sus flores podemos descubrir un pequeño animalillo que parece estar cobijado debajo del entramado de las ramas. Tal vez pueda ahora puede crecer gracias a que la pintora ha vuelto e encontrar el camino hacia la expresión artística, quien sabe. Esto lo revelará el proceso de las imágenes siguientes, porque pintar es como regar nuestro jardín íntimo y personal.

Rara vez sabemos de antemano hacia donde se desarrolla una obra o un proceso pictórico y si lo sabemos o creemos saberlo, podemos equivocarnos mucho. Porque una cosa es lo que la persona quiere expresar y otra muy a menudo lo que quiere ser expresado a través de la persona. Este hecho cambia totalmente la perspectiva sobre el trabajo arte-terapéutico y entronca una vez más con la importancia que tiene aquello que necesita ser expresado para impulsar nuestro proceso de crecimiento interior. Nadie de fuera puede decirnos como es nuestro jardín interior, solamente nosotros podemos descubrir cómo es. Y necesitamos pintarlo tal cual se encuentra en estos momentos, seco para poder regarlo, desordenado para ordenarlo, salvaje para poder podarlo o vacío para poder poblarlo. Porque cuando entramos en contacto con nuestros jardines interiores y los pintamos tal como son, podemos ser testigos de un misterioso proceso de floración y transformación.

KATHARINA WIDMER
Arteterapeuta gestáltica
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