Hay diferentes maneras de trabajar desde el arteterapia con mándalas. Podemos colorear mándalas existentes o crear los nuestro propios, podemos contemplarlos en silencio o bailarlos en el espacio. Sin embargo todas estas maneras tienen algo en común, calman nuestra mente y nos conectan con nuestra escucha interior.

La palabra mándala es de origen sánscrito y significa “círculo sagrado”. Podemos encontrar estos “círculos sagrados” en todas las culturas a lo largo de la historia de la humanidad.

Los más conocidos tal vez sean los mándalas del budismo tibetano, pero también los encontramos en las vidrieras de las catedrales góticas, en las formas circulares de las construcciones de templos y lugares de culto; en las imágenes de curación de los indios navajos o en los bailes rituales de los sufíes. En la naturaleza que nos rodea vemos que la estructura circular es omnipresente desde el orden subatómico, pasando por las células hasta llegar a la disposición de los planetas que giran en torno al sol. Al ver una flor podemos observar como desde el centro brotan los colores en forma de pétalos. Cuando se marchita, los pétalos se caen, la vida se repliega y nos encontramos con la fuerza centrada en la semilla o el fruto que dará lugar a una nueva planta y, con ello, a un nuevo ciclo de expansión. Estas son las fuerzas básicas que operan dentro del mándala. Desde el punto central hay irradiación hacia fuera y desde la delimitación exterior hay concentración hacia el centro. Cuando pintamos o creamos mándalas con nuestras manos entramos profundamente en contacto con este ritmo de expansión y concentración. Este es el ritmo de respiración del mándala.

Hay diferentes maneras de trabajar desde el arteterapia con mándalas. Podemos colorear mándalas existentes o crear los nuestro propios, podemos contemplarlos en silencio o bailarlos en el espacio. Sin embargo todas estas maneras tienen algo en común, nos tranquilizan la mente y nos conectan con nuestra escucha interior.

De esta manera la creación de un mándala se convierte a la vez en el mapa y en el camino para encontrar la fuente de nuestro bienestar y nos ayudará a diferenciar lo esencial de lo superfluo, lo necesario de aquello que me distrae y me aleja de mí. El ejercicio de crear mándalas, tanto si son complejos o sencillos, es una poderosa herramienta para el despertar de la conciencia y el crecimiento interior, nos conecta con el flujo de la vida y nos enseña cómo entregarnos a él. Podemos comprendernos a nosotros y a nuestro mundo como un mándala. En el centro está nuestro yo consciente rodeado por aquello que conforma nuestro mundo. Todo aquello que considero que no pertenece a este mundo queda fuera de este círculo. Expresarnos con mándalas nos ayuda a abrir este círculo que, a menudo, ha perdido su función protectora. La creación de mándalas nos ayuda a descubrir y a integrar aspectos ignorados o olvidados, aspectos que se han quedado fuera de mi conciencia.

En el proceso de creación del mándala de Susana podemos observar este viaje hacia el interior. Ella ha venido con muchas ganas de pintar al taller y le apetece expresar la plenitud que siente a través de un mándala. Está pasando por un muy buen momento laboral. Sin embargo, la incertidumbre sobre su futuro lugar de residencia enturbia este buen momento.

Hay un aspecto muy importante a tener en cuenta cuando nos expresamos con mándalas, el tiempo. Para poder tomar verdaderamente contacto con el proceso creativo se necesita tiempo. Tiempo para pintar, contemplar, modificar, pasar por momentos de frustración, tapar, retocar, buscar el color adecuado, encontrar la forma necesaria, etc. El proceso que vemos aquí resumido en tres cuadros ha tenido lugar a lo largo de un taller de fin de semana.

Después de poner la primera mancha central de un rojo vivo al que identifica con su momento de plenitud, Susana traza unas líneas hacia fuera. Después vuelve al centro y añade colores y formas de acuerdo a lo que le va pidiendo el cuadro. Cuando llega a las formas verdes les dedica mucho tiempo. Las retoca una y otra vez, pasando por momentos de frustración y duda, hasta quedar conforme. Este contacto prolongado resulta decisivo tanto para el proceso pictórico como para el proceso interior. Al contemplar las formas verdes terminadas se lleva una sorpresa: “¡Parecen ángeles! ¡Pero si yo no soy nada religiosa!” Acepta la sugerencia de definirlos más y durante esta fase de la creación Susana recuerda como su madre rezaba con ella el rezo de los 12 angelitos que rodean su cama y cuidan del sueño de su sueño.

Susana pinta los ángeles en un proceso pausado y emotivo; el centro del mándala está ahora rodeado por 10 ángeles. Cuando termina esta parte nota que el mándala necesita más espacio y añadimos un trozo de papel en la parte superior.

Susana amplía el círculo con los colores rojo y turquesa (se da cuenta de que el turquesa es el color de una gema que heredó de su madre). Ahora busca el sitio a los cuatro ángeles restantes y marca los puntos cardinales con pintura dorada. Después de terminar toda la parte externa con los cuatro ángeles y los puntos cardinales vuelve su atención al centro. Retoca la forma central porque acaba de ver que tiene forma de corazón. Durante este tramo final de la creación se siente profundamente protegida y segura. Después de pintar recuerda a toda la gente que le ha ofrecido su ayuda en lo laboral, si tuviera que cambiar de lugar de residencia. Esta posibilidad ya no le parece tan amenazante.

En el transcurso del proceso de creación de un mándala intuitivo entramos en un diálogo con nuestro interior y podemos descubrir nuestro propio ritmo de expansión y de concentración, los momentos de ir hacia el centro, a la fuente donde podemos recargarnos con la fuerza necesaria para luego ir hacia fuera, hacia el encuentro con el mundo y la contemplación del mándala final nos ayudará a poner en práctica lo descubierto durante el proceso de creación.

Katharina Widmer

Arteterapeuta gestaltica

www.katharinawidmer.com