Las mujeres hemos acudido a la llamada desde la resonancia antigua que se despierta en nosotras cuando las piedras nos hablan. Sus voces guardan un lenguaje secreto que no podemos descifrar con la mente ni con la conciencia del mundo medio. Pero allí volvemos confiando en que con la memoria de las piedras y nuestras ceremonias secretas entraremos en el corazón de los misterios.

Nos recibe una ciudad agotada y dolorida por el paso destructivo de los siglos que no han respetado sus orígenes sagrados y su sabiduría tan profunda, que pasó de ser el alimento de las almas al olvido y a la ignorancia. Capas y capas de ocultación para que no se pueda ver la luz de los misterios.

Mi alma llora al llegar a Atenas al solo poder ver “lo aparente, visible y necesario” para que este pueblo grande pueda hoy sobrevivir con el turismo. Pero a pesar de ello recuerdo que para entrar en los misterios hay que abrazar el rostro a veces duro de aquello que no queremos o comprendemos. Por ello me entrego a este instante de desaliento sabiendo que los Dioses, aunque ocultos, siguen vivos.

Este viaje es una llamada para traspasar las puertas del Olimpo y atravesar el velo, que se remonta mucho más atrás en el tiempo, cuando los Dioses no eran solo ideales humanizados que aspiraban a la luz, pues los misterios no se encuentran tras la luz olímpica, sino que es en la oscuridad donde nos muestran su luz. Es por ello que nuestra búsqueda es más difícil pues sabemos que una visita a los lugares de templos clásicos, a los que podemos acceder en este viaje, requiere una mirada más profunda para poder entrar en “lo que NO muestran”, y no quedarnos solo en las leyendas.

El cometido es difícil, tanto que incluso un pequeño canto o ceremonia en un lugar de culto antiguo ahora ya está prohibida. Así que mientras las piedras esperan para contarnos sus relatos los seres humanos las vallan y las protegen para que no se estropeen, aunque por dentro el eco de su memoria se apague.

En todos los lugares somos bien recibidas como turistas, más, no se nos ocurra hacer un canto bajito… Bueno confiando en tendrá su sentido para proteger los lugares, aceptamos la situación y no perdemos nuestro ímpetu para buscar a los Dioses de las profundidades.

En el Acrópolis todo es belleza, grandiosidad y luz. Es imposible no abrirse al tiempo eterno desde este lugar que te atrapa con tanta belleza que te permite por un instante salirte del tiempo y habitar en la casa de los Dioses.

Un lugar más oculto, el templo de Hécate dentro de la Acrópolis, que un año anterior nos acogió, ahora está vallado. Imposible acercarnos a su altar resonante. Sin embargo, aún nos queda la memoria de la tierra, por ello nadie puede impedirnos que la llamemos en las profundidades donde nuestras huellas quedan selladas con este lugar.

Y llegamos al punto más importante del viaje, Eleusis, lugar de la “llegada feliz”. Aquí hace muchos años llego mi primera llamada, que me hizo dejarlo todo para acudir a la búsqueda a los misterios de las Diosas oscuras. Eleusis es mi templo interno, el que me hace recordar el manantial del que manan mis aguas secretas.

Esté donde esté, puedo sentir que Eleusis es mi hogar. En la misma entrada del Hades, experimento el desgarro de una muerte que no esperaba. Ante la imposibilidad de realizar los propósitos del viaje, mi ego se ha derrumbado y he llamado a todos los Dioses desde la convicción de que todo mi camino en la Diosa ha sido un espejismo pues los Dioses antiguos ya no existen, y ya no hay nada que hacer.

En esta tierra donde la muerte y de la vida son una, donde he conducido a las mujeres para encontrarnos con Deméter y Perséfone y con el Dios Hades Dionisos, las dos Diosas y el Dios que guardan el Corazón latiente de todos los misterios, he encontrado solo silencio y soledad. Por ello me he entregado a lo que no comprendo y he amado este instante de oscuridad en las puertas del Submundo sin encontrar respuesta. Si existen los dioses solo me piden entrega.

Al día siguiente vamos al Templo de Artemis. ¡Qué frágil y a la vez que fuerte se queda el corazón tras la muerte del ego! No puedo recordar ningún lugar más femenino y más íntimo que el templo de la Artemis Salvaje, loba, osa, cuidadora de mujeres, de niñas, de hijas e hijos de la luna, de lugares salvajes, tierras libres, de hermandad y de unidad.

Sentadas en círculo bajo un árbol, ha llegado el espíritu de Artemisa a nosotras como una suave brisa, iluminando nuestros ojos y nuestras sombras y lamiendo las heridas del alma para poder parirnos renacidas. En Ella, Artemis “madre de todas las tierras salvajes”, en las pocas piedras que aun quedaban de un antiguo templo están vivos todos los Dioses. Ella los contiene a todos, y guarda el alma de lo femenino en hombres y mujeres. Como vieja alumbradora de mundos es Hécate, como madre puede ser Deméter o como doncella Perséfone. Ella se une a todos los Dioses que cuidan sus tierras salvajes.

Ella está después de la muerte para traernos a la vida. Es en este instante cuando se realiza el propósito de nuestro viaje, pues somos suave y dulcemente poseídas por el espíritu de Hermandad. Esa conciencia nos hace sentir que “somos una” y nos hace experimentar nuestra belleza en la luz de la mirada de cada una de nuestras hermanas.

Amando la muerte y la vida, amando el propósito del viaje, la luz de los misterios, en el atardecer de este día, brilla el sol antes de partir por el horizonte.

Bajo la luz de Artemisa renacemos en las aguas del Egeo y con nosotras regresa la memoria de las piedras y de esa tierra que aún sigue guardando para quien abre sus oídos muchos secretos.

Madre de la Sabiduría, Madre Grecia, hasta el alegre reencuentro.

 

Guadalupe Cuevas

Guadalupecuevas.com