Jesús Pardo aconseja huir en estos menesteres de tres grandes enemigos: las reiteraciones, las anécdotas triviales, y la filosofía de portera. Y siempre en este género sobrevuela una gran duda: ¿Cuánta sinceridad hay que poner?. Porque confesaba uno “yo no escribo mis memorias, porque no tengo nada que ocultar”.

Porque la lucha entre la sinceridad y el pudor siempre es difícil. Campoamor ya decía: “Lo que interesa de una vida no puede decirse, y lo que puede decirse, no interesa”.

Cocteau apunta que “después de las confesiones comienza el misterio”. Cuenta André Malraux en sus “Antimemorias”: “Desde Rousseau, la sinceridad es material privilegiado en literatura, pero hoy día, la introspección-confesión, cambió de naturaleza, porque las confesiones del memorialista mas audaz, son pueriles en comparación con los monstruos que exhibe la exploración psicoanalítica, ya que en la cacería de secretos, la neurosis consigue mas presas”.

Porque se puede ser sincero, y no veraz. Castilla del Pino, en su “Pretérito imperfecto”, nos advierte: “La buena memoria es sospechosa. Olvidar es una forma, económicamente necesaria, de disolver aquella parte de nosotros que por diversas razones, (algunas conocidas, otras ni siquiera cognoscibles), no toleramos”.

La complejidad del ego humano es tal, que así por ejemplo, Borges podía decir, que de todos los libros de Chesterton, el único que no es autobiográfico, es precisamente su “Autobiografía”.

La Rochefoucauld nos dice: “Tanto nos gusta hablar de nosotros mismos, que antes preferimos hablar mal, que no hablar”. Y sigue: “La mayor parte de nuestra sinceridad se forma con el afán de hablar de nosotros mismos y de presentar nuestros defectos del lado mas favorable”.

Groucho Marx en sus memorias, nos dice: “No hay nada mas aburrido, que el relato de una persona acerca de sus éxitos. Trato de ahorrarte ésto, y solo espero que algún día, si escribes un libro, hagas lo mismo por mí”.

Ahora mas bien impera bastante la moda de las biografías desmitificadoras de los grandes hombres, en los que quedan al aire todas su miserias personales, y las menesterosidades de su personalidad psicológica. Ya se sabe que según Malraux, “un hombre no es mas que un montón de secretitos”.

Y como nos dice José Jiménez Lozano, “éste no es el tiempo en que como decía Antonio Machado, lo mismo da hablar de Julio César, que de Julián Cerezas, sino el tiempo, en que Julián Cerezas se siente tan contento, porque tras la deconstrucción biográfica de Julio César, resulta que éste no es nadie, o mas bien es basura, y puede bailar uno encima de su tumba”.

Pero también hay un aspecto positivo en esta actitud. Como dice Lichtenberg: “Dando a conocer las debilidades de los grandes hombres, se alienta a miles de personas, sin perjudicar en el fondo a aquellos”. No deja de ser consolador saber que a Supermán le da alergia la criptonita, mientras que a nosotros, simples terrícolas, no nos hace ningún efecto.

Especialmente peligrosos para un personaje son sus discípulos, de los que muy sabiamente Lichtenberg aconsejaba pesarlos en vez de contarlos. Lacán les rogaba: “¡Por favor, hagan lo que yo, no me imiten!”.

Y Oscar Wilde imploraba: “¡Salvadme de mis discípulos!”, y sabía que siempre es Judas, para bien o para mal, quien al final escribe la biografía del maestro.

Así no es de extrañar que después de la figura tan perfecta y “repipi”, que de Sócrates pintaran sus discípulos Platón y Jenofonte, el historiador inglés Macauly, dijera: “Cuanto mas le leo, menos me sorprende que le envenenaran”.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares