De madrugada, tras haber escrito durante unas horas, a veces me pregunto: ¿A dónde voy?

Algunas mañanas, nada más despertar, la pregunta asalta mi mente: ¿A dónde voy?. Y esa pregunta también me acecha en los momentos más inesperados. De una u otra manera, somos muchos lo que, con inquietudes espirituales, nos hacemos este tipo de pereguntas y muchas otras.

Son esos interrogantes persistentes, incluso a veces obsesivos, que nacen de un alma que busca, anhela, ansía una comprensión profunda de aquello que se esconde tras las apariencias y cuyo sentido escapa a una mente tan solo racional y llena de limitaciones humanas. Penetra uno en esos terrenos suprasensibles que le condujeron a Buda a declarar: «El que interroga, se equivoca; el que responde, se equivoca»

En esos ámbitos supramundanos solo cabe la experiencia directa, y la palabra y el concepto se convierten en un obstáculo, tratando de explicar lo que es irreductible a las ideas.  No es tanto el asunto de a dónde voy o de dónde vengo, como el de encontrar un sentido en el estar presente y convertir cada instante en supremo y una vía hacia un modo de percibir diferente al ordinario. Por eso la grandeza de la meditación no consiste en ir o venir, sino en ser y estar. No hay pasado, no hay futuro, no hay preguntas ni elucubraciones. Es presencia. Y a la vez ausencia de ego. Los dedos que señalan la luna no son la luna. Los nombres de las cosas no son las cosas. 

El ego sigue preguntándose, porque quiere saber a dónde vamos, de dónde venimos, si nuestra vida tiene o no un significado, si representamos algo en este vastísimo universo. A la pregunta que repiquetea en mi mente, le contesto con un sentimiento intenso e invulnerable: el de a querer ir hacia mi mismo y hacia la paz interior que desde niño ensoñé y que cuando la experimentas, aunque sea por un fugaz instante, nos deja un sabor de plenitud que nunca puede ya pasarnos desapercibido mientras vivimos.   El eco del infinito; la esencia de la esencia.

Se trata de la aventura de ir aunque no lleguemos. Uno no elige el viaje; el viaje le elige a uno. Pero una vez que el viaje hacia los adentros te ha elegido, es una calamidad si uno lo desobedece o se resiste a él.    En lugar de extraviarnos en una madeja de opiniones que pueden terminar por alienarnos, lo mejor es poner en práctica las herramientas que se nos han proporcionado, ingerir los medicamentos que se nos han recetado. De hecho, cuando la consciencia despierta, ni vamos ni venimos, pero estamos como flor, como brizna de hierba, como una nube que pasa o una sombra que transita. De cada uno depende si la sombra se funde con la luz o se pierde en la siniestra oscuridad.

Las enseñanzas y las disciplinas de autodesarrollo son los grandes aliados. No responden con inútiles pensamientos o conceptos a la pregunta «¿ A donde voy?», pero facilitan la balsa para cruzar de la orilla de la oscuridad y la servidumbre a la de la luz y la libertad. Cuando hay sensibilidades místicas que palpitan en el alma, las preguntas metafísicas se desencadenan, pero en lugar de filosofar, hagamos nuestra práctica diaria de evolución consciente.

Yo elegí, desde casi niño, el yoga y la meditación (aunque pasé por muchos sistemas, como señalo en mi Autobiografía Espiritual); otros elegirán otras sendas. Cada cual debe tantear y  optar, porqe además, al final, la senda sin senda es LA SENDA.

Ramiro Calle

Centro de Yoga Shadak

www.ramirocalle.com