¿A quién le toca apechugar con el karma que yo haya generado en esta vida?

El tema del karma es uno más, de los conceptos budistas muy mal interpretados por el pensamiento occidental. Al trasponer conceptos foráneos a una cultura distinta, adquieren unos significados muy distintos de los de origen.

El mundo cultural cristiano, tiene una idea muy individual de la responsabilidad personal y sus consecuencias, y por ello, su esquema lógico es que el que hace algo mal, lo deberá pagar, personalmente.

Por ello al recibir el concepto del karma, se deduce lógicamente que cada uno volverá a nacer para sufrir el premio o castigo de sus vidas anteriores. Pero ese no era el concepto budista, mucho mas “naturalista” y por ello mas comunal.

Tiburcio Samsa, en su magnífico blog, “Asía , Buda y otros rollitos de primavera”, especializado en temas orientales, toca este tema. Dice: “Las preguntas de Milinda”, es un texto unos tres siglos posterior a Buda, que intenta explicar este tema:

“- Nagasena, ¿qué es lo que renace?.

– El Nombre-y-forma. (Una persona con un nombre y una forma)

– ¿El que renace es el presente Nombre-y-forma?

– No. El presente Nombre-y-forma lleva a cabo un acto bueno o malo; y como consecuencia de este acto renace otro Nombre-y-forma. (Otra persona diferente con otro nombre y otra forma)

– Si no es el mismo Nombre-y-forma el que renace, ¿no estará este último, liberado entonces de sus pecados anteriores?

– Si no hubiera renacimiento, lo estaría, en efecto; pero existe el renacer, por eso no lo está.(…)… cuando el Nombre-y-forma lleva a cabo un acto bueno o malo, es este acto el que determina el renacer de otro Nombre-y-forma (…) Sin duda el que vuelve a nacer es diferente del que muere pero procede de este último…”

“Una metáfora muy vistosa con la que “Las preguntas de Milinda” explica esto es la de la antorcha del centinela. Un centinela monta guardia por la noche. La antorcha que enciende a las diez de la noche le sirve, cuando está para apagarse, para encender la antorcha de las once, y así sucesivamente. Cuando amanezca, la llama de la antorcha, ¿será la misma llama que existía a las diez de la noche o será otra distinta?”

Como sigue señalando Tiburcio “entre esa persona y yo habrá una relación de solidaridad, pero somos distintos, aunque envueltos en el mismo flujo kármico”.

“El gran escritor thailandés Kukrit Pramoj explicó en una entrevista su visión del karma y de la supervivencia tras la muerte desde un punto de vista que habría sido aprobado por el autor de “Las preguntas de Milinda”:

“No niego algún tipo de vida tras la muerte, pero no pienso que seré yo. Algo nacerá en el círculo de la vida, la muerte no para nada; algo muere, algo vuelve a nacer y ese nuevo algo puede tener una conexión con la acción pasada de una persona que está muerta pero que no es la misma.

Si vuelvo a nacer, no sabré que fui Kukrit en mi vida pasada. Y entonces empezaré a sufrir el dolor que Kukrit me dejó, los resultados de las malas acciones de Kukrit en la vida pasada. Pero no seré consciente de su causa.

Pero yo mantengo que aunque pueda tener una conexión con la acción de alguien en el pasado, no soy ese yo. No soy el mismo yo. Creer que somos el mismo yo otra vez va contra el budismo”.

Una escuela budista, la de los sammatiyas, veían a la persona como una especie de transmisor del karma. Un acto genera un karma que fructificará en un momento futuro. Así lo que hago en esta vida, otros lo sufrirán”.

Esta filosofía se adapta perfectamente a una visión progresista de la humanidad. En ese sentido cobra fuerza una nueva interpretación de la ley del karma.

El conocimiento actual señala las múltiples influencias psicológicas directas y mayormente subconscientes, que producen cualquier acto de una persona en la cadena de transmisión de emociones y conocimientos al resto de personas.

Todos con nuestra actuación, positiva o negativa, contribuímos a generar una corriente psicológica de odios, o amores en la gente que nos rodea y en las generaciones posteriores, hijos, nietos.

En ese sentido, todos recibimos la influencia positiva o negativa de los hechos realizados por la gente de la generación de nuestros padres y abuelos, y les transmitimos de la misma forma una influencia positiva o negativa a la de nuestros hijos y nietos.

Somos como una colmena de abejas o como un hormiguero. Nuestro buen o mal comportamiento individual, repercute infinitesimal, pero efectivamente en la vida de los habitantes futuros de la comunidad.

De nuestra buena o mala actuación dependerá el mayor o menor bienestar de nuestros continuadores, y con ello acortaremos o alejaremos ese gran momento en el que la humanidad dará su gran salto hacia delante, hacia una sociedad aceptable.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares