Cuando cada año se ven en televisión, las ya famosas imágenes de los mozos de Almonte, saltando la reja, tras de la cual se encuentra la imagen de la Virgen del Rocío, para sacarla en procesión, uno no puede dejar de asombrarse, de hasta que punto llega la ignorancia y la superstición de la gente, alentada y fomentada por muchos de los que sí que saben, o al menos deberían saber.

Y es que la gente no se hace preguntas, no tiene curiosidad. ¿Es mera casualidad que la Virgen del Rocío se celebre justo en Pentecostés, la fecha en la que se conmemora la venida del Espíritu Santo?.

El rocío son una gran cantidad de gotas de agua pura, que aparecen “de la nada”, en el amanecer, depositándose en la superficie de las hojas de los vegetales y en cualquier superficie fría. Sabemos que es producto de la condensación del vapor de agua de la atmósfera, al enfriarse en la noche, en contacto con una superficie fría.

El que algo tan esencial como el agua para un vegetal, aparezca “de la nada”, es una imagen o símbolo cuasi perfecto para las “emisiones” del Espíritu, o del Maestro Interior, para la mente necesitada y anhelante de verdad y del conocimiento idóneo.

Y por eso el “rocío” se ha considerado un símbolo de esa “influencia espiritual”, que es la base esencial que se encuentra detrás de toda verdadera espiritualidad, en contraposición de esas espiritualidades masturbatorias, en las que yo me lo guiso y yo me lo como, (y por eso, al final y lógicamente uno no se come mas que sus propias fantasías y delirios).

Esto es así hasta el punto que el nombre de los famosos “Rosacruces”, puede ser un ardid muy posiblemente intencionado para desviar la atención de los curiosos, y en ese nombre la Cruz, venga de Cros, y sea un acrónimo de Cros = Ros = Rocío.

Además de la Vírgen del Rocío y de la Vírgen de la Paloma, los Corazones de María y Jesús, son también simbolizaciones de “la fuente de influencia espiritual”, pues el corazón es tradicionalmente el órgano que simboliza la fuente de donde nacen y se transmiten los sentimientos.

Asimismo el nombre del denominado “Espíritu Santo”, proviene de la traducción del hebreo “Ruaj Hahodesh”, que significa, viento, vendaval, aliento, espíritu.

Por eso el nombre de “Espíritu Santo”, expresa una función y no un nombre personal. Es como llamarle a uno “ministro” o “conserje”, en vez de por su nombre personal.

Así el nombre “Espíritu Santo”, expresa la función comunicativa e inspirativa, que realiza “alguien” perteneciente a un equipo “guía e inspirador”, por lo que muy posiblemente en cada ocasión la función la realice un ser distinto.

La identificación de la Virgen María (del Rocío, o la Paloma), con el Espíritu Santo, en una primera instancia es un ejemplo más de la exaltación de la Virgen María en la dogmática y el culto católicos, hasta el punto que los últimos dos dogmas definidos y proclamados se refieren a ella.

Así, en épocas relativamente tardías de la génesis del cristianismo, se produce un claro proceso de exaltación en el mismo de la figura de María, figura que en los evangelios, (que reflejan las creencias del cristianismo primitivo de 50-70 años después de la muerte de Jesús), tiene aún una muy escasa presencia.

Esa exaltación de la figura maternal de María sirve también para suplir la carencia inicial en el cristianismo de figuras míticas femeninas, carencia de gran importancia sentimental y subconsciente en las personas, pues no en balde la figura arquetípica mas potente y profunda que todos tenemos es el de la madre.

Pero curiosamente este proceso se asocia con otra trascendente línea del primitivo cristianismo gnóstico: la figura femenina del Espíritu Santo, como madre.

Esta idea tiene tres orígenes. La primera es meramente lingüística: “Espíritu” en hebreo “Ruah” es una palabra femenina, o sea se le denomina “la Espíritu”, y por ello al personificar ese concepto, lo hacen mejor con una figura femenina o maternal, que con una masculina.

La segunda fuente de esa feminización del “Espíritu”, es que en las apariciones y revelaciones que muchos de los gnósticos recibieron durante mas de dos siglos a partir de la “Resurrección” de Jesús, la figura se revelaba principalmente en forma femenina, al igual que en la actualidad las apariciones en el mundo católico se realizan mayoritariamente en forma de una joven señora, identificada por los videntes como la “Virgen María”.

La tercera fuente tiene mucha mas enjundia simbólica y esotérica. No hay que olvidar que el símbolo es la expresión imperfecta de una Realidad misteriosa y oculta, (por ahora) a nosotros.

En este sentido la Trinidad, puede muy bien ser una expresión simbólica de nuestra realidad ontológica, o sea del conjunto de las clases de seres que existen ahí fuera.

Y en este sentido, esta Realidad pudiera estar constituida por personas como el “Padre”, que serían nuestros amigos vecinos del Cosmos, que nos esperan con los brazos abiertos a que llegue el momento de incorporarnos los humanos, a la gran Fraternidad del “Reino de Dios”.

Y también estaría constituida, por los/las “Espíritus Santos”, que sería esos humanos/as perfectos, (los llamados “Antropos”). Humanos que fueron “ascendidos” de nivel por los “Padres”, constituyéndolos como la clase dirigente de la Humanidad, y representantes de ésta ante el “Reino”. (En la Iglesia Oriental, se dice que “el Espíritu”, sólo procede del Padre, y no también del Hijo, como al cabo de muchos años, se estipuló en la Iglesia Occidental).

Ellos serían plenamente humanos, pero son definidos como “Espíritus”, en cuanto que ellos son los que realizan la “influencia espiritual”, guiándonos y emitiéndonos sus “consejos”, mediante telepatía, u otra forma de emisión “espiritual”,

Y esa “Trinidad” de dioses”, también estaría constituida, por los “Hijos”, que serían la comunidad de humanos normales, (los “Santos”) que en el proceso de aprendizaje, han llegado a alcanzar el grado de “perfección” propio de los “iluminados”, como Jesús, Buda, Mahoma y muchos otros bienaventurados anónimos, gracias a los cuales, y “llevándolos las maletas”, podremos colarnos todos los demás en el “Paraíso” del “Reino”, pues ellos responderán por nosotros.

Y por encima de esta Trinidad de “dioses”, estará siempre el “Único”, el “Misterioso”, el “Desconocido”, el gran “Creador”, del que no sabemos ni lo que es, ni siquiera imaginarnos ni si es, al modo como nosotros creemos que se es.

Y junto a esa Trinidad de “dioses”, estaríamos la humanidad normal y sufriente, en un duro y difícil proceso de aprendizaje, y ascesis. Esta humanidad, podría ser representada simbólicamente por María, la madre biológica de Jesús, lo que transformaría la Trinidad, en una “Cuaternidad”. (La “Trinidad” son ya todos “dioses”, y nosotros estamos en vía de serlo en un futuro),

Y María la representa simbólicamente, porque no en balde, tanto los “Espíritus Santos”, (los “Antropos”), como los “Hijos”, proceden directamente de la humanidad normal, y por tanto, además de hijos predilectos de “Dios Padre”, son hijos de la humanidad que es su madre.

Con esta contemplación simbólica de María, madre de “dios”, adquieren un significado nuevo y revelador, tanto la Inmaculada Concepción, como la Asunción a los cielos.

La Inmaculada Concepción, simbólicamente, expresa un concepto radicalmente contrario a la falsa interpretación del mito del Pecado Original.

La humanidad, simbolizada en María, no tiene ninguna culpa original ancestral que pagar, y por eso María la Humanidad, fue “virgen”, antes, en el momento, y después del “parto”, o sea del momento en que fueron “ascendidos” los hombres perfectos, y los perfectos búdicos sobrevenidos.

La humanidad sufriente, a la que pertenecemos, simplemente lleva un proceso que dura por ahora unos doscientos o trescientos mil años, de perfeccionamiento, previo a nuestra incorporación en masa al “Reino de Dios”, junto con nuestros hermanos cósmicos.

Y que ese proceso terminará bien y con la ascensión de la humanidad a “los Cielos”, lo expresa el símbolo de la Asunción de María, (la humanidad) ayudada por los ángeles del cielo.

Los símbolos cuando se aclaran, nos dicen algo: un significado de la realidad. Cuando se expresan malamente, se quedan en un mero dogma ininteligible, un trágala al que se somete uno, o simplemente lo rechaza.

Eso no quiere decir que esta interpretación aquí propuesta, sea la más adecuada. Lo más probable es que sea otra.

Pero la Iglesia Católica, si quiere acercar su mensaje y hacerlo comprensible, al hombre de nuestros días, y a los del futuro, debe hacer un esfuerzo interpretativo valiente e imaginativo.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares