Necesidades Vitales (III): La ética del amor propio

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Un principio fundamental de la ética es no hacer a los otros lo que no se quiere que le hagan a uno, pero es igual de importante saber que lo que hacemos a los demás nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. El bienestar. El «crecimiento» ha sustituido el buen vivir, hasta el punto de que somos invitados al festejo cuando el crecimiento económico se produce, independientemente de las consecuencias vitales que este tiene para la mayor parte de la población. La felicidad y el bien común deben ser cuantificados para saber si una sociedad realmente progresa.

Nuestras vidas individuales tampoco pueden estar basadas en la seguridad o prosperidad económica; nuestro objetivo debería ser más ambicioso. El principio humano y político se basa en que el cumplimiento de los deberes hacia el otro redunda en el bienestar personal.

El amor propio, la autoestima, tiene pues su correlato político; vivimos unos tiempos en los que el crecimiento personal no puede seguir siendo perseguido de forma individual. Nunca pudo serlo, pero ahora se hace más evidente, por ello un compromiso político o una actividad que ayude a la comunidad se vuelven centrales a nivel psicológico. De lo contrario seremos víctimas de la epidemia de depresión que recorre Europa, que no es ni más ni menos que la resignación a la impotencia.

Nuestras comunes miserias nos hacen humanos pues nos vuelven imprescindibles en la vida de los otros; nos necesitamos porque por nosotros mismos somos insuficientes y de esta deficiencia nace nuestra necesidad de tristeza, devolver la alegría de vivir, es decir: el placer»

Ya desde la antigua Grecia los filósofos distinguían entre dos formas básicas de felicidad o bienestar: el hedonismo, que representa el placer personal, y el eudemonismo, una forma de felicidad derivada de la virtud y el comportamiento ético, asociado con llevar una vida plena y con sentido. Pues bien, parece ser que nuestras células también son sensibles a esta diferencia. Según un estudio encabezado por Barbara L. Fredrickson (A functional genomic perspective on human well-being), profesora de psicología de la Universidad de Carolina del Norte, el felicidad muy similar, puede tener efectos negativos. El bienestar eudaimónico se asociaba con bajos niveles de inflamación y aumento en la expresión de genes vinculados a respuestas antivirales. Por el contrario, el bienestar hedonista aumentaba la expresión de genes que activan la inflamación y disminuían las respuestas antivirales, algo muy similar a lo que se observa en los casos de estrés crónico.

La conclusión es que nuestros genes parecen ser más sensibles a la calidad de nuestra felicidad que nuestro pensamiento consciente, y que por lo tanto potenciar nuestro lado generoso y disfrutar de la persecución de un propósito noble, no solo nos hace más felices sino que nos mantiene sanos.

No debemos conformarnos con la mera adaptación a nuestras circunstancias ni educar a nuestros hijos para el mundo en el que vivimos; debemos implicarnos en la creación de un mundo mejor y educar a nuestros hijos para el mismo, un mundo en el que el cuidado al otro forma parte del cuidado personal. Nuestra especie ha creado un gran proyecto ético que tiene la ambición de dignificar crecimiento individual y bienestar social, van de la mano. Cuando uno hace psicoterapia todo su entorno se ve beneficiado.

Susana Espeleta
Psicóloga Colegiada
Psicoterapeuta Individual y de Grupo
[email protected] 

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3 minutos de lecturaActualizado: 20/08/2017Publicado: 29/12/2014Categorías: Desarrollo PersonalEtiquetas: , , , , , , , , , , , , , , ,

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