Una psicoterapia profunda se caracteriza por incrementar el grado de consciencia personal y desarrollar la capacidad de analizar la realidad. Si únicamente se aplicaran “técnicas” y “consejos”, si se limitara a “tranquilizar”, la persona perdería la oportunidad de aprender a manejarse por sí misma y descubrir sus potenciales. Mediante el análisis de la propia personalidad no sólo nos conocemos, sino que conocemos el mundo, porque en la medida en la que entendemos nuestras reacciones comprendemos a los demás y podemos analizar mejor las situaciones que se nos van presentando. Analizarse de hecho es buscar la libertad; significa plantearse por un momento por qué deseamos lo que deseamos y rechazamos lo que rechazamos, por qué pensamos como lo hacemos, y asegurarnos así de que no nos comportamos como autómatas sino que perseguimos nuestros sueños.

No hay mayor esclavitud que la ignorancia, y nada nos deja más perdidos que la falta de contacto con nuestro yo más profundo. Solo después de un buen análisis personal se tienen claros los objetivos vitales; sin ese trabajo previo no se puede tomar contacto emocional con el sentido de las cosas, y por lo tanto resulta imposible comprometerse afectivamente con lo que se hace: tu vida podría no ser tuya, podría ser la de cualquiera. Cuando las “técnicas” para alcanzar metas se emplean antes de realizar este análisis de la personalidad podemos estar eligiendo el camino equivocado o simplemente perder el tiempo.

Todos hemos sido niños y por lo tanto partimos de la dependencia más absoluta. Nadie ha elegido dónde nacer ni ha nacido pensando por sí mismo, todos hemos sido “moldeados”. En la familia hay una cantidad enorme de normas, las más determinantes no reconocidas; estas se adquieren inconscientemente como “modos de hacer/estar”, no son ideas ni mensajes verbales. La inconsciencia inevitablemente nos rodea. Es común que nadie sepa lo que está sucediendo en las crisis familiares y que haya de una manera más o menos consciente una resistencia a descubrirlo. Nacemos en un “sistema” cuya estabilidad depende de nuestra obediencia.

Los padres heredamos de nuestros padres formas de pensar, sentir y actuar, nuestros padres lo heredaron de los suyos, y si no hacemos un trabajo de análisis personal lo heredaran íntegramente nuestros hijos. Es difícil cuestionar nuestras herencias porque gracias a ellas sentimos que formamos parte de algo que nos da amor y seguridad.

Pero el precio es sofocar nuestras dudas y sentimientos, citando al psiquiatra R. D. Laing en su libro El cuestionamiento de la familia (1969): “Somos una familia feliz y no tenemos secretos entre nosotros. Si somos desdichados debemos mantenerlo en secreto, y somos desdichados por tener que mantenerlo en secreto y desdichados por tener que mantener en secreto el hecho de que tenemos que guardarlo como un secreto, y porque estamos manteniendo todo eso en secreto. Pero, como somos una familia feliz, comprenderán ustedes que el problema no se plantea”.

Analizar es siempre un acto de rebeldía. Hacer preguntas siempre lo ha sido, es la antítesis de la fe ciega y el seguidismo. Nos enseñan qué es “normal” y “natural”, y pareciera que no caben las dudas al respecto.

En una psicoterapia profunda se revisa lo aprendido, sobre todo lo que ni siquiera sabemos que hemos aprendido y simplemente damos por hecho. Las fantasías también se heredan y condicionan nuestra vida mucho más de lo que creemos, y es que nuestra propia identidad está construida en gran medida en base a ellas. Para que alguien nos obedezca ocasionalmente podemos dar órdenes, pero para que lo haga siempre, tendrá que convertirse en la persona que necesitamos que sea. El trato que damos a los demás otorga identidades; siendo adultos podemos rechazarlas, pero siendo niños o en un estado vulnerable las asumimos como propias. El otro nos define constantemente no sólo en base a sus deseos y necesidades, también a sus temores. De alguna manera todos hemos sido “hipnotizados”; se nos ha dicho quiénes somos, la identidad de todos nosotros es en buena medida una “ilusión heredada”.

También se nos enseña qué pensar de la realidad que nos rodea, qué es la vida, qué podemos esperar de los demás, cuál debe ser nuestro papel en el mundo… Con un buen análisis personal se descubren los esquemas/creencias bajo los cuales interpretamos los hechos para poder ser menos esclavos de ellos.

La comunicación de estos esquemas/creencias se hace a través de hábitos más que de palabras, por ello es en gran medida inconsciente. Se supone que nuestros padres reflejan lo que somos sin intervenir con sus fantasías en su forma de definirnos, y ellos mismos creen que sus padres no intervinieron con su subjetividad en la identidad que les fue atribuida. Pero en la familia los “hipnotizadores” (los padres) han sido a la vez “hipnotizados” (por sus padres), así de generación en generación y sin consciencia de cumplir instrucciones, estas son obedecidas ciegamente.

Laing explica las distintas formas en las que esto se produce: “Podemos decir a alguien que sienta algo y que no recuerde que se le ha dicho (como cuando un hipnotizador le dice al hipnotizado que sentirá, por ejemplo, calor al despertar, pero no recordará que esto le ha sido ordenado). O, simplemente, decirle que es así como se siente. O, mejor aun, decir a un tercero, en presencia de ese alguien, que éste siente de esa manera”. De igual manera a nivel social se habla de dar a la gente lo que pide, cuando en realidad se les crea necesidades y hasta se informa para formar opinión. Cuanto más profundamente implantadas están las leyes sociales, más naturales parecen, más desapercibidas pasan y menos se cuestionan.

La relación entre dos personas puede ser tan poderosa como para que una de ellas se convierta en lo que la otra, con una mirada o un gesto, asume que es, sin necesitar decir nada. Se trata de una red “secreta” de comunicación que no guarda relación con las comunicaciones “oficiales”. Ejemplos de esto es creer que un hijo “es la imagen” de su abuelo, o que una madre diga a una amiga en presencia de su hijo: “Siempre estoy intentando que haga amigos, pero es muy tímido. ¿Verdad que lo eres, cielo?” o “Es muy desobediente, nunca hace lo que se le ordena, ¿lo haces acaso?” o “Él sabe lo que está bien y lo que está mal, nunca tuve que decirle que no hiciera esas cosas” o “Lo hace sin necesidad de que yo se lo pida”. Cuando el grado de falseamiento de los propios deseos y vivencias es elevado sobreviene el vacío, la angustia y la depresión. Ante esto hay muchas formas de escape: hiperactividad, drogas, consumismo, romances…

El libre pensamiento es una utopía, pero como tal podemos acercarnos a ella. Interrogarnos por las emociones, vivencias y enseñanzas que sostienen nuestros puntos de vista nos abre un abanico de posibilidades de cambio y hace que escuchemos con respeto al que es diferente, y es que el reconocimiento de la propia subjetividad y la del otro es fundamental para la convivencia. Por otro lado nos ayuda a no caer en relaciones de extrema dependencia, donde se espera que sea el otro el que de la solución a las propias angustias vitales.

Nuestros “mayores” no tienen la culpa, tampoco la respuesta; hicieron lo que supieron. Seguir esperando su aprobación, su arrepentimiento o su guía, es repetir una y otra vez el mismo dolor. Sustituir la figura de estos por la de un gurú, una teoría mágica o un tratamiento milagroso, perpetua nuestra indefensión y la dependencia de la autoridad. Aprender a pensar y vivir de otra manera lleva un tiempo y es costoso a muchos niveles, pero merece la pena.

Susana Espeleta
Psicóloga colegiada
Psicoterapeuta individual y de grupo
s_espeleta@yahoo.es