La escatología no coincide con el apocalipticismo. Este no cree, (o cree poco) en la actuación ya presente de Dios en la historia. Lo deja todo para el final. La escatología, es el final de un proceso paulatino, ya actuante en el pasado y en el presente.

Entre la gente espiritual, hay dos grandes concepciones de la historia y la escatología: la conservadora y la progresista.

Estas se diferencian en una cosa: mientras la concepción conservadora, cae en el apocalipticismo, pensando que cada vez vamos a peor, y que al final tendrá que venir Jesús y luchar contra «las fuerzas del mal», iniciándose entonces el periodo de mil años, (milenarismo), al final del cual se conseguirá alcanzar la sociedad perfecta.

«Estamos en los inicios de la era cristiana», ha escrito el cardenal Lustiger (1990), «Occidente (y sin duda el mundo entero), se ha convertido hoy en un enigma tal, se encuentra enfrentado a cuestiones tan inauditas, se expone a un juicio de tal magnitud, que debe considerar la hipótesis de que sólo el advenimiento de Cristo le ofrecerá las ideas y las fuerzas necesarias para asumir su destino».

La escatología progresista, por el contrario, piensa que poco a poco, y con grandes altibajos y retrocesos parciales, la Humanidad irá caminando hacia una organización justa y razonable y que sólo en ese momento final, la Jerarquía Espiritual, saldrá a la luz, (porque siempre habrá estado y estará presente aunque oculta), y liderará nuestra incorporación de facto al «Reino de Dios».

Por último están los materialistas a ultranza que como el economista francés René Passet, que no son tan optimistas: «La perfección a la que todos aspiramos nunca se alcanzará y esta es una noticia excelente: la historia no tiene fin; en tanto que mujeres y hombres habiten este planeta habrá lugar para los sueños, la utopía y la superación de uno mismo».

El psicólogo Joseph Campbell estaba convencido de que toda la especie humana, unida en su historia biológica, así como en la espiritual, que por doquier se ha desarrollado, avanza irresistiblemente ha-cia una especie de poderoso clímax, del cual ha de surgir, el próximo gran movimiento.

Otros son menos optimistas. Mucha gente opina que las condiciones naturales de la especie «homo sapiens sapiens», no permite que la generalidad de sus integrantes lleguen algún día al estado de racionalidad, autocontrol y buena convivencia, necesarios para llegar al Punto Omega teilhardiano. Que los procesos de mejoramiento personal que la moderna psicoterapia y algunas religiones proponen al hombre difícilmente podrán superar nuestros condicionamientos.

Este pesimismo es antiguo. En una nueva versión del Génesis que se encontró entre una comunidad de judíos samaritanos en la isla de Elefantina en el Alto Egipto, se narra que Dios antes de crear al hombre, reflexionó y dijo: «Lo crearé, pero será el único de todos los seres eternamente inacabado. Llevará siempre el amor, la verdad y la justicia, como imagen mía, pero nunca las realizará».

Elaine Pagels, estudiosa del gnosticismo, explica que la palabra «hamartia», que en el Nuevo Testamento se traduce por pecado, tiene su origen en el deporte del tiro con arco y significa literalmente «errar el blanco». Y cunde la idea de que quizás los humanos somos como si Guillermo Tell hubiera tenido Parkinson pero se hubiera empeñado en hacer un cursillito de tiro con arco.

Nuestra tendencia al error es tan consustancial con nuestra naturaleza errática y poco fiable, que da la impresión de que eso no se arregla con buena voluntad y un cursillito. A nadie le extrañaría de que Guillermito Tell saliera huyendo despavorido con la manzana.

Llevaban razón los gnósticos de toda época cuando opinaban que la «salva-ción» está en el conocimiento de sí mismos y en evitar así el error y la alienación. Y también cuando creían que era la ignorancia y no el pecado la causa del sufrimiento de las personas. En este sentido tenían unos conceptos religiosos que se asimilan en bastante grado con el budismo y con la psicoterapia moderna.

Y así el gnóstico Valentín, en el «Evangelio de la Verdad», citado por Ireneo, afirmaba de forma simbólica que la Sabiduría había formado el «mundo» (la humanidad) , de la «tierra» de la confusión, del «agua» del terror, del «aire» del dolor, y con el «fuego» inherente a los anteriores tres elementos, que sería la ignorancia inherente a la confusión, el terror y el dolor.

Valentín señala que nuestra existencia normal es como una pesadilla en la que se experimenta «terror y confusión e inestabilidad, y duda y división», viéndonos atrapados en muchas «ilusiones». Esa es la condición humana normal, y las atestadas consultas de los psiquiatras y psicólogos así lo atestiguan.

Y por ello el hombre debe ser cauto en refugiarse en un excesivo quietismo y maravillosismo, y afrontar de forma serena, la situación de que debe ser él, el que debe resolver sus problemas.

Hay un cuento infantil en que le mandan a un niño pequeño, solo, al monte con un asno a recoger leña. Y el niño asustado no quería ir porque tenía miedo a que si se le caía la carga no iba a ser capaz de volverla a subir al burro. Y su padre le dijo: «No te preocupes, si tienes necesidad de ayuda llama a la «Necesidad» y vendrá a ayudarte».

Así sucedió que la carga se le cayó y el niño llamó y llamó a la «Necesidad», pero cuando vió que no venía nadie se secó las lágrimas, y al final no le quedó otro remedio que ingeniárselas y conseguir subir la carga él solo.

En el Códice sivaítico de Cashmir se afirmaba que el mayor secreto del mundo es que no hay ningún secreto. Traducido a términos religiosos, quizás significaría algo así como que aunque haya cosas ahí fuera, en realidad no hay nada que repercuta milagrosamente en nuestras vidas.

Es lo que predicaba el iluminado Buda Sakiamuni, cuando decía que los dioses existen, pero están a lo suyo, así que preocupémonos nosotros por lo nuestro. Por eso muchos niegan al budismo la condición de verdadera religión. Y por eso el budismo, purificado y despojado de sus adherencias históricas, quizás sea la religión mas certera.

Y esa actitud «no obsesiva», y sin ansiedades respecto a la búsqueda de Dios, está avalada por muchas corrientes religiosas. El hombre verdaderamente religioso es el que no busca a Dios, sino que deja que Dios se acerque a él. Lo decía Eckart, y lo dicen los budistas: «Si buscas a Buda. no verás a Buda». Y los taoístas: «Si una persona busca el Tao, esa persona pierde el Tao».

Esto en la práctica se debería traducir en un humanismo laico pero comprometido con el hombre y con el mundo en que vivimos.

Desde la Ilustración, ya existe una fuerte corriente de humanismo laico que reivindica la autonomía del hombre y su derecho a ser feliz en esta vida, así como el derecho y la necesidad de ir progresando hacia unas sociedades bien organizadas, y sin que eso suponga per se un desafío a ninguna divinidad.

Entonces, ¿qué añade a este humanismo laico, un intento de insertar nuestra historia en la pequeña historia cósmica local?: una perspectiva mas larga.

La sociedad cristiana, (al igual que la islámica), al establecer como su principal argumento religioso, el juicio final individual según la fé y las obras de cada uno, estimula claramente la preocupación y el esfuerzo egoísta por nuestra propia «salvación».

El humanismo laico no necesita a Dios en su planteamiento. Debemos actuar sin esperar nada de una vida futura personal que nadie ha garantizado. Juliana de Norwich, de las revelaciones que tuvo, sacó la conclusión de que a los ojos de Dios, todos los seres humanos son una sola persona y una sola persona es todos los seres humanos. O sea que lo que nos jugamos no es una mejor o peor vida futura individual, que en principio es-tá por ver, sino el destino futuro de la humanidad.

Constatamos a nuestro alrededor que todo en el cosmos, desde galaxias y estrellas a mosquitos y microbios, nace y muere, y vuelven a nacer otros diferentes. Hasta sabemos que el propio e inconmensurable universo nació un día y desaparecerá otro. Y quizás vuelva a surgir otro diferente.

Esto se traduce en que hay que centrarse en la historia presente del hombre, asumiendo con dignidad y firmeza nuestro destino natural y sin fantasías de futuro. Nos arengaba Unamuno: «Hagamos que la nada, si es que nos está reservada, sea una injusticia; peleemos contra el destino, y aun sin esperanza de victoria, peleemos contra él quijotescamente».

Y por ello la política, la gran Política, (no las politiquillas de medio pelo), es un componente fundamental de la religión. Ya lo decía Gandhi, (los que piensan que la política no tiene nada que ver con la religión, no saben nada de política,… ni de religión).

Porque supone el esfuerzo de autoorganización social para lograr implantar el Reino.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares