“Todo la dicha que hay en este mundo, toda proviene de desear que los demás sean felices; y todo el sufrimiento que hay en este mundo, todo proviene de desear ser feliz yo”. 

Hay un esquema básico que explica muy bien todo nuestro mundo personal, cultural y mental. Es un poco como los tres ejes de dimensiones, que sirven para situar inequívocamente un punto en el espacio tridimensional.

Por eso podría denominarse el “triángulo mágico” de nuestra vida. Por una parte, en el plano de nuestra realidad, tenemos dos dimensiones básicas: la felicidad personal como individuos que somos, y el grado de colaboración y compromiso social, con el mundo que nos rodea, como individuos sociales.

Y por encima de estas dos dimensiones de nuestra vida, está una tercera: nuestro conocimiento e implicación en la “realidad cósmica”. Esta tercera dimensión, tiene muy variable desarrollo en las personas, y como vértice superior del triángulo, es la causa de que nuestra vida sea mas “plana” o menos “plana”.

La vida de cada persona, podría ser “situada” topológicamente en este sistema de coordenadas, cuantificando los tres niveles alcanzados en cada dimensión, y dando lugar así a una definición de cada vida.

Todo el mundo desea ser feliz, y de hecho muchas personas, ignoran absolutamente otras posibles dimensiones, lo que es un grave error, para ser verdaderamente felices.

Porque con la felicidad pasa como con el jamón (y con todo), hay felicidades de primera, de segunda y de tercera. Y a todos lo que de verdad nos gusta es el jamón de Jabugo.

La empatía, solidaridad y compromiso con el resto de la humanidad y con el planeta en que vivimos, es una segunda dimensión necesaria para enriquecer nuestra “felicidad”. Por eso no es solo una cuestión de “ética”, sino también de “estética”.

La estética es esa dimensión subjetiva que tienen las cosas que nos causa placer, felicidad, que “nos gustan” y nos hace sentir bien. Por ello la estética de nuestra vida, es un factor muy poderoso, que mueve nuestra vida, pero también es muy peligroso, pues si no estamos atentos, sin darnos cuenta nos puede complicar muchísimo nuestra vida y salirnos el tiro hacia un pie.

Porque si no analizamos bien todas las implicaciones de nuestras acciones, nos podemos ver envueltos en consecuencias desagradables, “antiestéticas”. Eso es lo que sucede con la falta de compromiso social y solidaridad con nuestro entorno.

Creemos que podemos pasar de ello, y concentrarnos en nuestra felicidad personal directa, pero no somos conscientes de que eso inevitablemente va a generar una situación que nos va a salpicar directamente y va a repercutir en nuestra verdadera felicidad personal.

Por eso el conocimiento de la verdadera realidad de todo, (la cultura útil), nos hace darnos cuenta de lo interrelacionados que estamos todos, y de la inutilidad de cerrar los ojos, refugiándonos y aislándonos del mundo en nuestro pisito, palacio, convento, ashram, o apartamento en Benidorm. Si nos empeñamos en escupir contra el viento, nuestra cara lo va a notar.

Y la tercera dimensión es la del conocimiento e implicación de nuestra realidad cósmica o trascendental. Y muchos pensarán: ¿qué papel ocupa en este triángulo mágico?.

La conciencia de la realidad trascendente o cósmica, y de nuestra ubicación en ella, de entrada nos amplía mucho la visión de nuestro papel en la vida.

Esta conciencia trascendente es la alegre y profunda necesidad de encontrarse en armonía, con nuestros vecinos del cosmos, que aún no conocemos, que nos parecen lejanos en el tiempo y en el espacio, pero con los que estamos misteriosamente unidos.

Porque el cambiar el chip mental, hacia un mundo global, nos empuja a empezar a resolver realmente nuestros problemas globales, y para ello ayuda el pensar que muy probablemente están ahí fuera, aunque tardemos aún un tiempo en llegar a comunicarnos con ellos.

Y por ello es muy posible que la razón de que se produzca el fenómeno Ovni, sea el estimular en nosotros la revolución mental que precisamos para ponernos a resolver nuestros problemas de aquí y de ahora.

Y la pasividad que se nota en dicho fenómeno, y su pertinaz silencio, puede ser un mensaje claro: “¡Estamos aquí, pero no esperéis nada de nosotros: tenéis que espabilar vosotros!”

Cuando estamos a obscuras y no vemos bien el terreno, vamos despacito, dando pasitos cortos, tanteando el camino, y tendemos a la inmovilidad. Por ello tener una idea clara de nuestra situación en el cosmos, elimina en nosotros muchos bloqueos personales que nos atenazan, y nos da ese sentido de nuestra vida que tanto añoramos muchas veces.

Por otra parte sirve de reforzador de las otras dos dimensiones. Todos queremos ser felices, pero nuestro instinto de conservación nos produce fuertes resistencias respecto a la conveniencia personal de la solidaridad con el prójimo y el entorno.

Dice el psiquiatra Francisco Traver: “creer en algo superior a uno mismo es un relé antinarcisista que nos obliga a integrarnos en algo más grande que nuestro propio Ego o nuestra propia conveniencia.

Dicho de otro modo la creencia en un mismo Dios favorece las estrategias de cohesión en los grupos sociales. Es así como el egocentrismo se transforma en etnocentrismo”.

Y cuando creemos tener un sentido trascendente en la vida, vemos de otra manera el mundo que nos rodea, y entendemos la ley de oro del Universo: de la Cooperación Universal.

Las frasecitas y eslóganes seráficos y melifluos, que se oyen por ahí, del tipo de “Dios es amor”, “el amor es la energía que mueve el mundo”, etc. no reflejan adecuadamente la ley universal que rige por todo el Universo, al igual que la ley de la gravedad y las de atracción y repulsión electromagnética: El universo está constituído por partículas individuales, pero que alcanzan su verdadero potencial cuando se unen entre sí, constituyendo nuevos “individuos mas complejos y evolucionados.

Y da la impresión de que esta ley general se va aplicando en todos los niveles de complejidad que se van formando en el universo, incluídos nosotros, que somos un escalón más, (un holón), en la escala de la evolución del Universo.

Y como no puede dejar de ser de otro modo, muy posiblemente esa sea la ley fundamental que rige en el “Reino de Dios”, que probablemente sea el nombre que daba Jesús a la Confederación de Especies Inteligentes de nuestro barrio del Cosmos.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares

revistaquitapesares.wordpress.com