El Poder de la Atención

Esta es una parábola de Buda:

Imaginaos a un reo al que van a trasladar de un lado a otro de la ciudad. Le colocan sobre la cabeza un perolo de aceite hasta el borde y le colocan detrás de él un verdugo con una espada. Si ladea la cabeza y derrama una gota de aceite, le rebana la cabeza. El reo al pasar por el centro de la ciudad se encuentra con un grupo de bellas y alborotadas bailarinas, pero obviamente sigue muy atento y no ladea la cabeza. Le va en ello la vida.

 Esa atención podemos todos trabajarla sin necesidad de ser amenazados por un verdugo que nos puede rebanar la cabeza. Esa atención es una función preciosa de la mente que podemos entrenar, cultivar y desarrollar. Pero así como el reo no se deja distraer por las bailarinas, nosotros nos dejamos distraer por todo y tenemos una mente descuidada y negligente. Sólo funcionamos mediante la atención mecánica e instintiva, que es muy pobre. Nos falta elevar el dintel de la atención y disfrutar de una atención consciente, directa, libre de tantos juicios y prejuicios, que no se deje debilitar por la riada de pensamientos robóticos.

Al despertar, he vuelto hoy a leer algunos comentarios del gran sabio Santideva que no sólo resultan inspiradores, sino que sirven de «despertador» para estar más atentos. Uno de ellos:
«Si la atención monta la guardia a las puertas de la mente, la clara comprensión (lucidez) se unirá a ella, y una vez que llegue, nunca se irá».

Otro:
«Hay que estar atento para que la mente, que parece un elefante en celo, esté siempre sujeta al poste de la calma interior. Hay que estar atento para examinar a cada instante la condición de la propia mente».

Sin atención, ¿podemos hacer algo bien? La atención es la que nos permite captar y captarnos, sentir y sentirnos, vivir y vivirnos, ser y sernos. Con razón se la denomina la gema de la mente. Es la lámpara que nos ayuda a recorrer con mayor destreza la sinuosa y a veces oscura senda de la vida. Es como un diamante en bruto que tenemos con paciencia que pulir. Es una energía que podemos intensificar y aprender a canalizar. Si estamos más atentos, estamos más vivos y, como indican los monjes zen, el color es más color y el sonido es más sonido. Todo adquiere otro relieve, sentido, vivacidad, plenitud. Se conecta con la realidad inmediata y no se extravía tanto la mente en la madeja de pensamientos de pasado o de futuro.

En el yoga se nos invita a la triple vigilancia, que requiere no poca atención en cada momento: la vigilancia de la mente y sus contenidos, la de la palabra y la de los actos. De esa manera uno se va desautomatizando y permaneciendo más despierto. La consciencia se intensifica y amplía. Se gana en perceptividad. Todo goza de su peso específico. Es bien conocida la historia zen:

El discípulo le pregunta al maestro cómo se adiestra en la más alta verdad, y éste responde:

– Cuando como, como; cuando duermo, duermo.
– Pero eso lo hace todo el mundo- replica el discípulo.
– No es cierto- dice el mentor-, porque los demás cuando comen piensan en mil cosas diferentes y cuando duermen sueñan con mil cosas distintas. Yo cuando como, como; cuando duermo, duermo. Por eso me diferencio de ellos.

El entrenamiento metódico de la atención se aplica de dos modos:
1) A través de la práctica asidua de la meditación.
2) Conduciendo la atención a la vida diaria y tratando de conectar más con lo que se hace a cada momento.

Comienza uno por darse cuenta de que nunca está atento, salvo cuando algo resulta muy interesante. La atención es entonces como un músculo que se debilita y la consciencia va perdiendo su brillo y su capacidad de percepción. Uno está tan inmenso en el flujo caótico de los pensamientos, que no está atento a lo que es.
Pero de la misma manera que la mente ha sido vencida por el hábito de la dispersión, podemos reeducarla para adquirir el de la atención consciente. De ese modo estaremos cada día más despiertos y no seremos unos sonámbulos psíquicos.
Nuestro propósito más enriquecedor es el de abrillantar la consciencia. Vale más un día de vida consciente que millones de vida malvividos en la mecanicidad. El descuido y negligencia de la mente cada día nos hace más maquinales y así se vive en una consciencia crepuscular, donde reinan más sombras que luces. Sin atención, obviamente, no atendemos bien a los demás ni a nosotros mismos, nos dispersamos y robotizamos, nos dejamos ganar por las rutinas internas y arrastrar por la inercia.
Inspirémosnos en las palabras muy sabias de Nisargadatta:
«No infravalores la atención. Significa interés y, al mismo tiempo, amor. Para crear, hacer, descubrir, tienes que poner todo tu corazón, lo que es igual a poner la atención. De ella brotan todas las bendiciones».

Las pequeñas cosas de la vida, que también son las grandes, son una oportunidad para vivirlas con mayor atención e ir ensanchando así la consciencia y ganando en perceptividad. Podemos hablar con atención o sin atención; escuchar con atención o sin atención; abrazar con atención o sin atención; hacer la colada con atención o sin atención. La atención es luz y la inatención es sombra.

Uno de mis libros de cabecera es esa preciosa obrita que es el Dhammapada, considerada como un insuperable manual de ética genuina. Por cualquier lado que se abra y cualquier versículo que uno lea, nos sentimos inspirados. Pero hay un versículo que a menudo repito en mis clases de meditación y con el que quiero cerrar este artículo:
«La atención es el camino hacia la Liberación; la inatención es el sendero hacia la muerte. Los que están atentos no mueren; los inatentos es como si ya hubieran muerto».

Ramiro Calle

Centro de Yoga Shadak

www.ramirocalle.com