El Amor y sus Motivos

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El amor es el sentimiento más ensalzado y valorado, el más humano y como tal, el más doloroso; no podemos vivir sin él.

¿Por qué sufrimos tanto cuando amamos? Una causa es que nos cuesta aceptar las diferencias del otro: cuando actúa o piensa de una manera que nos resulta extraña o frustrante, nos sentimos desconectados y sufrimos. Nos cuesta asumir que responde desde su propia idiosincrasia (deseos, valores, angustias, fantasías…, que desconocemos en gran medida) y cuando frustra nuestras expectativas, lo vivimos como algo personal, algo que «nos hace» y que cuestiona nuestro valor o su cariño. En esos momentos muchas veces se prefiere romper el vínculo o desvalorizarlo, antes que seguir viviendo la frustración de nuestros deseos y la dificultad para comunicarnos.

Por otra parte el odio es el sentimiento más impopular, se dice de él que de nada sirve y sin embargo casi todos lo hemos sentido alguna vez. Odiar está emparentado con amar; comúnmente es un intento de separarse de alguien que ha dañado pero que aun se siente necesario. Con el odio se procura destruir el deseo de ser atendidos por esa persona.

La necesidad de compañía es normal para la mayor parte de nosotros, pero cuando hablamos de amor no todos hablamos de lo mismo. Hay diversas formas de entender el amor pues hay diferentes maneras de sentirse unido a otra persona. Veamos algunas de ellas:
– Hay personas para las que el sentimiento de seguridad es lo primordial y buscarán relaciones en las que estar protegidas. Un ejemplo de esto sería el que se siente incapaz de afrontar una situación y busca la compañía de su pareja para tranquilizarse y adquirir fuerza. En este caso la pareja actuaría en la mente del otro como una especie de «oso de peluche» que permite superar el miedo, o «pata de conejo» que da la impresión de transmitir protección con su mera presencia. Cuando la motivación central que sostiene una relación es el sentimiento de seguridad, la separación despierta preocupaciones relacionadas con la capacidad para enfrentar los «peligros de la vida».
– Para otras personas la sexualidad es lo central, y si hay entendimiento en ese aspecto esto basta para permanecer unidos. Hay parejas que por más conflictos que tengan siguen enganchadas a sus «reconciliaciones».
– Otros obtienen de su pareja aquello que los equilibra emocionalmente, porque disminuye su angustia, les ayuda a pensar o les proporciona vitalidad. La manera de hablar, de moverse, la actitud del otro, les completa, y cuando este falta, sobreviene el vacío, el aburrimiento, la apatía o la confusión.
– Los hay que sobre todo buscan sentirse valiosos, su motivación central es la autoestima y por ello desean relaciones donde o son valorados explícitamente o se sienten valiosos porque el otro «lo vale» y el mero hecho de ser elegidos por él los revaloriza. También puede darse el caso contrario, buscar la compañía de alguien con complejo de inferioridad para sentirse superior a él, a veces necesitando incluso denigrarlo para ejercer el poder y reafirmarse narcisisticamente.

Entre otros ejemplos la unión desde el narcisismo se da: cuando estar con el otro permite mantener actividades que son valoradas, cuando lo que enamora es el enamoramiento del otro (es decir, te enamoras de la valoración que te dan), cuando se admira a alguien y ser su pareja se considera un privilegio, o cuando se busca a alguien pensando que nunca te superará en algún aspecto fundamental.

Se puede buscar compañía por dos grandes motivos: evitar la angustia o sexualidad, el narcisismo (la necesidad de sentirse valioso que anteriormente describíamos) y las actividades gratificantes compartidas. Del lado de la angustia tenemos el miedo al abandono o la soledad, la incapacidad de autorregularse emocionalmente y los sentimientos de inferioridad.

Evidentemente todos tenemos angustias y la pareja siempre viene a compensar alguna de ellas. Es una de las múltiples bondades de amar y ser amado; depender del otro es inevitable y necesario. Descubrir el «verdadero motivo» por el cual se está con alguien es un planteamiento simplista, siempre hay una suma de factores interviniendo, algunos de ellos imposibles de conocer.

Sin embargo debemos clarificar qué es para cada uno de nosotros irrenunciable, no solo porque lo pensamos sino porque hemos comprobado a lo largo del tiempo que sin ese ingrediente en concreto nos es muy difícil sentirnos satisfechos. Buscar un perfil de personalidad no funciona, son demasiados atributos y la combinación de los mismos resulta impredecible. Lo que sí podemos distinguir es cuál es nuestro mayor deseo o necesidad, y aceptarlo, si no implica dañar a nadie; al fin y al cabo todos tenemos nuestras prioridades.

No hay un ideal de pareja. Las personas acordamos explícita e implícitamente, consciente e inconscientemente, nuestros modos de convivencia. Cuando hay acuerdo funciona, independientemente de lo acordado: el sexo, la valoración, la dependencia… Cuando las prioridades no son las mismas, o el otro no puede satisfacer nuestras demandas, sobreviene el conflicto. Por último, no hay que confundir el «desencuentro» con el «desamor», como dice García Márquez: «Sólo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser«.

Susana Espeleta
Psicologa colegiada
Psicoterapeuta individual y de grupo
S_espeleta@yahoo.es

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4,6 minutos de lecturaActualizado: 03/12/2017Publicado: 03/06/2014Categorías: Desarrollo PersonalEtiquetas: , , , , , , , , , , , , ,

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