Hoy la Medicina reconoce que el resentimiento, el odio y los sentimientos negativos y vengativos causan estragos en el sistema inmunológico, provocan infartos, disfunciones orgánicas, problemas en la piel, en los huesos y un sin fin más de enfermedades.

Se trata primero de sanar nuestra alma, nuestra psiquis, antes de sanar la enfermedad física.

Perdonar es recuperar la inocencia, empezar a mirarnos y a mirar a los demás, con ojos inocentes. Sabiendo que nuestra inocencia pasa indefectiblemente por saber inocentes a los otros.

En esta entrada me gustaría hablar de perdonar, pero con un sentido nuevo, hasta descubrir que realmente no hay nada que perdonar. Pero en la vida nos encontramos con conductas en nuestra relaciones que aun en el conocimiento de que «no hay nada que perdonar» tenemos que manejar de manera que sean positivas para nuestro cuerpo y nuestra alma, sin perder de vista de que muchas veces nos es más fácil ver la sombra de los demás que nuestra propia sombra.

El teólogo bíblico argentino Ariel Álvarez en un hermoso artículo publicado en la revista de Tierra Santa, aclara una serie de errores que vamos arrastrando, por educación o por cultura, sobre lo que es perdonar y lo que es no perdonar.

El primero de los errores es creer que cuando se perdona, estamos haciendo un favor a la otra persona. Y nada más lejos de eso. La experiencia nos dice que cuando guardamos rencor a otra persona, somos los únicos lastimados: podemos pasar noches sin dormir rumiando venganza e imaginando que vamos hacer para desquitarnos y es muy posible que el otro esté durmiendo tranquilamente.

Nos equivocamos también cuando pensamos que perdonar es perder, cuando realmente el que perdona gana. El odio ata, nos hace dependientes y en cambio el perdón libera, rompe los lazos que nos mantenían unidos al agresor a través de la ira.

Otras veces pensamos que perdonar es justificar.

Que se trataría algo así como de comprender o decir «pelillos a la mar, aquí no ha pasado nada». Y esto no es así. Perdonar NO ES JUSTIFICAR una conducta errada, justificar una ofensa o autojustificarnos. Cuando se perdona, uno reconoce que el otro ha obrado mal, ha cometido un hecho más o menos grave, pero aún así se decide perdonar porque se decide apostar por la propia salud y por el bienestar interior. No se trata de disculpar al otro y liberarlo de la «culpa», mas bien se está buscando liberarse de sentimientos tóxicos. Tampoco se trata de convertirse en cómplice de lo injusto, sino elegir una higiénica actitud de vida.
Es la buena ocasión para poner luz en nuestra propia sombra, verla, reconocerla e iluminarla.

Otras veces pensamos que perdonar es olvidar, y tampoco es eso, pues entre otras cosas porque el olvidar o no algo, va a depender de la memoria que tengamos, si bien las ofensas tienden a recordarse por la carga emotiva que llevan. El hecho de que uno no olvide, no significa que no perdone. Uno puede recordar hechos dolorosos sin tener el desgaste del resentimiento y el rencor. Incluso conviene recordar para evitar ser herido de nuevo .

Otras veces pensamos que perdonar es restaurar las cosas al nivel que estaban antes del enojo. Que si uno perdona a un amigo, debe devolverle la amistad o si alguien te traiciona, con el perdón la confianza viene recuperada. Pero esto no siempre es así. No siempre se puede; más aun en ocasiones no resulta prudente devolver la confianza a quien nos ha engañado y a pesar de ello se puede perdonar.

Perdonar no implica reponer los sentimientos y afectos, ni impide reclamar lo que en justicia se merece, en el caso de derechos violados, ni de que el otro reciba el castigo que en justicia merece, siempre y cuando no se busque la venganza personal, sino la justicia.

Otra cosa que se piensa es que para perdonar a alguien, el otro tiene que venir a pedirnos disculpas, se espera el arrepentimiento para otorgar el perdón, el reconocimiento de la ofensa por parte del otro. Si esto fuera así, la posibilidad de todo el beneficio de ejercer el perdón, no estaría en nuestras manos . Dependería de que nos quisiera o no dar la oportunidad de perdonar. Jesús no dice «perdonar cuando el hermano este arrepentido»; dice «perdonar setenta veces siete». Es decir, SIEMPRE. Esté el agresor arrepentido o no lo esté.

Decíamos en otra nota que para perdonar no es preciso que el otro nos pida disculpas, ni que reconozca nada, ni que se arrepienta y ante esto podemos preguntarnos. ¿Acaso no nos han predicado que para que Dios nos perdone es necesario nuestro arrepentimiento, el reconocimiento de nuestras faltas?. Efectivamente es así porque el perdón que nos da Dios, en la persona de Jesucristo, es DISTINTO del perdón que dan los hombres. Uno no juega a ser Dios cuando perdona al otro. Para sanarnos a nosotros mismos, para restaurar el vínculo con nuestro Dios que el ego rompe por ignorancia, necesitamos reconocer lo que ha pasado, reconocer nuestra sombra, iluminarla e integrarla. Cristo restaura el vinculo de amistad y se deshacen las consecuencias.

Pero cuando perdonamos a otros, lo hacemos para quedarnos libres de la violencia que hemos sufrido y de sus secuelas. Estamos en el nivel de las relaciones entre hombres y no en el nivel espiritual que pertenece al campo de la fe que cada uno tenga.

Y si perdonar no es olvidar, ni justificar, ni esperar las disculpas, ni restaurar una relacion ¿qué es el perdón?

Como muy bien explica el teólogo Ariel Alvarez, base de estas notas, EL PERDON ES ANTE TODO UNA DECISION que cada uno puede tomar o no, según le parezca; es independiente del sentimiento, y de lo que el otro haga. Y es una decisión personal. No es necesario hablar con quien nos ofendió porque lo que se busca es liberarse del odio y resentimiento reactivo. «Se realiza silenciosamente en el corazón de cada uno, como una plegaria sencilla e intima».

¿Y como saber si uno ha perdonado?

Aquí Jesús en los evangelios nos da varias pistas. Se ha perdonado, primero cuando ya no se desea el mal al otro; segundo cuando se renuncia a la venganza y tercero cuando uno es capaz de ayudar al ofensor si se le ve con una necesidad que podemos solventar.

Perdonarnos y perdonar a los demás es apostar por la alegría, por la salud, es apostar por la vida, es cerrar las puertas a la tristeza, a la amargura y a la larga o a la corta a la enfermedad.

Al final es únicamente deshacer el error y la ignorancia.

Feliciana García

E.H.