«¡Ten el coraje de desprenderte de todo aquello que no pertenece a la esencia original. Despréndete de las adherencias culturales e históricas que recubren aquella esencia. Ten el coraje de desprenderte ante todo de aquello que niega credibilidad al mensaje, aquello que ahoga el espíritu de libertad!». (Hans Kung)

La vida es complicada y más difícil de lo que quisiéramos. La crisis actual, si tiene una «ventaja», es la de colocarnos en la realidad, por si alguna vez nos hemos hecho ilusiones de poder vivir en un mundo irreal.

Porque la realidad es la que es, y si no la tenemos en cuenta, nos arrastra hacia abajo.

Cuando de pequeñitos, se nos dice que en la vida tenemos que aprender cosas, (en resumen, adquirir cultura), no se referían a los afluentes del Tajo, o a cosas así, sino a que hay que aprender cómo es el mundo en el que hemos aterrizado, para saber tomar las medidas personales mas adecuadas en cada momento.

Y es muy difícil, pues vamos viéndonos obligados a tomar decisiones sin habernos aprendido toda la lección, y por eso cometemos errores, muchos errores, y todos lo hacemos. Si hay alguna clara muestra de la estupidez humana es cuando alguien dice: «No me arrepiento de nada, y volvería hacer todo lo mismo».

Todos la «fastidiamos» una y otra vez, y en eso consiste vivir. Pero no debemos obsesionarnos con el recuerdo del pasado, que ya no existe más que en nosotros. Dicen los psicólogos que el exceso de pasado, lleva a la depresión, igual que el exceso de futuro lleva a la ansiedad.

Hay que vivir el presente, que es lo único que hay, y para ello necesitamos «crearnos» un sentido de la vida, una dirección hacia la que orientarla.

Imaginemos que tenemos mucha hambre, y para matarla, solo tenemos comida cruda: necesitamos cocinarla de alguna manera.

Pues lo mismo nos pasa con el sentido de la vida. Tenemos dentro de nosotros un ansia generalizada de encontrar un sentido a nuestra vida, que nos ilusione y nos haga levantarnos de la cama cada mañana con ganas. Pero no es fácil encontrarlo. Nos lo tenemos que buscar cada uno, analizando nuestra realidad y la del mundo en el que estamos insertos, para encontrar una forma de estar en el mundo que nos ilusione.

Porque la realidad a palo seco es como la comida cruda, difícil de morder y digerir. Por eso como decía Viktor Frankl, una visión reduccionista del hombre y del cosmos, refuerza el vacío existencial. «La interpretación reduccionista de los valores acaba por minar y erosionar el entusiasmo de vivir». Es como la comida cruda, no nos sirve de casi nada. Por ello el cientificismo a ultranza es fuente de frustración y de desesperanza.

Tenemos que encontrar un sentido a nuestra vida, o sea a nuestra realidad aquí y ahora. Y para ello tenemos que cocinarla, que mirarla con unos ojos nuevos, reinterpretarla bajo otra perspectiva, pero siempre sin perder los pies del suelo, o sea tocando constantemente dicha realidad.

Porque luego está el otro extremo, el pasarse de rosca. Recordaba José Bergamín, que lo primero haciendo música, es no hacer ruido.

Y esto nos pasa cuando al intentar matar nuestro hambre de sentido de la vida, metemos en la olla, todo lo que nuestra imaginación encuentre por ahí, palos, piedras, y cualquier otra cosa.

Decía Nietzsche, que quién ve mal, siempre ve algo de menos, pero quién oye mal, siempre oye algo de más.

Si empezamos a añadir elementos fantasiosos, cuartas, quintas, sextas dimensiones, matrix holográficas, rejillas de energía que modifican nuestro Adn, etc, entramos en el campo del delirio, y obtendremos un sentido irreal de nuestra vida, con lo que al final, o caemos ya en el delirio total, y esa mezcla fatal acabará explotándonos en las narices.

Con la realidad no se juega, porque siempre gana, a no ser que caigamos en la alienación y perdamos todo sentido de la realidad.

Es verdad que la realidad ahí fuera, podría hipotéticamente ser cualquier cosa, pero cuando todo es posible, nada es concretable.

La ilustración y la modernidad defendían el imperio de la razón, con la que conseguiríamos poner orden en nuestra vida. Pero posteriormente la postmodernidad, con su incorporación del mundo semisecreto de lo subconsciente, nos ha traído el «pensamiento débil».

Como señala Marina «la verdad objetiva ha quedado sustituída por la interpretación y por las interpretaciones de las interpretaciones, que es lo que se llama «hermenéutica»: no hay realidad solo hay textos».

Y sigue Marina señalándonos que «la crisis del pensamiento mítico permite la liberación del individuo, pero con el mito desaparecen también las normas de comportamiento que sustentaba. Se alcanza una racionalidad que no nos sirve como guía de comportamiento».

Porque el mito, que nos construye parte del mundo afectivo, nos facilita encontrar los valores esenciales para la organización de la sociedad, para reestructurarla si se corrompe, y para mediante nuestra resituación personal, salvaguardar la persona inserta y diluida en la sociedad. Por ello es necesario conseguir una inteligencia capaz de integrar lo objetivo y lo afectivo.

Por ello esta triste situación, aunque muy real, nos facilita el pretexto para recrear nuestra propia e individual cosmovisión, que nos facilite un sentido de la vida, utilizando aquellos mitos personales coherentes con nuestros conocimientos personales que nos den la estabilidad y resituación que necesitamos para no ir dando tumbos por la vida.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares