El Tarot y el viaje del héroe

¿Cuándo fue la última vez que te paraste a escucharte realmente? ¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a percibir lo que tu cuerpo calla, y a oír lo que tu corazón grita en silencio?
La respuesta a estas preguntas suele ser desalentadora. Un pequeño porcentaje contestará que lo hace a menudo, otra parte creerá que sí se dedica tiempo, que se quiere y se cuida por el hecho de respetar un espacio para sus hobbies, comprarse ropa o darse un capricho, mientras que la gran mayoría ni siquiera se lo ha planteado: “¡yo no puedo permitirme parar!” es con frecuencia la excusa más extendida.

No escuchamos el silencio. No nos paramos a sentir. Somos como autómatas.

A menudo vivimos inmersos en una especie de castillo de cristal, una fortaleza donde nos sentimos seguros pero que nos paraliza y nos impide conectar con nosotros mismos. Probablemente no nos hayan enseñado a hacerlo, y además suele existir un miedo atroz al silencio interior. De hecho, si de repente se produce un momento de silencio en el que nos sentimos solos, descubrimos que una parte de nosotros se siente vacía, y en vez de pararnos a escucharla, a sentirla y comprenderla, la llenamos con “algo que hacer”, lo que sea con tal de no escuchar ese insoportable ruido a nada.

Desconexión de nuestra propia esencia

Vivimos en una sociedad cada vez más desvinculada de la naturaleza, del universo, de lo espiritual, de lo sagrado, de la propia esencia de cada individuo. Una sociedad competitiva donde los valores que priman son el éxito profesional, el dinero, la belleza externa, el reconocimiento y el poder.
Cuando nos damos cuenta nos hemos convertido en meros espectadores de nuestra propia vida, nos hemos subido al carrusel social y aceptamos sus normas, solo cuestionadas en el mejor de los casos.
Jugamos a la dicotomía (auto)impuesta: esto es bueno o malo, correcto o incorrecto, blanco o negro. El mundo se vuelve gris.

Hubo una época en la que coloreábamos nuestra vida con una amplia paleta de colores, sabores, sonidos y emociones. Pero en algún momento dejamos atrás nuestra espontaneidad y nuestra frescura, y comenzamos a protegernos y a ocultarnos tras una gran burbuja para no sufrir.
Y de repente, sin darnos cuenta olvidamos que existen esos colores, esos sabores, esos sonidos y esas emociones que experimentamos. Y si en algún momento lo recordamos, intentamos apartarlos para que no nos excluyan a nosotros. Nos ceñimos a los dogmas sociales y /o religiosos para poder pertenecer a un grupo, para ser aceptados. Así que jugamos a ser productivos y competentes, a buscar el éxito profesional y económico, a cuidarnos externamente para vernos guapos, a acumular títulos y premios… Hasta que un día descubrimos que estamos grises, que dentro de nosotros algo nos ha dejado un vacío. Aún así, preferimos comportarnos como se espera de nosotros y escondemos nuestro verdadero ser para protegernos del dolor. Nos da miedo escuchar ese vacío, no queremos ser o mostrarnos vulnerables, ni siquiera nos permitimos expresar nuestra sensibilidad con nosotros mismos.

¿Quiénes somos realmente?

La esencia más pura y sagrada del ser humano está contenida en los niños. En los niños que son, en los que fueron y en los que están dentro de nosotros clamando ser atendidos, rescatados y sanados de las tormentas emocionales a las que se vieron expuestos a lo largo de su infancia.

Todos fuimos vulnerados en nuestra niñez en mayor o menor medida. Crecemos llenos de heridas generadas en nuestra infancia y nos convertimos en adultos con importantes conflictos internos que nos llenan de angustia, dolor, miedos, culpa, vergüenza, inseguridad e ira.

Al final ese niño dañado que habita en nosotros es quien se manifiesta en nuestro mundo adulto ante cualquier circunstancia y relación.

No podemos pretender ser personas plenas si una parte de nosotros está siendo acallada. Reconocer nuestro niño interior, recuperarlo y amarlo es, sin duda, de las mejores cosas que podemos hacer por nosotros mismos. Si sanamos nuestro niño interior estaremos en el camino de transformarnos emocional y espiritualmente, porque ese niño, esa niña, es nuestra verdadera esencia, es nuestro verdadero ser.

La aventura de re-encontrarse y re-descubrirse

Para conseguir reencontrarnos con nuestro ser, debemos emprender un viaje interior.

Un viaje especial que nos contaron cuando éramos niños a través de mitos, cuentos de hadas y leyendas para que pudiéramos emplear sus enseñanzas cuando fuera necesario. Se trata de la fábula del viaje del héroe.

El viaje del héroe, es un patrón universal que se repite en las historias desde tiempos inmemoriales y que responden a un esquema concreto: un personaje (héroe/heroína) que, ante una situación que pone en peligro su bienestar y el de su entorno más preciado, emprenderá un viaje en busca de la “pócima mágica” que traerá de nuevo paz y armonía a su hogar a su retorno. Eso sí, el viaje no será fácil, pues este personaje tendrá que superar diferentes desafíos hasta poder conseguir el tesoro que tanto ansía.

Esta historia es una metáfora de nuestra propia vida y encierra un mensaje de sabiduría que procede directamente del alma. El viaje del héroe, por tanto, describe las diferentes etapas del camino que lleva a un ser humano a encontrarse a sí mismo mediante su interacción con el mundo del que forma parte.

Se trata de un viaje que han tratado las grandes tradiciones, las antiguas literaturas, las mitologías y las religiones y que encierra la energía de los viajes iniciáticos, es decir, conllevan una transformación y un aprendizaje para quien los realiza.

El Tarot, el mapa simbólico de nuestro viaje interior

Para conectar con nuestra verdadera esencia y recorrer este hermoso y duro viaje interior, podemos ayudarnos de diferentes técnicas o herramientas. Entre ellas nos encontramos con el Tarot que, a través de sus veintidós arcanos mayores y de su lenguaje arquetípico y simbólico nos narra la historia de ese héroe interno que habita en nosotros. El viaje a través de los arcanos del Tarot, es básicamente un viaje a nuestra propia profundidad, y nos servirá como mapa simbólico para nuestro propio viaje.

El Tarot, a través de sus láminas nos permite conectar con nuestros personajes internos y nos ayuda a tomar consciencia y reconocer en qué etapa del viaje nos encontramos.

Gracias a la conexión con los arcanos podemos conectar con el mundo del inconsciente, la imaginación, la intuición y el instinto, emociones que se empeña en ocultar el adulto y que el niño quiere seguir explorando.

Conectando y jugando con los símbolos del Tarot, no solo rescataremos a nuestro niño interior, sino que podremos comprender y sanar los vínculos con nuestros padres, reconciliarnos con nuestra sombra y conectar con nuestro instinto.

Desde el Loco hasta el Mundo, podemos descubrir diferentes facetas, bloqueos y patrones que hemos ido arrastrando desde niños y que nos condicionan a mostrarnos auténticos, puros y espontáneos como realmente somos. Los arcanos nos irán desvelando las máscaras que utilizamos, para que juguemos con ellas y nos desinhibamos. Y es que no hay mejor forma de rescatar a nuestro niño, de conectar con nuestra esencia que jugando, quitando cargas, haciendo el un camino más ligero.

El verdadero viaje no es nunca una huida ni un sometimiento, sino una evolución que conseguimos tras comprender, aceptar e integrar a nuestros dragones. Solo así descubriremos el tesoro de nuestra propia esencia.

María Reina
Taróloga y facilitadora de Taroterapia
(aplicación terapéutica y evolutiva del Tarot)
en consulta privada, talleres y cursos.
Directora de Centro Naima
www.centronaima.com