La mente acumulativa

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La mente quiere acumular, perseguir, retener, aferrarse y afirmarse. No vive con naturalidad, sino que es compulsiva, y lo que a menudo llamamos espontaneidad no es otra cosa que fea mecanicidad. Si estamos atentos al esto-aquí-ahora, continuaremos en el aprendizaje vital y sabremos estar también más vigilantes de lo que pensamos, decimos y hacemos; conseguiremos, como dice el zen, que los colores sean más colores y los sonidos más sonidos.

¿No vale más un día de la vida de una persona atenta que un millón de días de la vida de una persona inatenta?

Pero la mente se va fosilizando. Es un proceso de cristalización que su frescura y renovación. Se vuelve torpe, negligente, mecánica y se aferra a etiquetas y comparaciones que terminan por asesinar la vida y frustran la viveza y  la gloria de ser a cada momento desde lo profundo de uno mismo y no desde adoctrinamientos, códigos, viejos patrones, creencias religiosas o de cualquier tipo, estrechos puntos de vista, frustraciones y represiones.

Si la mente pudiera evacuar como lo hacen los intestinos, no habría tanto problema, pero acarrea modelos y esquemas,  fisuras y temores aprendidos, necios modelos socioculturales, familiares o religiosos, que pueden arruinar la vida de la persona.  Se vuelve una mente vieja, falta de clara perceptividad, que no deja de juzgar y medir, comparar y rotular. Si uno se estanca en ese tipo de mente, aunque tenga veinte años de edad es un anciano; pero si un anciano de cien años sabe renovar su mente, abrir la consciencia y estar perceptivo, es un joven. 

Para vivir con una mente en la que anida la ofuscación, la avaricia o el odio, los celos, el afán de venganza, la malevolencia o el resentimiento,  más vale vivir sin mente.

Hay una historia que trata de un osado general que había marchado al frente a guerrear con el reino vecino. Siempre había tenido gran éxito en las batallas y sus victorias incontables. Pero he aquí que estaba combatiendo a sable cuando, de repente y por detrás, uno de los enemigos le rebanó la cabeza con su espada. Cuando el general se reunió con sus oficiales, estos empezaron a lamentarse e incluso a llorar desconsoladamente. Pero el general les dijo: 

No os preocupéis, amigos míos. Antes yo vivía con la cabeza puesta sobre los hombros, si, pero llena de ansias de victoria, apego a la guerra, anhelo por vencer y humillar al enemigo. Ahora he perdido la cabeza, pero vivo desde el corazón, con compasión y benevolencia. Así que nos volvemos a casa. Mi corazón me dice que está guerra es una pesadilla. No lloréis porque esté descabezado; por fortuna, ahora tengo corazón y vivo desde él”.

 

Ramiro Calle

Escritor. Director del Centro Shadak

Autor de «El Dominio de la mente» y «El Gran libro de la Meditación» entre otros

ramirocalle.com

29/01/2019|Categorías: RAMIRO CALLE|Etiquetas: , , , |