La mente vieja es la que arrastramos y se ha detenido en su proceso de real aprendizaje y evolución. Acumula traumas, complejos, juicios y prejuicios, estrechos puntos de vista, viejos patrones y cristalizados esquemas. Acarrea miedos aprendidos, frustraciones, tendencias de apego y aborrecimiento, represiones y, en suma, todo tipo de condicionamientos. Es una mente fosilizada y herida, que perpetúa sus conductas y actitudes por erróneas o inadecuadas que sean, atiborrada de inútiles cachivaches. Es una mente que ha perdido su frescura y su capacidad de renovación, que ha penetrado en un circuito enrarecido de asociaciones mentales, reacciones estereotipadas, habítos psíquicos y una considerable fragmentación.

Una mente así no es de fiar y engendra todo tipo de conflictos.

Es la mente del pasado saboteando el presente, cuyo inconsciente irrumpe para crear confusión y desorden.

No hay en esa mente armonía, ni sosiego, ni belleza, ni verdadera espontaneidad, ni creatividad. Es una mente que siempre está midiendo y comparando, desertizándose en un surco repetitivo de consciencia, juzgando e imitando, sin capacidad de independencia ni libertad. Se convierte en un fardo que a cada momento nos sale al paso y lo diseca. Es una mente esclava y que esclaviza, diana de todas las influencias tóxicas que provienen del exterior, que no es capaz de explorar los hechos en profundidad ni reconocer su lado más intuitivo y equilibrado.

Para poder poner fin a esa mente que tanto nos condiciona, no bastan las componendas ni paños calientes. Es necesario cambiar de paño, o sea cambiar de mente. Es muy sabia la parábola de Jesús: si a paño viejo le echas remiendo, tirará de él y más lo romperá. No se trata de seguir fabricando autoengaños, sino de lograr que la mente vieja, que es una gran tirana, se rinda para dar paso a la mente nueva.

La mente vieja es como una fotografía fija, incapacitada para el verdadero aprendizaje. Repite una y otra vez sus esquemas, proyecciones y fantasmagorías. No es capaz de saltar fuera de su propia sombra y así continúa anidando pensamientos y reacciones desmesuradas y neuróticas, temores, ofuscación, avaricia y odio. No cesa de dar vueltas sin encontrar una salida. Es una mente que se recrea en un caldo de cultivo que es de caos y desorden.

Es una mente herida, que debe terminar por dar paso a la mente nueva, libre, sin heridas, que vive en la urgencia del momento, que no acarrea ni se aferra al pasado ni se contrae ante la idea de futuro, sino que es fluída como un río de aguas cristalinas, sabiendo nacer y morir a cada instante para volver a nacer; que sabe asir y soltar; que es como un espejo que refleja pero no tiene la necesidad de conservarlo todo; que no está de continuo en el apego o la aversión, y que al no encadenarse puede estar en un continuado aprendizaje existencial.

En la mente vieja hay autodefensas y contracción; en la mente nueva hay renovación y apertura. Eso no quiere decir que uno se vuelva amnésico o tenga que hacer tabla rasa con su historia personal, sino que seamos capaces de abrirnos a la realidad del momento, sabiendo evacuar las impresiones tóxicas, sin dejarse condicionar ni esclavizar. Es la mente vieja la que perpetúa el odio, el miedo, el afán de venganza, la envidia y los celos. Es la mente condicionada por el ego exacerbado y la inseguridad, la que necesita autodefensas que no la defienden de nada y la someten a servidumbre.

Hay que poner los medios para que nazca la mente nueva. El verdadero sentido del bautismo en muchas tradiciones era el de mentalizar un corte con la mente vieja y modificar la actitud para dar paso a la mente nueva.
La práctica de la meditación, el autoconocimiento, la desactivación de los hábitos psíquicos y puntos de vista prefijados, la atención en el momento presente, las técnicas para la mutación de la consciencia y el desmantelamiento de las reacciones mecánicas, nos permite ir desalojando la mente vieja para que pueda eclosionar la poderosa energía de la mente nueva, que es aquella que, más libre de prejuicios y patrones, puede conectar realmente con lo que es, recuperando un nuevo sentido de la armonía y pudiendo estar abierta a un fértil aprendizaje vital. La mente vieja es un cementerio; la mente nueva es un loto que no deja de florecer y que es capaz de permanecer impoluto incluso en el lodazal.

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com