A menudo en mis clases de meditación -que ya vienen sucediéndose desde hace más de cuatro décadas- digo: “Todo está dicho, pero nada está hecho”.

Si el ser humano de hace quinientos mil años levantase la cabeza, se daría cuenta, espantado, que ha habido una relevante evolución técnica y científica, pero no espiritual ni de la consciencia. En la mente del ser humano siguen imperando esas tres “raíces de lo insano” que son la ofuscación, la avaricia y el odio. De la ofuscación solo puede salir ofuscación. Por eso si algo urge es transfomar la mente y potenciar en la misma los tres antídotos de dichas raíces de lo insano, que son la lucidez, la generosidad y la compasión.

Mientras la mente no cambie, el mundo no cambiará, toda vez que, como ya anunciara Buda, la mente es el mundo y el mundo es la mente, o sea, que todo al final surge de la mente y ésta es la precursora de todo. Para que cambie la faz de la Tierra y nos humanicemos, se requiere ese cambio profundo de la mente, esa especie de operación quirúgica de la misma para erradicar de ella las tendencias subyacentes nocivas para uno mismo y para los demás.

Cuando con rigor nos exploramos y vivenciamos, nos damos cuenta de que necesitamos ayuda. Vivimos en una especie de disfunción mental y tenemos muchas carencias emocionales. Estamos empantanados en la contradicción, la mecanicidad, las reacciones emocionales neuróticas, el egoísmo y la profunda insatisfacción. ¿Quién nos puede ayudar? Nuestra mente todavía no es fiable y nuestra psicología esta demasiado resquebrajada. El ego es muy mal aliado. Pero la vida, sin embargo, no se detiene (“tempus fugit”) y pasan los años sin que evolucionemos conscientemente ni nos humanicemos.

¿Quién nos puede ayudar?

Corremos muchas veces de aquí para allá, atolondrados debido a nuestra ansiedad, abriendo hoyitos que nos dan agua en lugar de abrir un gran hoyo que sí la proporcione. Caemos en manos de desaprensivos que se revisten, debido a su desmesurado narcisimo, del atributo de poder darnos la luz. Corremos tras gurús que nada tienen de ello o nos dejamos embaucar por aquellos que nos prometen atajos para llegar al cielo y que con su jerga metafísica o psudocientífica (ésta última está de moda y como nadie la entiende, parece más elevada, cuando no hay peores mentiras que las verdades a medias) nos aturden y tratan de hacernos creer que ellos detentan el monopolio de la verdad. Como hojas a merced del viento, vamos de aquí para allá, dejándonos prender por las “novedades espirituales”, por los nuevos artículos “místicos” en el supermercado del espíritu.

¿Quién nos puede ayudar?

Ciertamente todo está dicho pero nada está hecho. Si estuviera hecho, habrían cesado la malevolencia, la ofuscación, la corrupción, la opresión de los más débiles (incluídos los animales).

Las más grandes mentes de la humanidad, las que suponemos han sido las más altamente realizadas, han dicho y ejemplificado enseñanzas imprescindibles para la transformación interior y la elevación de la consciencia, pero casi nadie se inspira en ellas o recoge esa herencia incomparablemente preciosa. Es el legado espiritual que nos han dejado los más evolucionados místicamente, como Lao-Tsé, Buda, Mahavira, Jesús, Shankaracharya, Tilopa, San Juan de la Cruz, el maestro Eckhart, Ramana Maharshi y tantos otros grandes seres. Ellos han insuflado y perpetuado la corriente de energía despierta, esa sabiduría perenne que ha pervivido en todas las épocas y latitudes; ellos han velado y mostrado ese fabuloso cuerpo de enseñanzas y métodos para el despertar de la consciencia.

En esa herencia de impecable pureza y gran alcance transformativo, es donde encontraremos una verdadera ayuda. Nada ha sido librado al azar; todo ha sido experimentado y verificado por los grandes iniciados y sus seguidores. No invitan a la fe ciega, en absoluto, sino a darle un voto de confianza a las Enseñanzas y probar por uno mismo… Pero hay que probar. De nada sirve leer mil veces el prospecto de un médicamente si luego se deja olvidado en el cajón de la mesilla.

Somos los herederos de esa herencia espiritual. Se nos han facilitado toda suerte de mapas espirituales, pautas de orientación y puntos de referencia. Se nos ha proporcionado toda una valiosa “farmacopea” para poder encontrar armonía y celebrar con mayor certeza el viaje hacia los adentros y el despertar de la consciencia. Nos ha venido dado todo ese caudal de conocimientos para mejorarnos y evolucionar, pero a cada uno incumbe poner en práctica todo lo que ya ha sido dicho, aunque no haya sido hecho.

¿Quién nos puede ayudar?

La Enseñanza de todas esas mentes en el cénit de la consciencia y nuestro propio esfuerzo personal.

Nadie inventa nada espiritualmente, aunque muchos enfermos de auto-importancia y desmesurado egocentrismo quieran hacer vez que sí y seguir embaucando así a los holgazanes espirituales, haciéndoles creer que con minúsculos esfuerzos o sin ninguno se puede Despertar o evolucionar. En este ámbito no sirve aquello de que “los demás lo hagan por nosotros”, ni sirven las enseñanzas de impostores “místicos” ni de aquellos que dicen haber inventado enseñanzas o métodos que han sido sustraídos impúdicamente a esa herencia espiritual sin igual.

Los que impartimos métodos de transformación, no somos más que intermediarios, trasladando esas Enseñanzas y procedimientos a los demás. Los hemos aprendido y los trasladamos. Hacemos que circulen; pero hay que hacer este trabajo desde la humildad y sintiéndonos muy agradecidos por haber tenido la fortuna de encontrar las Enseñanzas y poder así ser ayudados y pasarlas a los que quieran saber de ellas.

Las Enseñanzas son la Lámpara que nos ayuda a encender nuestra propia lámpara interior. Son la más eficiente y genuina terapéutica. De cualquier maestro verdadero que vengan, hacen referencia a la triple disciplina: la ética o virtud, la del entrenamiento mental o meditación, y la del desarrollo de la Sabiduría. Nunca son dogmáticas ni impositivas. El que quiere bebe en su manantial y el que no, les da la espalda; el que experimenta por sí mismo su validez, las adopta, y el que no, las descarta. Nada de fe ciega; sólo un voto de confianza para poder probar los medicamentos de la Farmacopea.

Ojalá llegue el día en que no sólo todo esté dicho, sino también hecho.

Ojalá llegue el día en que todos los seres pudieran ser felices.

Ojalá llegue el día en que los seres humanos dejemos de ser homo-animales para ser realmente humanos.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com