Ojalá para todos existiera el mismo mundo, la misma realidad; porque a pesar de todas sus injusticias, frustraciones y tragedias, ella (la realidad) es lo único que tenemos, nuestro hogar, la tierra en la que nos encontramos, reconocemos y amamos. Pero hay personas que son “secuestradas” y “exiliadas”, que son arrojadas a un mundo de sombras. Al igual que Perséfone fue secuestrada por Hades, arrebatada de los brazos de su madre y retenida en el mundo subterráneo, el dolor psíquico, la angustia y nuestros particulares infiernos mentales pueden separarnos de nuestros seres queridos y de la vida misma.

Porque existen dos mundos, el que compartimos con el resto de los seres humanos y nuestro mundo interior, siendo este último a veces arena movediza que atrapa y todo lo consume. Para muchas personas puede resultar incomprensible; Hades nunca llamó a su puerta y no conocen la sensación de verlo todo transformado e inaprensible, de sentirse ajenas y desposeídas, extrañas en su propio cuerpo y casi sin ningún control. No conocen el pánico de que la mente o el corazón (que vienen a ser lo mismo) no respondan. ¡Qué poco ayuda en esos momentos que nos recuerden los motivos para ser felices o sentirnos fuertes! Por fortuna hay personas que no lo entienden, que siempre han contado con energía para vivir, con suficiente lucidez y bastante coherencia, aunque tarde o temprano casi todos acabamos teniendo alguna experiencia de descontrol emocional.

La angustia, la tristeza, la ira, incluso el amor, vienen muchas veces en el momento más inoportuno y parecen ser capaces de adueñarse de todo. Cuando algo con lo que no contábamos sobreviene lo natural es sentirse desconcertado, pero cuando lo que nos asalta procede de nuestro interior sentimos que nos estamos volviendo locos o somos unos malvados,: “¡cómo puede estar pasándome esto a mí!”. Ojalá fuéramos más predecibles, ¡o al menos siempre los mismos!, pero no. En ocasiones no te reconoces, algo emerge de tu interior sin ser llamado y trastoca las mejores intenciones. Porque no tenemos el control absoluto sobre lo que somos y hacemos, nos vemos obligados a la humildad y a perdonar al otro, ahí está, lo que no ibas a hacer y no deberías haber dicho burlando tu voluntad. Somos paradójicamente responsables, las cosas que más lamentamos y por las que más hemos penado, son a la vez las que nos resultan más ajenas.

Y todo porque somos inconsciente, un magma de deseos y temores que se agita dentro de nosotros, muchas veces con impredecibles consecuencias. Perséfone logró volver al mundo de los vivos junto a su madre, pero el haber visitado el inframundo la ató a él, teniendo que regresar de tanto en tanto. La enfermedad mental y emocional también nos obliga a paralizar y abandonar nuestras vidas, aunque luego volvamos. Hay poco o nada voluntario en ello; los tratamientos buscan acortar el impasse, pero tratar de acelerar demasiado el proceso, y sobre todo, no entenderlo y avergonzarse de él, genera un enorme daño.

A nadie le gusta sentirse débil, disminuido o incapaz. En una sociedad donde se nos dicta que siempre hagamos más, tengamos más, crezcamos más,… conformarnos con nuestros límites no es tarea fácil. Pero lo cierto es que con los años nos los vamos encontrando: la persona que íbamos a ser no es la que somos. En el tintero quedaron muchos deseos, y en la mochila algún arrepentimiento… Suelen por ello decir que la vida es amarga, y es que las decepciones pueden pesar mucho si no se las sabe sobrellevar con algo. ¿Pero qué nos ayuda a vivir con lo que tenemos y con lo que somos?, ¿qué nos permite aceptar la realidad y conservar la alegría?

Sin duda alguna es el amor. Cuando somos niños, antes de ser conscientes de la dureza de las cosas, la mayoría de los padres han procurado rodear de amor a sus hijos, con sus cuidados, mimos y atenciones, han generado un “nido” acogedor que amortigua en gran medida el impacto de ser conscientes de nuestra enorme fragilidad. Cuando esto ha faltado la persona queda a la “intemperie”, la existencia se vuelve demasiado cruel, y hasta insoportable. Es muy fácil decirle a alguien que esté tranquilo, que confíe, pero muchas veces es completamente imposible llevarlo a cabo; y por ello el sufrimiento puede apartar a la persona de su camino y aislarla de los demás.

Tenemos que ser conscientes de que la desorientación existencial y el dolor psíquico están alcanzado proporciones de epidemia, y por ello no debemos avergonzarnos de su padecimiento. Muchos son los motivos, y en futuros artículos apuntaré a alguno de ellos, pero lo primero que debemos saber es que de eso “se sale”. Hay un tratamiento, todos lo conocemos, la psicoterapia, en ocasiones combinada con medicación psiquiátrica; pero también hay una actitud: No importa cuántas veces nos rompamos, el ser humano nunca se ha caracterizado por su fuerza sino por su constancia. Los seres humanos nos empeñamos, hacemos una y otra vez las cosas hasta que las dominamos y las entendemos, somos cabezotas, entusiastas y apasionados.

Vuelve siempre, no importa lo que hayas hecho o lo lejos que te haya enviado la última ola, vuelve y cuéntales a los demás tu aventura, les va ser de gran ayuda. Cada vez que nos salvamos de nuestras oscuridades estamos haciendo un favor a alguien, porque siempre quedan “miguitas” que otro puede seguir. Vuelve, y cuéntales por qué has vuelto, lo mucho que amas la vida, aunque a veces te rompa el corazón.

Susana Espeleta
Psicologa colegiada
Psicoterapeuta individual y de pareja
S_espeleta@yahoo.es