Humildad y Compasión

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Imparto dos clases de yoga mental y meditación todos los días. Por un lado investigamos en las enseñanzas de los antiguos maestros de Oriente y por otro ponemos en práctica los métodos, entre ellos la meditación. Todos los días mantenemos un coloquio y cada persona pregunta lo que quiere o propone los temas que crea conveniente. La clase consta así de tres partes: la práctica de la meditación, una charla de indagación sobre los temas más variados del autodesarrollo y el ciclo de preguntas y respuestas. Trato de ser aséptico y no personalizar, salvo cuando directamente me preguntan por algo personal, como ha sido el caso hace unos días…

Un asiduo alumno me preguntó abiertamente a propósito de mis sentimientos cuando comencé a reponerme en el hospital después de haber estado en la UCI casi un mes, entre la vida y la muerte. Como saben las personas que han leído mi obra EN EL LÍMITE, la enfermedad se debió a haber cogido en Oriente una bacteria muy agresiva llamada listeria y que infecta el sistema nervioso y puede crear, si uno sobrevive, graves secuelas.

En el mismo lugar en el que me hallaba sentado cuando ahora ha preguntado el alumno, estuve sentado dando la clase de meditación, practicamente cayéndome y en estado calamitoso, poco antes de ingresar en el hospital. Y ahora, bastante tiempo después, me llega de nuevo esta pregunta, que al ser tan personal he querido personalmente contestarla pudiendo compartir mis vivencias con los alumnos y ahora con los amigos de este blog.

Estuve muchos días sedado, en estado crítico. Cuando me pasaron a planta, dos sentimientos se apoderaron de mí con una fuerza realmente insólita, como si impregnasen todas las células de mi ser. Uno era el sentimiento de infinita humildad, y el otro, el de tener la más profunda certeza de que lo único importante es el cariño y la compasión.

Cuando uno se percata de hasta qué punto somos vulnerables y frágiles, si somos un poco conscientes realmente de ello, nos invade un sentimiento de genuina humildad que nos ayuda a superar cualquier tipo de autoimportancia. Y cuando uno se da cuenta de hasta qué grado necesitamos de la energía de las otras criaturas y de su ayuda, y de qué modo formamos todos una gran familia de seres sintientes, brota de manera espontánea la compasión y el cariño, y un sentimiento indescriptible de gratitud.

Durante semanas estuve embargado plenamente por estas dos vivencias transformativas. Tenía claro, cuando empecé a recuperarme – y así se lo comuniqué a los alumnos hace unos días, con franqueza- que lo importante de haber vuelto, de haber ingresado de nuevo en el samsara (universo de lo fenoménico), era evitar el sufrimiento de mi muerte a los seres queridos. De otro modo, tampoco hubiera sido necesario regresar, pues el trabajo de un yogui es saber desasirse y desapegarse de las formas. Como dice con ecuanimidad un amigo de mi buen amigo Jesús Fonseca, cuando se le comunica que alguien se ha muerto, «dichoso él que se ha liberado de la vida y de la yoga. Un nuevo reto dentro del reto que ya de por sí es la vida. Después de tantos años haciendo las posturas de yoga, cuando salí del hospital, tras poco más de un mes y medio, no era capaz de llegar ni con las manos a las rodillas en flexión hacia delante. Tras años de práctica de pranayama (ejercicios resiratorios), mi capacidad respiratoria era como la de un pajarillo. No es exageración, ni siquiera tenía la suficiente musculatura para coger con la mano un vaso de agua y cuando fui a bajar un escalón de veinte centímetros, dí de bruces contra el suelo: mis piernas eran de chicle. Más motivos para superar cualquier resto de autoimportancia y humildarse.

Que siempre he creído profundamente en el yoga lo evidencia que poco antes de que me diera una parada respiratoria que me llevó a la Uci, yo le estaba pidiendo a Luisa que me ayudara a hacer posturas de yoga sobre una camilla. Empecé con el yoga cuando tenía quince años de edad, (Entrevista a Ramiro Calle) y resulta que tras la enfermedad era como empezar. Pero desde entonces he tratado que no haya ni un solo día sin práctica, y he ido poco a poco recuperando mi control psicosomático. Y sobre todo es que he interiorizado hasta lo más íntimo la antigua instrucción que reza: «SIN LA ENSEÑANZA, UN SER HUMANO ES NADA».

Desde estas sentidas líneas gracias de corazón a todos los que me ayudaron, estuvieron pendientes de mí y heroicamente me siguen soportando.

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

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4,2 minutos de lecturaActualizado: 03/06/2024Publicado: 06/02/2015Categorías: Ramiro CalleEtiquetas: , , , , , , , ,

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