En Occidente siempre se ha considerado el cuerpo como causa de placer o causa de dolor. Y así se han alternado dos corrientes extremistas: la de los ascetas o penitentes, esos ebrios de Dios que superaban incluso a los fakires en proezas antidolor y el de los contumaces hedonistas, abocados al “largo desenfreno de los sentidos”.

Pero, curiosamente, en Occidente, donde salvo en raras excepciones hemos sido muy diestros en el progreso hacia afuera pero muy torpes en el progreso hacia adentro, nunca se había considerado el cuerpo como una herramienta al servicio de la autorrealización y un soporte para el cultivo metódico de la atención y la elevación de la consciencia. Sin embargo en Oriente, y más especificamente en la India, donde ha habido denodados buscadores de la realidad suprasensible, se han concebido y ensayado toda suerte de instrumentos para ir más allá de la mente ordinaria y desarrollar un tipo especial de percepción reveladora.

En tanto en Occidente muchos filosofaban y elucubraban y buscaban respuestas a los grandes interrogantes a través de la metafísica, en Oriente muchos convertían su organización psicosomática en un laboratorio viviente en el que explorar y así poder irse transformando. Por tanto, insisto, no basta con decir qué hay que hacer o a dónde dirigirse, sino que se requieren los instrumentos para poder hacerlo.

Y aquí es donde, otra vez pongo el énfasis en ello, juega un papel fundamental la base de nuestra pirámide humana: el cuerpo. Al trabajar sobre el cuerpo también lo hacemos sobre la mente y más allá de la mente. Como el cuerpo es algo bien tangible y no un holograma, el trabajo sobre el mismo no da paso a especulaciones, elucubraciones o conjeturas que más enredan que esclarecen. El cuerpo, mientras vivimos en este plano, está aquí. O podemos solo utlizarlo para gozar y sufrir, hasta que finalmente, como unos zapatos viejos, lo abandonemos, o podemos, inteligente y eficientemente, servirnos del mismo como valiosísima herramienta de autorrealización, que nos enseña a:

– Conectar con el momento presente, ya que al sentir el cuerpo, por un instante fugaz que sea, se está en la realidad inmediata. El pensamiento es tiempo y espacio, concepto, recuerdo o imaginación, pero sentir el cuerpo es conectarse directamente con el aqui y ahora.

– Entrenar metódicamente la atención mental pura, es decir, libre de juicios y prejuicios, comparaciones o tendencias de apego o aversión.

– Integrar más armónicamente el cuerpo y la mente, favoreciéndose así en alto grado la armonía psicosomática. De esta forma es como si se “limpiasen” los “residuos energéticos” del cuerpo y se ordenasen sus campos de energía, consiguiéndose captar energías menos burdas y, por tanto, más finas y reveladoras.

– Centripetarse, o sea, estar en uno mismo, volver al propio centro, cuando todo tiende a centrifugarnos, alejarnos de nosotros mismos e identificarnos ciega y mecánicamente con las circunstancias externas o los procesos internos. Incluso en la vida diaria, para centrarse en uno mismo y evitar la externalización excesiva (esa que tanto alarmaba a Jung, por ser alienante), se puede por un instante sentir la postura o esquema corporal, la respiración o cualquier sensación, lo que nos permita unos momentos conectarnos con este cuerpo que por ello Sri Anirvan llamaba “fortaleza inexpugnable”.

– Retomar el hilo de la consciencia cuando se pierda, sabiendo que puede uno apoyar la atención en el cuerpo (incluyendo la función respiratoria).

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com