Cuando sentimos que no podemos cumplir con nuestros “ideales del yo” (como veiamos en la primera parte de esta serie), que son aquello que consideramos deberíamos ser o realizar, entrar o no en un estado de depresión va a depender de nuestra severidad a la hora de juzgarnos.

La depresión es siempre un “fracaso”, en el sentido de que la persona considera de forma más o menos consciente que hay algo crucial que no está pudiendo lograr.
Ese “algo” pueden ser muchas cosas: reunirse con un ser querido, dominar un área de su vida, alcanzar un objetivo…, o como estamos viendo, cumplir con un “ideal del yo”, que es representarse “siendo” de una manera peculiar (por ejemplo “fuerte” o “bueno”). Cuando no somos quienes queremos ser nuestra autoestima cae en picado, y ya sabemos que el estado de ánimo depende en gran medida de ella.

El dolor, la confusión, la sensación de impotencia o desamparo, pueden confundirnos y llevarnos a pensar que hay algo “malo” dentro de nosotros o que somos “insuficientes”; cuando pueden simplemente ser las circunstancias o el entorno lo que realmente resulta dañino o decepcionante.

Los límites entre qué es mi responsabilidad, qué depende de mí, y qué ha resultado ser fruto del azar o la acción de otro, muchas veces resultan borrosos.

Lo crucial es poner un coto a nuestro malestar y no permitir que inunde nuestra identidad, de modo que podamos aislar la causa del problema en un foco, ya sea este interno o externo. No soy “toda yo” la que está mal, la impotente, la desgraciada…, es una parte de mí, y la voy a tener que gestionar. En esa “autogestión” la compasión es la palabra clave: poder empatizar conmigo misma y orientarme con cariño, evita que se forme un ciclo autodestructivo en el que me castigo por mi “fracaso” y acabo denigrándome por no cumplir con esos ideales de los que antes hablábamos.

Hay personas que por desgracia parten de una autoestima deteriorada: no necesitan que les vaya mal para sufrir. Nos encontramos con que la persona ha desarrollado determinados “prejuicios” hacia sí misma: en determinado momento de su vida se juzgó o fue juzgada de forma negativa (por ejemplo como “débil”, “inútil”, “rara”…) y esto le “parasita” e impide llevar una vida mejor.

Lo interesante es tener en cuenta que es por tener este “prejuicio” que se juzga una y otra vez negativamente, en cada ocasión siente que su fallo es la demostración de que su creencia negativa sobre sí misma es real, pero en realidad es el hecho de tener esa creencia lo que le lleva a interpretar la realidad de una manera condenatoria. Como con cualquier otro prejuicio, no se trata de acumular méritos y luchar por ser valorada por ese “juez interno”, sino de desenmascarar las raíces de esa creencia destructiva.

Nuestro mayor problema suele ser generalizar, hacer de un fracaso/defecto o un éxito/virtud (propio o ajeno) una identidad estable: creer que somos “x”, que el otro es “y”, que un determinado grupo o ideología es “z”. Si es algo “bueno” es igual a “todo vale”, si es algo “malo”, “no vale nada”. Estamos ante el pensamiento dogmático: el gran escollo para la supervivencia de nuestra especie.

Debemos luchar para contrastar con datos nuestras creencias y sentir curiosidad por lo que nos es extraño u opuesto. Para ello necesitamos atrevernos a “perder la razón” y a no “saberlo todo”, admitir que no nos conocemos demasiado, y que no podemos decir mucho de nadie. Y por supuesto, jamás apoyar o admirar a los personajes que se jactan de poseer semejante poder y sabiduría. Hay ciertas “repugnancias” que te pueden salvar la vida; de ello hablaremos en el próximo artículo.

Susana Espeleta
Psicóloga, psicoterapeuta individual y de pareja
s.espeletaortiz@gmail.com