Hay personas que tienen un “juez tramposo” que siempre encuentra la manera de condenarlas y/o encontrar culpables. Este personaje interno les lleva a distorsionar la realidad y puede provocar estados de ánimo extremos, en los que la sensatez es la primera en desaparecer. Lo más común es que se genere un estado de agresividad intenso, fruto de un diálogo interno destructivo que desvaloriza a los demás y/o a uno mismo.

Pocas personas reconocen lo difícil que resulta resistirse a estas fuerzas destructivas que nos avocan a despreciar y despreciarnos. Estas pulsiones, que van en contra de la vida, nos obligan a ser héroes si queremos derrotarlas.

Seamos sinceros, nos sobran los motivos para desesperarnos y dejar de amar nuestra existencia. Todos hemos perdido demasiado y nos han decepcionado profundamente. ¡Así es la vida!

Sin embargo, la mayor parte de las personas se caracterizan por sus ganas de vivirla y por no perder la ilusión. Este es el estado normal en el ser humano: amar contra viento y marea lo que nos es propio.

No deberíamos creer lo que nos dan a entender constantemente: que somos cobardes, que somos egoístas, que somos pasivos… No es verdad. El ser humano se caracteriza por su capacidad de lucha, su imaginación, su solidaridad y su rebeldía. Nos inoculan la depresión, porque los desesperados compran más y se preguntan menos. Nos meten en vena la paranoia, la desconfianza hacia el prójimo, cuando lo cierto es que siempre hemos sido espontáneamente generosos y sólo nos tenemos los unos a los otros.

La agresividad y su fuerza destructiva también proviene de un estilo de vida estresante. Necesitamos condiciones físicas adecuadas para que nuestra naturaleza cariñosa y solidaria fluya, ¡y es que somos un cuerpo! Un cuerpo que necesita descansar, alimentarse dignamente, hacer todo más despacio, respirar… Si nos convertimos en “monstruos” deberíamos revisar a qué estamos sometiéndonos, y detectar las condiciones externas que están deformando nuestro ser.

¡Y nuestros conflictos internos!, esos “nudos” que se resisten al cambio… Si nos quedamos en el análisis de los acontecimientos nos perdemos la otra mitad de la historia: la “epopeya” de mis personajes interiores, sus luchas y sus pasiones. La guerra es consustancial al ser humano, como lo es el amor, y todos tenemos alguna dentro. El objetivo de una terapia profunda es mediar entre estas partes, “destruir” las que no respetan la vida y “salvar” las que la defienden.

Para no pecar de “buenista” debo decir que hay personas peligrosas: son aquellas que necesitan denigrar para sentirse superiores. Estas personas ya han decidido inconscientemente que haga lo que haga el otro va a ser criticable y es casi imposible agradarlas. Y aunque consideren tener razones sólidas, lo que las mueve es la envidia, la rivalidad y la adicción al poder.

Me gustaría decir que todos podemos cambiar, pero no lo creo. Estamos ante un narcisismo destructivo que, por supuesto, con mucho trabajo terapéutico, se puede contener y matizar, pero es muy difícil dar con un profesional adecuado y sobre todo, es casi imposible que asuman la responsabilidad y se comprometan con lo que es un larguísimo y costosísimo proceso. Por ello mi consejo es que si hay alguien así en tu vida, huyas, no va a cambiar.

No me gusta darme por vencida, pero me gusta aun menos perder el tiempo. Nuestro tiempo es lo único que tenemos, es nuestra vida. Si algo o alguien nos perturba profundamente, elijamos la vida. Y si nosotros solos no podemos encontrar la paz, “rindámonos” a pedir ayuda.

 

Susana Espeleta
Psicóloga. Psicoterapeuta individual y de pareja
s.espeletaortiz@gmail.com