Empezar el día con una crema de arroz, una actitud positiva de agradecimiento por la vida, una bebida de cereales, o una infusión saludable, un poco de calabaza asada, o un pastel de cuscus con nueces, y salir al mundo conscientes de que aquello que haya energéticamente en nosotros es justo lo único que vamos a ver reflejado alrededor.
Caminar con flexibilidad en el cuerpo, en los huesos, en el alma, y en la mente, sonriendo y tratando de apreciar lo bueno y ver el polo positivo en todo el mundo. Y reconociendo lo añejo, enquistado, no comprendido o integrado, para darle mayor lucidez lúdicamente como si de quitar maleza se tratara.
Actuar ante las situaciones aprendiendo de ellas y no reaccionando a patrones aprendidos caducos. Dejarse sorprender como niños.

Alimentarnos de la forma más respetuosa, con la naturaleza y con nuestro cuerpo, es decir, consumiendo aquellos alimentos que aportan vida, sin químicos ni procesos complejos, y que contribuyen a una buena gestión de los recursos naturales, como por ejemplo, el agua, el petróleo y el aire.
Mirar y pensar cómo puedo yo servir y ayudar al otro, sabiendo que somos parte de un organismo único llamado Tierra, y que todo está unido a todo, en lugar de defendernos y ver qué puedo obtener del otro y cómo protegerme.
Todas estas actitudes podrían definirse como macrobióticas, yóguicas, ayurvédicas, espirituales o como queramos llamarlo. Me da igual la etiqueta, al cerebro le encanta etiquetar.
Pero todo pasa por informarnos y aprender a distinguir el ruido del «miedo ambiente» de la verdadera sabiduría interior.
Puede parecer complejo; no es más que desconectar por unos minutos de ese ruido mental del hemisferio izquierdo, y sentir. ¡Oh! ¡Cuán difícil cosa en nuestros días en los que parece que manda el cerebro y sentir es de débiles, mujeres perros, niños y otros seres «bipolares»!

He ido a talleres variados y me he parado como consultora a «mirar», observar a mis compañeros de planeta en diversas ocasiones… y ahora, con este conocimiento adquirido de mis estudios de macrobiótica y ayurveda, he constatado, que no puedo evitar «Ver» cosas que antes eran invisibles, pero también puedo ahora sentir cosas que antes eran tan leves e imperceptibles que no eran a tener en cuenta.
Veo rigideces mentales, autoexigencia y falta de amor, que se reflejan en la vida, en el cuerpo, con dolores de espaldas, quistes, tumores, posturas, hundidas de pecho, rostros fijos que tienen solo una expresión congelada, la ira, o la tristeza o la incredulidad… da igual. No veo gente viva si no petrificada en una actitud.
A la gente en general le cuesta sentir, le cuesta bailar, le cuesta expresar, le cuesta… conectar con el corazón y ver que queremos en realidad.
En realidad sólo saben pensar y dudar; en esto nos hacemos expertos desde el colegio ya, donde sólo se valoran, datos y cifras, es decir hemisferio izquierdo, masculino.
Lo masculino sin lo femenino es débil, se rompe. ¿Cómo? Con violencia; ahí tenemos toda la que queramos hoy día. Se ha roto el equilibrio.
Si lo masculino es dirección, pero se vuelve rígido, se parte; si lo femenino es fluidez pero sin fuerza, desaparece… Hemos de equilibrar estas dos energías y estos dos hemisferios cerebrales en nosotros para que ocurra que, como decían los Taoístas, el macrocosmos refleje los cambios del microcosmos. Cuando cada uno equilibre su lado femenino y masculino, es decir pensar y hacer, con sentir y vivir, la naturaleza y la sociedad volverán a reflejar este equilibrio. Sólo así caminaremos hacia la vida y no hacia ningún lugar.

La alimentación me ha ayudado a dejar de pensar tanto, y he empezado a sentir, intuir, percibir, es decir, a «saber» cosas, sin que haya deducción, simplemente porque el cuerpo… «ya sabe». Esto es activar el hemisferio derecho, que sólo funciona bien si el hígado y la energía ascendente sube por nuestro canal central y llega hasta el corazón, si no, éste se bloquea y quedamos a merced del «otro», racional contaminado por la lógica y el «ruido ambiente», que en nuestros días es de crisis y catarsis mental por doquier… Un sinsentido que ya hasta cortocircuita la propia lógica.
En lugar de todo eso tenemos un super hemisferio izquierdo que sabe todo, divide todo en sus partes pequeñas y toma decisiones racionales, pero que no entiende de amor, risa, diversión o sentimientos, y hemos convertido a este cerebro en un dios.
Entonces en lugar de vivir mi vida desde mi corazón, que pasa por amarme a mi mismo, la vivo desde la mente, desde algo externo, aún en contra de mis deseos y felicidad. Y claro, ¿cómo podemos esperar que alguien desconectado de su corazón y de sus sentimientos, se preocupe por lo que pasa a los demás…? Si ni se escucha a sí mismo, en realidad.
Esta especie de patología, donde no me importa lo que pase en el mundo ni a los demás, empieza por un corazón solitario, desconectado, sin posibilidad de sentir amor… y claro en el otro extremo tenemos el miedo, que es especialidad del hemisferio izquierdo… Sólo basta encender cualquier medio audiovisual para llenarnos de ideas externas y miedos…

Pero podemos parar, podemos sentir una buena comida, un buen plato de arroz, y respirar. Podemos comenzar a sentir el cuerpo, cada día.
Podemos comprender que hay alimentos que, al cambiar la química de la sangre nos ayudan a hacer cambios en la vida, o que el exceso de proteína y de sal nos vuelve rígidos, mientras que los cereales y las verduras nos hacen más flexibles.
Podemos sentir simplemente cómo el mirar un bosque nos relaja el hígado. Percibir, si callamos la mente, cómo entra por el chacra raíz la energía de la madre y nos sentimos inmediatamente bien, felices, hasta nos podemos reír, y nos tiemblan las rodillas, si vamos por ejemplo a lugares como Fontibre, donde la energía de tierra es especialmente fuerte.

¿Será posible que paremos de hablar y de repetir como loros lo que nos cuenta la tele, lo que nos contaron nuestros padres y maestros, y simplemente mirar al otro a los ojos en silencio y sentir que hay ahí…, un hermano? ¿Sentir esa conexión?
Propongo cambiar el pensar tanto, por sentir un rato… Propongo dejar de comer con el cerebro y sentir un plato rico hecho con amor y con ingredientes que proceden del amor y del respeto a la vida. Propongo todo esto… ¿esto es Macrobiótica? Pues no lo sé, pero seguro que es alimento para el alma y consciencia de vida, eso seguro.

Os propongo dos alimentos que aumentarán la capacidad de relajarse, ayudarán al hígado a canalizar la energía ascendente de la madre, aportando mayor alegría y flexibilidad a vuestra mente, seguro. Probadlo y me contáis como mejora vuestro humor y vuestra creatividad.

Cebada mágica para relajar el hígado
Se cocina la cebada puesta en remojo la noche anterior, con semillas de amapola, y cuando está blandita, se añaden unas nueces. Al final se añade melaza de trigo para endulzar. Este plato es una antigua receta de los países del este que se toma en Navidad, aunque ellos usan miel de abejas. La cebada relaja el hígado y limpia. Este plato dulce sirve como postre o desayuno, es especial, y muy rico y saludable.

Germinados
Se ponen los germinados de alfalfa en un bol y se añaden unas gotas de limón y un chorrito de shoyu. Se comen como ensalada tal cual.

Diana Isabel López Iriarte
Consultora macrobiótica y profesora de cocina en La Biotika
www.labiotika.es