El sentido de pertenencia es algo que necesitamos para percibirnos como “parte de”. Pertenecer a una pandilla, a una familia, a un club de fans o a un club deportivo afianza nuestras raíces y nos ayuda a crear
y consolidar una identidad.

¿A qué familia pertenezco?

El sentido de pertenencia que se construye poco a poco en un entorno familiar donde nos reciben al nacer, se quiebra cuando los niños son abandonados y ningún miembro familiar se hace cargo de ellos. Se crea
una falla en el sistema y el sentido de no pertenencia del niño se agudiza. Los menores adoptados necesitan sentirse pertenecientes a su nuevo núcleo familiar. Esto lleva tiempo y delicadeza por nuestra parte. Aunque
cada caso es diferente, puede despertarse la curiosidad de conocer su pasado familiar o de preguntar sobre los ancestros o vivencias de la familia adoptante. En la medida en que nosotros los aceptemos e integremos
en nuestro sistema, surgirán más preguntas o demandas para sentirse pertenecientes a su nuevo hogar. Si son niños de adopción nacional, es beneficioso para ellos, mantener contacto con sus amigos del colegio o
institución anterior si lo solicitan.

Antes de fortalecer o crear vínculos nuevos, el mantener los que conocen, facilitará un cambio progresivo y más adaptativo. Todavía no han construido nuevos lazos afectivos y probablemente se irán desligando de ellos cuando tengan otras relaciones. Es un proceso que lleva su tiempoy nuestra ayuda consistirá en acompañarlos. Protegerlos para hacer un cambio con bases suficientemente fuertes que permita una nueva construcción vital.

Soy diferente

Los nuevos escenarios traen nuevos compañeros, vecinos, primos, amigos… y de nuevo se evidencia el ser diferente. Los niños se sienten distintos y vulnerables en la diferencia. Su vida temprana no ha transcurrido en entornos familiares seguros. Vienen de orfanatos de otros países, centros tutelados, casas de acogida,… su historia conlleva dolor, rabia, abandono. Esto puede provocarles preguntas difíciles de responder ¿Porqué yo he tenido una vida así…? ¿Qué he hecho mal…? Sentimientos de envidia, celos, baja autoestima, vergüenza,… pueden remover y dificultar la adaptación de los menores. Recuerdo una niña de la India que había sido adoptada con siete años. Verbalizaba su incomodidad al verse envuelta en un entorno de niños “blanquitos” que habían crecido en familias estructuradas y seguras.

La alquimia del dolor

Ayudándoles a convertirse en alquimistas del dolor, podrán dignificar sus orígenes e integrar sus raíces en su proceso de búsqueda de identidad. Validarles positivamente la experiencia que les permite ser diferentes, en su singularidad, les permite empezar a liberar culpa o vergüenza. Cada ocasión o dificultad se puede convertir en una oportunidad de crecimiento. Una experiencia negativa les ha dado la posibilidad de hacer nuevos vínculos y pertenecer a una nueva familia. Su camino les ha llevado a donde están ahora y es nuestra responsabilidad favorecer su sentido de pertenencia con nuestra acogida y protección.

Como adultos, tenemos que ayudarles a transformar sus experiencias en oportunidades de crecer y fortalecerse. Permitirles abrir la puerta de su dolor. Acogerlos, sin asustarnos, cuando expresen lo que sienten y facilitarles el proceso de reconstrucción por el que van a pasar. Darles permiso para integrarse, disfrutar y validar su diferencia. El mundo es diversidad, cambio y dinamismo. La variedad nos hace abrir el corazón y flexibilizar nuestras mentes. Los niños diferentes nos invitan a movilizar recursos para crear nuevos espacios internos de amor y compasión.

 

 

Sandra García Sánchez-Beato
Psicóloga. psicoterapeuta humanista Directora de Adhara Psicología
adharapsicologia.es