Un Sadhu a lo Occidental (I)

Ha habido varias personas que han tenido un gran significado en mi vida. Entre ellas tengo que destacar a un personaje sorprendente e irrepetible. Se trata de Rafael Campeny, un vagabundo espiritual, un verdadero sadhu a la occidental, un «sabueso» incansable en busca de una realidad más alta, uno de esos auténticos buscadores espirituales que son tan raros y que invierten toda su vida en pos del Conocimiento.

Han pasado muchos años desde que nos encontramos por primera vez, pero recuerdo el hecho como si hubiera sido ayer. Eran las nueve de la noche. Entré en la sala de meditación en el centro de yoga Shadak para impartir la clase de yoga mental. Al instante me llamó la atención una persona que estaba sentada al fondo de la estancia, con aspecto de clochard (vagabundo), ropa limpia pero gastada, poblada barba y una media sonrisa desconcertante.

Al finalizar la clase se acercó a mí y me dijo: «Tenía muchas ganas de conocerle. He estado meses en India y también meditando en un monasterio en Nepal». Le pedí que nos tuteáramos, salimos a la calle y nos pusimos a pasear. Capté enseguida que era una persona especial, así que empecé a sonsacarle. Me dijo que era marino, pero que solo embarcaba cuando necesitaba algún dinero para desplazarse a Oriente. Había vivido como vagabundo diecisiete años en París, en casas en construcción, alimentándose de lo que sobraba en los desayunos de los hoteles. Era de Barcelona y desde muy joven comenzó a buscar, viajar, leer, visitar lugares espirituales, indagar en la realidad suprasensible.

Enseguida nació una estrecha amistad y mucha confidencialidad. Era un prodigio de conocimientos filosóficos, metafísicos y místicos, gran conocedor de todas las sendas espirituales, incluída la del más genuino cristianismo. Durante días y noches estuvimos hablando. Me contó que había llegado a compartir piso en Amsterdan con un sicario (hasta que se enteró que lo era), que se había alojado seis meses en una barcaza en el Ganges y que todas las noches las ratas le despertaban a la misma hora al pasar sobre su cuerpo, que había ayudado a ordenar su biblioteca a algunos escritores de cierta celebridad, que le echaban de las librerías cuando comprobaban que solo leía sin comprar un libro, que en los días que llevaba en Madrid se alimentaba de sangre de cordero por ser muy barata.

Era llamativamente educado. Alguna vez, paseando, le acompañé a la miserable buhardilla en la que se alojaba en la calle Príncipe. Fueron semanas muy intensas, me inspiró mucho. Allí donde le llevaba, a pesar de su aspecto indudable de vagabundo, encajaba muy bien y era muy bien recibido. Todos le tomaban aprecio y mi hermano Miguel Ángel y Almudena hicieron una gran amistad con él. De todo podía hablar, pero a veces se quedaba en un hermético silencio, ensimismado y la mirada perdida, durante minutos.

Nos dió en el centro de yoga una conferencia sobre la Tradición que duró seis horas; ya todos estábamos extendidos en el suelo, incluso él mismo. Su cerebro era un almacén de datos. Un día decidió partir; la búsqueda no cesaba. Pasaron muchos meses. Nada sabía de él. Le echaba de menos, pues había dejado un huella indeleble en mi alma. Un día me telefoneó Almudena y me preguntó: «¿A qué no sabes quién está aquí? Al momento supe que era Rafael. Corrí y me abracé a él. Había regresado en compañía de un perrito como el Milú de Tintín. De nuevo noches y días de investigación. Lo mismo hablábamos de gnosticismo que de alquimia, de zen o de yoga, de cristianismo ortodoxo o de cábala, de hipnosis y magnetismo o de los poderes de la mente.

A veces íbamos por la calle, veía unos zapatos abandonados y cambiaba de calzado. Me decía sonriendo: «Soy más rico que tú». Era resistente como un rinoceronte; nunca reía, solo sonreía. La gente que yo le presentaba quedaba prendada. Era un verdadero sadhu por las calles de la gran ciudad, amable hasta más no poder, discreto y cordial. ¡Cuántos libros y tratado había leído era imposible decirlo!.

Un día partió. Ya no volví a saber de él. Una noche, sintiendo mucha nostalgia con respecto a él, me fuí a buscarle en compañía de Nacho Fagalde por distintos sitios de Madrid donde había vagabundos, para ver si sabían algo de él. Un anciano fue el único que sabía de él. Dijo: «¡Ah, el de la India!. Se fue hace mucho. No he vuelto a verle».

Yo siempre he tenido un poco de alma de sadhu, pero Rafael era un sadhu en busca de esa realidad suprasensible que vela nuestra mente ignorante. Sigue en mi corazon e ilumina mi mente. En el proximo trabajo compartiré algunas de sus palabras, aunque como él aseveraba, las palabras son de poco alcance.

Ramiro Calle

Centro de Yoga Shadak

www.ramirocalle.com