La mención al Fudaraku Tokai, el suicidio espiritual al que se entregaban muchos monjes en el Japón antiguo, que hice en mi anterior artículo sobre el Kumano Kodo ha despertado el interés (o la curiosidad) de algunos lectores, así que me animo a ampliar detalles en esta segunda entrega.

El suicido como vía de escape de las miserias de este mundo no era práctica desconocida entre los primeros budistas japoneses que se recluían en las apartadas montañas de Wakayama. Por lo común, los monjes o los ascetas que buscaban un atajo para acceder a la ‘Tierra Pura’ de Canon se arrojaban desde los acantilados de Nachi o, más frecuentemente, se prendían fuego. Sin embargo, un tal Sanuki-no que planeaba incinerarse en el siglo XIII, según relata Kamo-no-Chomei en su libro Hosshinshu, “cambió de pronto de idea. Pensó que quemarse vivo era muy fácil, pero no aseguraba la entrada en el paraíso de la Tierra Pura, ya que a una persona podían asaltarle dudas en el último momento, mientras ardía. En cambio el Monte Fudaraku, mítico lugar donde se creía que residía Canon, era un lugar al que podría llegar con su cuerpo físico, así que decidió preparase para viajar hasta allí. Se dirigió a la costa, compró una pequeña embarcación y preguntó a un marinero cuando soplaría un viento sostenido del norte. Llegado el momento, se embarcó solo rumbo al sur. A pesar de tener mujer e hijos, su determinación no flaqueó en ningún momento y a éstos no les quedó más remedio que verle desaparecer en el horizonte entre lágrimas”.

Las dudas de última hora constituían el mayor temor de los ascetas, ya que, de producirse, el espíritu del inmolado no llegaría al seno de Canon, sino que vagaría como un fantasma. Los budistas creen, al igual que los hindúes, que el último pensamiento de una persona determina su próxima reencarnación. Tal vez por eso, algunos ascetas se hacían encerrar en una diminuta estancia construida con tablas sobre el barco, de la que no podrían escapar aunque les flaqueara el ánimo y les dominara el pánico en el último momento. Los había que se pertrechaban con frutas y granos para resistir una larga travesía y otros que agujereaban deliberadamente el piso de la embarcación para acelerar su final. Lo cierto es que esta decisión era madurada a lo largo de un período de austeridad y meditación, en la que el monje, con el apoyo de un preceptor, iba aceptando gradualmente la idea de abandonar este mundo, en un proceso que recuerda vagamente al que siguen en la actualidad los terroristas suicidas y que también utilizaban los kamikazes japoneses durante la última guerra mundial.

Aunque se viene hablando del Fudaraku tokai desde el siglo IX, e incluso pueden encontrarse en algunos textos antiguos descripciones detalladas de monjes que lo llevaron a cabo por aquel entonces, no deja de tratarse de recopilaciones recogidas de historias que habían circulado de boca en boca durante cientos de años y que no pueden considerarse testimonio irrefutable de que aquellas prácticas fueran habituales y ciertas. Curiosamente, la prueba definitiva de su autenticidad la aportaron los misioneros jesuitas españoles que arribaron en Japón en el siglo XVI. Algunos de ellos llegaron a presenciar el Fudaraku personalmente, detallándolo después por escrito a sus superiores en Goa y confirmando así, de paso, que la práctica era cierta y se tenía a quienes la llevaban a cabo como auténticos héroes espirituales.

La primera de estas cartas de que se tiene noticia fue escrita en 1554 por Pedro Alcaceva, que había llegado a Japón dos años antes y describe los hechos como una práctica extrema de los ‘demonios budistas’ para recaudar fondos: “La forma más extrema que utilizan estos demonios para conseguir dinero es forzar a algunos de los suyos a hacerse a la mar en una barca con el fondo agujereado. Van a una muerte cierta, pero creen que morir de esta forma les garantiza la salvación y consideran el suicidio como un gran honor, del que sus familiares parecen estar particularmente orgullosos”. Alcaceva admite más adelante que “estos hechos me los relató Cosme de Torres”, uno de los primeros jesuitas en llegar a Japón (1549) en compañía de San Francisco Javier.

Si embargo, en 1562, Caspar Videla, otro fraile pionero que llevaba quince años en el país, ofrece ya un primer testimonio directo y, por tanto, mucho más valioso: “Tras dejar Sakai, presencié la falsa manera que los japoneses creen que sirve para llevarles al cielo. Allí había un hombre con tantos problemas que, harto de su vida y deseando alcanzar otro mundo mejor de paz y tranquilidad, decidió poner en práctica la inmolación ritual que le llevaría a los cielos. Los japoneses creen que hay muchos mundos dentro de este mundo y, por tanto, también creen que hay muchos cielos. Cada uno de esos cielos tiene su propio santo y creen firmemente que este santo los amparará en la tierra para llevarles finalmente a su cielo. Se decía allí que el cielo al que este hombre aspiraba estaba bajo el mar y su santo se llamaba Canon. Como preparación para su viaje, este hombre se mantuvo de pie durante varios días sobre una plataforma, sin dormir. Después, comenzó a predicar a la gente sobre las impurezas de este mundo y muchos de los presentes ofrecieron limosnas. Tras el sermón del último día, bebió sake con sus seguidores, lo que en Japón invoca, igual que entre nosotros, amistad recíproca. Acto seguido, todos se subieron a un bote provisto de hoces, con las que desbrozar el camino al cielo. Todos vestían ropa recién estrenada. Con el fin de acelerar su llegada a los cielos, se ataron a grandes piedras e incluso tenían las mangas y los bolsillos llenos de arena y guijarros. Conté hasta siete, pero lo que más me llamó la atención fue la alegría con que subían al barco y se hacían a la mar”.

El relato de Videla fue corroborado posteriormente por otro de Luis Frois, también jesuita, que llegó a Japón en 1563 y ya nunca saldría de allí hasta su muerte, treinta y cuatro años más tarde: “Seis hombres y dos mujeres estuvieron pidiendo limosnas por la ciudad varios días, antes de despedirse de sus familiares y amigos. En el día señalado para el Futaraku, todos ellos vestían hermosos kimonos, en cuyas mangas llevaban las monedas recogidas. Rodeados de una gran muchedumbre, subieron a una barca recién construida y se ataron el cuello, los brazos, la cintura, las piernas y los pies a grandes piedras, tras lo cual se despidieron otra vez de la muchedumbre congregada en la playa. Aunque todo el mundo parecía triste, en lo profundo de sus corazones creían que estas personas estaban a punto de santificarse y les envidiaban por ello. Cuando la barca se adentró en el mar, algunos amigos y familiares les siguieron en otras barcas, deseándoles buen viaje. Al llegar a cierta distancia de la orilla, los ascetas se arrojaron, uno a uno, a las profundidades del océano. O, para ser más precisos, a las profundidades del infierno. Entonces, sus propios familiares prendieron fuego al barco”.

Francisco López-Seivane
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