La musicoterapia, ¿es efectiva?, ¿quién se puede beneficiar de ella?, ¿en qué consiste?, ¿qué música utilizas tus pacientes?.

A menudo, cuando digo que soy musicoterapeuta o imparto formación para personas legas en el tema, las preguntas habituales son esas. Y la realidad es que, aunque lo entiendan racionalmente cuando lo explico, hasta que no lo experimentan no creen verdaderamente en su potencial. Ese es precisamente el poder del lenguaje no verbal: te hace entender y llegar donde las palabras a veces no llegan.

Llamaré A. a una niña que tuve como paciente de musicoterapia para guardar su intimidad.

Tenía 11 años y graves problemas de relación con los demás. Aunque sacaba buenas notas y no tenía problemas para leer, escribir o hablar con su familia, fuera de ese entorno era incapaz de comunicarse a través del lenguaje o ni siquiera con la voz y la gestualidad con niños, profesores o terapeutas. Estaba completamente paralizada y aunque tenía cierto interés por conectar con los demás no era capaz de sacar un sólo sonido de su garganta, con la consecuente ansiedad que esto le provocaba y el rechazo de los demás niños y frustración de los adultos. Era complicado y angustiante para ella interactuar verbalmente y tenía deficientes habilidades sociales. ¿Cómo acceder a ella, si no hacía ni decía absolutamente nada? La respuesta es que desde el lenguaje no verbal se pueden decir muchas cosas sin necesidad de hablar sobre ellas. La musicoterapia ayudó enormemente a A. ya que comenzó tras un complejo tratamiento a poderse comunicar a través de su voz, esa gran desconocida para ella, de movimientos corporales, instrumentos musicales, canciones y juegos. No utilicé el lenguaje verbal con ella en las sesiones de musicoterapia, pero fue capaz de comunicarse y expresar emociones que no podía hacer de ninguna otra manera. Esto le ayudó a mejorar su autoestima, a poder interactuar afectivamente con otros, a desarrollar su identidad y a ser capaz de comunicarse también verbalmente con niños y adultos.

Y es que, aunque parezca algo novedoso, la música se ha utilizado como medio terapéutico desde la antigüedad. Existen numerosos ejemplos desde los antiguos chamanes hasta tiempos de Platón relacionando determinados modos musicales con diferentes estados anímicos. Ya Pitágoras estudió empíricamente cómo los efectos físicos de la vibración de diferentes notas influyen en aspectos psicológicos como la conciencia y Sócrates hablaba del uso de estas sonoridades con diferentes fines como preparar a los soldados para la guerra. Estos primeros estudios influyeron en posteriores usos de la música con fines clínicos en el Renacimiento por Marcilio Ficino, por ejemplo, que utilizaba la música de forma sistemática para pacientes con trastornos somáticos y psiquiátricos: las ondas físicas del sonido producen cambios en la salud física del ser humano pero también cambios a nivel psicológico.

Después de unos 250 años de marcado dualismo entre cuerpo y alma, los avances científicos, clínicos y tecnológicos demuestran la relación significativa entre lo físico y lo psíquico, y entre el impacto que escuchar y hacer música tiene sobre la salud física y psicológica, entendiendo al ser humano como un complejo holístico, bio-psico-social.

Y es que la música y los parámetros pre-verbales como el ritmo, la frecuencia o la armonía ejercen una enorme influencia en el cerebro, en nuestras emociones y en nuestros procesos fisiológicos.

De todo esto se sirve, en definitiva, la musicoterapia para conseguir cambios en la persona ya sea a nivel emocional, cognitivo, social o espiritual, y de este modo, poder tratar a la persona en su globalidad.

Si bien se viene utilizando desde la antigüedad, la musicoterapia como profesión científica se ha desarrollado en los últimos 50 años a partir de una enorme variedad de disciplinas profesionales en todo el mundo como la Medicina, la Psicología y la Música, entre otras.

En 1996, la Federación Mundial de Musicoterapia (WFMT) publicó la siguiente definición:
“La musicoterapia es el uso de la música o los elementos musicales (sonido, ritmo, melodía y armonía) por un musicoterapeuta cualificado con un cliente o grupo de clientes, en un proceso diseñado para promover la comunicación, las relaciones personales, el aprendizaje, la movilización, expresión, organización y otros objetivos terapéuticos relevantes, para producir cambios a nivel físico, emocional, mental, social y cognitivo. La musicoterapia se utiliza para desarrollar potenciales y/o recuperar funciones que permitan al individuo adquirir una mejor integración inter e intra-personal y, consecuentemente, una mejor calidad de vida mediante la prevención, rehabilitación o tratamiento (WFMT 1996)”.

Actualmente los campos de intervención de la musicoterapia son variados. Y es que la capacidad de percibir y producir música es inherente al ser humano, estando presente en numerosas áreas cerebrales. Incluso las personas más deterioradas por múltiples tipos de enfermedades conservan de uno u otro modo la capacidad de percepción o ejecución musical y el lenguaje no verbal, presente hasta el final de la vida incluso cuando el lenguaje verbal falla, por ejemplo, en el caso de demencias, daño cerebral, autismo o coma.

No es cuestión de magia que un paciente avanzado de Alzheimer que ha perdido ya la noción de identidad sea capaz de recordar una canción de su historia personal y recuperar las emociones asociadas a ella o que un niño autista con dificultades para mirar a los ojos de otra persona y vincularse afectivamente conecte con ella a través de una producción musical. No es casualidad que una persona con Parkinson y temblores incapaz de realizar una secuencia de movimientos como vestirse sea capaz de hacerlo si lo hace cantando o que una persona con cáncer aumente su sistema inmunológico tras una sesión de musicoterapia. No es cuestión de azar que emociones que no somos capaces de verbalizar, salgan más fácilmente si tocamos un instrumento o nos desahogamos cantando, o que haciendo música o bailando con otros nos sintamos más unidos a ellos de lo habitual.

Y es que el potencial terapéutico de la música y el sonido abarca un amplio rango de casuísticas humanas, pues mejora la comunicación social potenciando enormemente la vinculación afectiva, favorece la expresión y gestión emocional. Influye directamente en procesos psicofisiológicos como la regulación de la ansiedad, el estrés, estados depresivos o el sistema inmunológico. Desarrolla aspectos tanto cognitivos como la memoria, la atención y el desarrollo del lenguaje verbal, como físicos como la coordinación psicomotriz, desarrollo de la sensopercepción y un largo etcétera.

De entre los numerosos enfoques de la musicoterapia, el que se centra por excelencia en el lenguaje no verbal en su totalidad es el llamado modelo Benenzon de musicoterapia y recursos no verbales, cuya formación desarrollamos en nuestro centro. En este modelo se tiene en cuenta, no sólo la parte musical y sonora como medio terapéutico, sino todo el lenguaje no verbal que incluye el movimiento, el espacio, la capacidad comunicativa de los sentidos, el silencio, etc. y que conforma la identidad sonoro-musical-no verbal de cada persona. A menudo nuestros propios alumnos se sorprenden de la cantidad de emociones profundas que se pueden llegar a experimentar y expresar en un proceso terapéutico de este tipo pudiendo acceder fácilmente a zonas del inconsciente que a veces cuesta creer racionalmente. Pero la realidad es que no es magia ni casualidad. La ciencia sigue demostrando que somos seres sonoros tremendamente sensibles a la vibración, que antes de aprender a hablar nos comunicamos con patrones rítmicos, melódicos… Y en ese lenguaje somos también capaces de sanarnos y conocernos.

Eva Muñoz del Mazo

Musicoterapeuta, Psicóloga, Psicomotricista

Formadora y Supervisora en Modelo Benenzon de Musicoterapia

Co-fundadora de ISOMUS, Centro de Psicología y Musicoterapia Clínica y Formación

www.isomus.com