Conforme avanzamos por el sendero de la existencia, nos damos cuenta, a través de un examen más profundo del alma, de que en la vida buscamos la respuesta al siguiente interrogante: «¿Quién soy?; ¿por qué estoy aquí?». Los animales no pueden analizar su condición ni su entorno; sólo el hombre tiene capacidad de raciocinio.

Como tal, se supone que el hombre ha de emplear ese poder para mejorarse y obtener el máximo provecho de la vida. La inteligencia superior no se le dio al ser humano con el fin de emplearla sólo para desayunar, almorzar y cenar, casarse y engendrar hijos, sino para que pudiera entender el significado de la vida y hallase la libertad de su alma.

Más allá de todos los libros que se han escrito, se encuentra el Libro de la Naturaleza —cuyo autor es Dios—, que sigue siendo el más difícil de comprender. Sin embargo, es factible entender la totalidad de la creación, incluido el capítulo de la existencia humana, cuando Dios se convierte en tu maestro. A través de los métodos adecuados de meditación, la India ha mostrado la forma en que puede alcanzarse la comunión divina. El contacto con Dios resulta posible cuando, por medio de la meditación, se ha logrado dominar la inquietud de la mente. Nadie es capaz de meditar si sus pensamientos corren descontrolados en todas direcciones. Una mente que no te pertenece, que se encuentra por completo bajo el dominio de los sentidos, no puede ofrecerse a Dios ni ser recibida por Él. Dondequiera que se halle tu corazón, allí estará también tu mente. Si eres capaz de controlar tus sentimientos y sensaciones, te será posible enfocar la atención en Dios1. Si tienes a Dios, poseerás todo lo demás. Por este motivo, Jesús dijo: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (San Mateo 6:33).

Cuando comulgues con Dios a través de la meditación, descubrirás que has resucitado en su Ser. Sólo su espíritu puede corregir todos los males del mundo y los que padecemos nosotros. Pero el ser humano debe hacer el esfuerzo de experimentar esa Conciencia Divina y manifestar la infinita bondad del Señor. El devoto que busca a Dios con intensidad sabe que la virtud es más encantadora que el vicio, y que actuar bajo la influencia de los buenos hábitos es mucho más placentero que hacerlo bajo el poder engañosamente benigno de los malos hábitos. Las buenas costumbres aportan gozo; las malas, sólo pesar. El hábito de ceder ante las pasiones da como resultado el sufrimiento. El hábito de entregarse a la mecánica rutina de la vida mundana engendra monotonía, indiferencia, irritación, preocupaciones, miedo, hastío y desilusión.

El hábito de asistir a la iglesia y a conferencias sobre temas sagrados hace que se sienta una inspiración pasajera y un deseo momentáneo por Dios. Pero el hábito de la meditación devocional y la concentración produce la plena realización de la divinidad.

La meditación puede parecer uno de los hábitos más difíciles de establecer, porque el principiante se encuentra sujeto a un sinnúmero de pensamientos engañosos sobre la obtención de resultados rápidos. Los resultados de la meditación son lentos, pero seguros. Numerosos novicios desean alguna forma de «entretenimiento» espiritual. Otros esperan que la recompensa a sus esfuerzos se presente de inmediato, a través de la manifestación de luces celestiales, santos y deidades; pero esta expectativa es prematura. Las visiones reales llegan por medio del progreso espiritual prolongado y constante. Las experiencias tempranas de fenómenos son, por lo general, alucinaciones. A fin de evitar la intrusión de esa falsa imaginería de la mente subconsciente, es útil, durante la meditación, mantener los ojos semiabiertos y fijar la mirada con firmeza en el entrecejo, que es el asiento de la concentración y la percepción supraconsciente. Sobre todo, no ames las visiones ni las desees más que a Dios.

Los verdaderos signos del avance en la meditación son los siguientes:

– Una creciente sensación de paz durante la meditación.

– Una experiencia consciente de calma interior al meditar, la cual se torna en una dicha cada vez más intensa.

– Un entendimiento cada vez más profundo, y hallar respuestas a las propias preguntas por medio de un intuitivo y apacible estado de percepción interna.

– Una mayor eficiencia mental y física para desarrollar las actividades cotidianas.

– Amor por la meditación y preferir aferrarse a la paz y al gozo del estado meditativo, antes que dejarse atraer por las cosas del mundo.

– Ser cada vez más consciente de amar a todos con el afecto incondicional que se siente hacia los propios seres queridos.

– El contacto real con Dios, y adorarle como la siempre renovada Bienaventuranza que se percibe en la meditación y en Sus omnipresentes manifestaciones dentro de la creación y más allá de ella.

1) El sendero de Kriya Yoga, enseñado por Paramahansa Yogananda en las Lecciones de Self-Realization Fellowship, incluye técnicas científicas para alcanzar un estado de recogimiento de la conciencia y liberar la mente de las distracciones de los sentidos, a fin de posibilitar una concentración absoluta en la divina comunión interna.

Esta charla ha sido extraída del libro El viaje a la iluminación – charlas y ensayos: Volumen III, cuyo autor es Paramahansa Yogananda (Copyright © 2007 Self-Realization Fellowship, Los Ángeles, California).

Paramahansa Yogananda es mundialmente reconocido como una de las personalidades espirituales más ilustres de nuestro tiempo. Nació en el norte de la India y en 1920 se radicó en Estados Unidos, donde enseñó, durante más de treinta años, la antigua ciencia y filosofía de la meditación yóguica y divulgó el arte de vivir en forma equilibrada. A través del célebre relato de su vida, Autobiografía de un yogui, y del resto de sus numerosos libros, Yogananda ha inspirado a millones de personas. En la actualidad, Self-Realization Fellowship —la sociedad internacional que él fundó en 1920 con la finalidad de diseminar sus enseñanzas en todo el mundo— continúa llevando a cabo su obra espiritual y humanitaria.