Desde que nacemos entramos en contacto, tarde o temprano, con una serie de síntomas y signos característicos que nos llegan a resultar molestos, incómodos, limitantes o incluso preocupantes. Este último concepto, el de la preocupación, se nos contagia a partir de la información que heredamos de quien nos cuida. Y aunque se agradece la actitud bienintencionada de nuestros protectores, familia, personal sanitario y amigos, en cuanto al matiz de la preocupación, siento la necesidad de compartir con los lectores una alternativa.

Esos signos y síntomas que aparecen desequilibrando nuestro bienestar cotidiano se han venido asociando a lo que comúnmente denominamos enfermedad. Y el protocolo de actuación suele ser el de poner multitud de mecanismos en marcha contra ella, cuando el cuerpo y el ser lo que necesitan, desde mi experiencia, es algo diferente, otra interpretación de los hechos. Requiere que nos pongamos de su parte. Que escuchemos el mensaje de cada manifestación. Porque si con el conjunto de signos y síntomas elaboramos una amalgama que recibe el nombre de una enfermedad, y la tratamos como se entiende desde la terapéutica clásica, con mecanismos para atacarlos y silenciarlos, nos vamos a perder la preciosa información que cada uno de esos malestares nos tiene preparada.

Cada signo y cada síntoma forman parte de una respuesta biológica que la Naturaleza nos lleva ofreciendo desde que poblamos esta enorme y generosa piedra redonda. Piedra que no deja de moverse, y gracias a ello se mantiene viva; igual que el cuerpo humano que, con sus tejidos y sus células, necesita el movimiento para su óptima adaptación al continuo entorno cambiante. Los seres que mejor se adaptan a su medio interno y externo son los que sostienen mayores posibilidades de supervivencia y desarrollo. En este sentido, la osteopatía nos apoya para elastificar, flexibilizar, y mejorar la movilidad de todos los tejidos del cuerpo, con el objetivo de favorecer nuestro rendimiento sin fricciones, garantizando asimismo el aporte vascular y nervioso. Esta es una de las principales claves para abordar con éxito cualquier intento de mejorar el estado de salud de las personas y de los animales, dejar libres las vías de paso de la sangre y de los impulsos nerviosos. Porque allí donde llega adecuadamente la sangre y la información del sistema nervioso, resulta muy difícil que aparezca la enfermedad. Por el contrario, cuando esa transmisión se reduce o se altera, los tejidos y los órganos se presentan más sensibles a la afección.

De hecho, con una buena habilidad palpatoria se constata esta afirmación. Con esa misma habilidad se contribuye, con técnicas de corrección adecuadas, a que sea el organismo el que supere con mayor facilidad sus situaciones de conflicto. Y es a partir de los conflictos como podemos entender lo que yo denomino los motivos del cuerpo.

Nuestro organismo responde de manera continua con mecanismos de adaptación tanto al medio ambiente externo como al interno. Estos mecanismos de adaptación no son otra cosa que los signos y síntomas de los que nos quejamos, cuya respuesta generalizada por los humanos (no así en los animales y vegetales) suele ser el de la contrariedad y juicio contra el cuerpo, como si estuviera reaccionando de manera equivocada o defectuosa. Lo que hace en esos casos no pertenece a un fallo del sistema, sino que se corresponde con una respuesta biológica, coherente y sensata, diseñada por la Naturaleza para contribuir a que el organismo supere con éxito, y cuanto antes, la situación de conflicto de adaptación a la que se ha enfrentado antes de que aparecieran los síntomas.

Como algún lector/a puede intuir, estoy haciendo alusión a la Nueva Medicina del Dr. Ryke Geerd Hamer. Soy consciente de que existe un número considerable de detractores de este investigador y de sus revolucionarios descubrimientos, y me muestro tolerante con todos ellos porque entiendo que sus juicios nacen del desconocimiento teórico y práctico y sobre todo del miedo a que se derrumben sus rancios axiomas. Por ello, alzo mi mano con el lapicero bien afilado para seguir transmitiendo los elementos de uso práctico que a mi entender deberían saber aquellas personas que se quieran conocer mejor sin sobresaltos.

No voy a realizar una disertación precisa sobre la Nueva Medicina, ya que para llegar a comprenderla con exactitud resulta imprescindible estudiarla en profundidad, y además no es el objeto de este artículo. Lo que sí pretendo es transmitiros algunos elementos de uso práctico que aporta el engranaje entre la Terapia Cráneo-Sacral y la Nueva Medicina.

Por el momento, conviene recordar que el cuerpo es nuestro templo, y en él se reflejan nuestras experiencias que, si se viven en armonía, no dejan huella pero, si aparecen conflictos y no se resuelven de manera inmediata y adecuadamente, nuestro organismo nos lo va a recordar mediante síntomas y disfunciones. Éstos constituyen el sistema de comunicación que la Naturaleza ha puesto a nuestra disposición para que entendamos cuanto antes dónde se encuentra la solución. Y la solución comienza por aceptar lo que el cuerpo hace en cada momento, dejando a un lado las dudas y confiando en que nuestro sistema celular sabe lo que hace y para qué. Al juzgarlo (impidiendo con fármacos y cirugía invasiva que exprese la información que nos trae), estamos enterrando miles de años de evolución en los que la Naturaleza ha desarrollado multitud de mecanismos para que nuestro cuerpo se adapte a cada circunstancia de la mejor forma posible. Estos mecanismos se resumen en cinco leyes biológicas que el Dr. Hamer descubrió a partir de sus observaciones, y que se cumplen sin excepción, no sólo en la especie humana, sino también en el reino animal y el vegetal.

A continuación os voy a mostrar algunos ejemplos para comprender la primera de las cinco leyes biológicas de la Nueva Medicina. Debo aclarar previamente que el Dr. Hamer desarrolló sus estudios a este respecto a partir de enfermedades cancerígenas y equivalentes, mas su aplicación y comprensión es asimismo aplicable al resto de patologías, desde las más sencillas hasta las

más complejas. Volviendo a las leyes, la primera dice que todo cáncer o enfermedad equivalente se desarrolla a partir de un shock o situación conflictiva que nos coge desprevenidos y nos mostramos incapaces de resolver de manera inmediata. A partir de ese momento se alteran casi simultáneamente tres niveles en el ser humano, y son: la psique, el cerebro y los órganos. Veamos lo que sucede con algunos ejemplos:

-Conflicto de territorio indirectamente amenazado: la afectación orgánica principal se corresponde con el árbol bronquial, y las patologías pueden cursar desde un simple resfriado o bronquitis, hasta un cáncer; lo que determinará una alteración u otra será la intensidad con la que se viva la crisis, el tiempo que dure y que se viva en silencio. Este conflicto se manifiesta en situaciones de agobio ante la posibilidad de que nos llegue un peligro que no vemos pero sospechamos. Del mismo modo aparece en espacios en los que sentimos ahogo por presión laboral, económica, familiar o afectiva, llegando a sentir que no nos entra el aire. En esos casos el síntoma más común y molesto es la presencia de moco, y el motivo del cuerpo no es otro que el de atrapar aquello que nos agobia para después expulsarlo. Tomar conciencia de la utilidad de este mecanismo favorece la reacción de la psique, igual que trabajar los órganos con substancias que favorezcan su drenaje y liberar los focos de alteración cerebral con Terapia Cráneo-Sacral, constituye una medicina que respeta a la persona y a su cuerpo desde la escucha.

-Conflicto de desvalorización: afecta principalmente a los huesos y tejidos de sostén, y responde a no me gusto, no me amo, no me atrevo y al sentimiento de inferioridad. Durante el conflicto hay una pérdida de masa, por ello es prioritario resolverlo cuanto antes para que la fase de solución, que suele ser dolorosa por las inflamaciones, pase cuanto antes. El principal motivo del cuerpo con estas molestias es que nos movamos lo menos posible y así el organismo pueda trabajar eficazmente en la reconstrucción. Si tomas fármacos que interrumpen este proceso el cuerpo tarda más en reconstruir y es más fácil recaer. Date tiempo, aliméntate bien y acude a un terapeuta que sepa liberar tus tejidos.

Compartiremos más motivos para contribuir a mejorar nuestra percepción corporal, y así reducir el temor ancestral a la enfermedad. Porque ésta, con sus signos y síntomas, pretende ser la voz celular, sin intenciones malvadas (¡de verdad, no existen enfermedades malignas!), que nos informa de nuestra adaptación a la vida. Cuanto mejor sea la adaptación, menos voces nos dará el cuerpo. Y para ello nada más útil que aprender a escuchar a éste nuestro Amigo del Alma . Escucharle todos los días, y reconocer su trabajo, ésa es su motivación. Hasta pronto.

Michael Laloux Kodaewa
Diplomado en Osteopatía, Naturopatía,
Terapia Cráneo-Sacral y terapeuta de La Nueva Medicina y de la THC.
Director del Centro Terapiasalus en Madrid.
www.terapiasalus.com