Me encuentro en mi lugar de poder, la playa de mi infancia donde he disfrutado de momentos muy felices, un espacio en donde me siento seguro y protegido. Mirando al cielo, verbalizo mi propósito: quiero conectar con mi animal de poder y mis guías de compasión para que me muestren de dónde viene esta falta de alegría que me invade últimamente sin motivo aparente. Pido que se resuelva esta inquietud y, de paso, me comuniquen si tienen algún mensaje para mí, qué he de saber y quizás esté desoyendo en este momento de mi vida en el que me encuentro.

Habiendo lanzado mi propósito al Universo, a mi Ser Interior, al Inconsciente Colectivo, aguardo en mi playa sereno, listo para adentrarme en la aventura de la Visión. Y un gran Águila aparece. Se aloja a mi costado.

Telepáticamente comunica: “sube, Martín, nos vamos de aventuras, no intervengas y simplemente observa la manifestación de Espíritu”. Montado en su lomo, emprendemos el vuelo y se despierta en mí una sensación de libertad, fuerza y seguridad no experimentadas durante largo tiempo. Desde las alturas observo al mundo, al hombre y sus dinámicas. Águila (escrito sin artículo pues representa a la Gente Águila), sin hablar, me muestra que los problemas no lo son tanto si los miramos desde otro lugar, teniendo otra perspectiva de los acontecimientos. Y así lo siento. Agradezco este mensaje en estos tiempos en los que “creo” que tengo problemas en lugar de retos. Esta experiencia me alivia y me recuerda quién soy y a qué he venido.

Seguimos volando y, a lo lejos, diviso aquel hogar que habitaba en mi niñez. Águila me deja en la entrada de la casa y, de imprevisto, un miedo profundo me invade. Respiro profundamente y permito que ese miedo se manifieste, le doy espacio, lo respiro. Busco los ojos de Àguila y éste con su mirada me proporciona fuerza y seguridad, a la vez que me anima a entrar en la casa.

Al adentrarme se me revelan recuerdos de mi infancia vinculados a emociones de todo tipo, de los que me hago consciente. Recorro la casa y percibo que he de entrar en la habitación de mis padres. Así lo hago. En la habitación, veo sentada en la cama a mi madre. Su expresión es triste, está llorando. Me veo a mí, como un niño se seis años, a su lado. En mi visión observo su tristeza representada con una neblina un tanto oscura que sale de ella e invade al niño.

De repente, me sobrevienen imágenes de la II Guerra Mundial: destrucción, muerte, bombas, disparos… Extrañamente no siento emoción alguna; simplemente observo. En ese momento me hago consciente de la herencia emocional recogida por parte de mi madre, de nacionalidad alemana. Su experiencia traumática en la guerra ha dejado un poso de dolor tristeza en mí. Lo acepto. Lo lloro en plena presencia. Siento alivio y paz. Vuelvo a la imagen junto a mi madre y en la escena aparece un hermoso Unicornio blanco. Éste se acerca y acaricia al niño Martín. La neblina que representa la tristeza se disipa y oigo: “Aunque hayas heredado esta tristeza, ésta puede ser trascendida y liberada, pues no es tuya”. Me viene a la mente el concepto del karma. Tras oír el mensaje, observo que mi madre se convierte en Mariposa y echa a volar, sale por la ventana y al llegar al cielo irradia una especie de purpurina que cubre toda la casa. Esta imagen provoca en mí un maravilloso estado de gracia y alegría que recorre todo mi cuerpo físico y emocional.

Sonrío interiormente y, de nuevo, cae una lágrima.

Me veo entrar en la escena con mi apariencia actual y tomo al niño en brazos. Lo acaricio y le procuro todo el amor incondicional que necesita. Siento que ese niño, por haber estado con vinculado a la tristeza, había sido olvidado y abandonado en los sótanos de mi alma y que, ahora, lo estaba recuperando para poder crecer y evolucionar hacia un Yo más completo y profundo. Mi cuerpo se abre en dos como una fruta partida por la mitad. Veo que mi interior es todo Luz. El niño entra en mí y nos fundimos. A este acto de sanación los chamanes lo llaman “Recuperación de Alma”.

Junto a Unicornio salgo de nuevo al exterior donde me espera Águila que, repentinamente, se convierte en un chamán. Es un indio nativo americano y me inspira la misma confianza que el Águila. Comparten la misma energía. Son lo mismo. El chamán me hace saber que su nombre es Huancayo y que es uno de mis maestros aliados en esta realidad, la no ordinaria, en la que me hallo. Huancayo enciende un gran fuego y me pide que me arroje a él. A pesar del temor que siento, mi corazón me dicta que he de hacerlo y así procedo. Siento físicamente un calor agradable. Observo como el fuego abrasa mi cuerpo y se extingue permaneciendo únicamente mi Esencia en forma de pepita de oro dorado. De esa pepita empieza a manifestarse un bebé que se va transformando en adulto: estoy asistiendo al parto de un nuevo Yo más evolucionado y, quizás, más alegre. Percibo mucha fuerza y seguridad. Mis ojos se dirigen a Unicornio que me devuelve la mirada, me sonríe y parte. Me fundo con Águila. Alzo el vuelo y me dirijo de vuelta a mi lugar de poder. Salgo de Águila y me despido en profundo agradecimiento. Respiro profundamente y tomo conciencia de mi cuerpo, del espacio que ocupo, de mi yo en la realidad ordinaria, a la que también pertenezco, y abro los ojos.

Me incorporo y dedico unos minutos a integrar la experiencia en Atención Plena.
Respiro.
Observo.
Integro.
Gracias Gran Espíritu,
Ahó!

Martín Ribes

Terapeuta Chamánico y Transpersonal

Formador en Chamanismo Práctico

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