«Después de Wagner, los mejores músicos fueron los que lucharon durante toda su vida, por no hacer de Wagner». Eugenio Montale

La mitomanía es constitucional en el hombre. Es una tendencia a idealizar a los grandes hombres. Y paradójicamente, también a lo contrario: al desprecio por la valía de nuestro prójimo cercano.

Como admiramos tanto a nuestros ídolos, pensamos que el que hace alguna cosa excepcionalmente bien, lo hace todo igualmente perfecto. De ahí, las hagiografías de los santos y de los grandes personajes.

Sin embargo nadie es un gran hombre para su ayuda de cámara, o para alguien que le conozca de cerca. Porque junto a sus grandes acciones se encuentran otras actuaciones o ideas mas «humanas». Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor.

Lanza del Vasto, (1901-1981), fue uno de los precursores de la nueva espiritualidad, que unos pocos años después a Mircea Eliade, emprendió viaje a la India, en 1937.

Con sus experiencias indias, escribió un libro «La peregrinación a las fuentes», y en el, narra una visita que hizo a la ermita de Ramana Maharshi. Narra que estaba todo el día en un canapé, totalmente desnudo, con un brasero con incienso a cada lado, y con todos sus discípulos sentados en el suelo, en silencio alrededor de él.

Pero esta espiritualidad autista, en permanente introspección, a Lanza no le satisfacía. Escribe en su libro:«Si yo tuviera el raro valor y el poder de consagrarme a la santidad, buscaría menos la paz del sueño absoluto que los delirios del alma enamorada.

Si yo tuviera ese raro valor y ese poder, no me creería con derecho a buscar la salvación por mí mismo, en mí mismo, y para mí mismo. Para alcanzar mi bien, tendría que pasar por el bien del otro, porque yo sostengo que más aún que la sabiduría, vale la caridad».

Cada persona tiene su carisma, su vocación, aquella actividad que debe seguir, con sus luces y sus sombras.

Lanza del Vasto tuvo la gran fortuna de en-contrar en la India de su tiempo, la otra cara de la espiritualidad: la espiritualidad encarnada y atenta a los problemas de sus congéneres: a Gandhi.

Fue a visitarlo, y permaneció con él tres meses, durante los cuales aprendió lecciones impagables. «No es al enemigo lo que debéis combatir, sino al error del enemigo: el error que comete el prójimo, cuando se cree enemigo vuestro».

Sin embargo Gandhi, un auténtico maestro espiritual, como Ramana, tenía también sus «debilidades humanas». El lado sombra de Gandhi era su extremo ascetismo, su negación radical del goce sensual. Ese ascetismo iba ligado a una rigidez moral demasiado inflexible.

En cierta ocasión, Gandhi visitó Santiniketan, (la escuela modelo de Rabindranath Tagore), y a uno de los estudiantes que le tendió un cuaderno para que se lo firmara, le escribió: «Nunca hagas una promesa apresurada. Una vez hecha, cúmplela aunque te cueste la vida».

Cuando Tagore leyó el texto, quedó horrorizado y escribió debajo: «Lanza lejos tu promesa si resulta estar equivocada».

Pero a su vez Tagore, siendo indudablemente un gran poeta y maestro de su tiempo tuvo sus claroscuros. Su excesivo protagonismo, su negativa a ceder el liderazgo a otros para cuando él no estuviera, impidió que sus experimentos educativos se difundiesen por la India y que el mismo Santiniketan languideciese tras su muerte.

Pero estas «debilidades» de los grandes hombres lejos de desanimarnos, nos marcan el camino, que inevitablemente debemos seguir.

Ron Rolheiser, en el Blog «Café y algo más», nos indica que en el camino de ascesis de perfeccionamiento personal, debemos pasar por la estación de la aceptación de la humillación de nuestras debilidades. Escribe:

«Una aventura de auténtico héroe, que nos permita pasar de una soberbia y de un egocentrismo enfermizos a una sana humildad y creatividad, será siempre una aventura pascual en la que nosotros, como Jesús, bebemos el cáliz de la humillación, aunque sin amargarnos o sin perder la esperanza.

La fotografía de un auténtico héroe o heroína con frecuencia se parece mucho más a una abuela (o abuelo) humilde, amable, de voz suave (cuyas arrugas –cada una de ellas– nos cuentan historias de trabajo, preocupación, profunda pena y lágrimas) que a un hombre o una mujer que esté enarbolando triunfal y glamurosamente un trofeo deportivo o la estatuilla de un Óscar».

Los maestros, con sus debilidades personales, nos dan la cruz de la moneda de sus enseñanzas, en la que la cara es su carisma y sus virtudes. Esas debilidades, cuando las comparamos con las nuestras, (cada uno tiene su carisma y su sombra), nos animan a proseguir nuestro camino, sin abatimientos autodestructivos.

Dice Salvador Pániker, que ya «es hora e proclamar, que la mayoría de los gurúes y de los santos, son personas profundamente neuróticas, que arrastran consigo sus conflictos mal resueltos, lo cual no obsta para que, al mismo tiempo, puedan mantener una dimensión de lucidez y sabiduría».

Dice un escrito místico sadilí: «No será tu maestro aquel que te dé explicaciones, sino aquel que deje en tu corazón huellas de sus enseñanzas».

Y esas huellas no son sólo sus grandes virtudes o sabidurías, sino sobre todo, su humanidad al completo.

Isidoro García

Director Revista Quitapesares