Dios se sentía muy solo. Para poder estar acompañado creó unos seres, pero estos hallaron la llave de la felicidad, se fundieron con Él y volvió a quedarse solo.

Entonces reflexionó detenidamente y pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que pudiera encontrar la llave de la felicidad, hallar el sendero hacia Él y en Él fundirse y volver a quedarse solo. Reflexionó más largamente, preguntándose dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella.

No era fácil. Primero pensó esconderla en el fondo del océano; luego en una cueva de los Himalayas; después en otra galaxia. Pero no terminaban de satisfacerle estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cuál sería el lugar más seguro para depositar la llave de la felicidad. Sabía que el ser humano terminaría descendiendo a lo más abisal del océano o accediendo a la cueva más remota de los Himalayas o entrando en otra galaxia.

¿Qué hacer?

Al alba, todavía Dios seguía preguntándose dónde ocultar la llave de la felicidad. Y cuando el sol comenzaba a desvanecer la bruma matutina con sus primeros rayos, de súbito se le ocurrió el lugar en el que ser humano nunca buscaría la llave
de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.

REFLEXIÓN

Hay que mirar hacia adentro y sentirse y vivirse y poner parte de la energía en conocerse y realizarse, y no solo en mejorar
la calidad de vida exterior y progresar hacia afuera.

La verdadera dicha es la hermana gemela de la paz interior y no solo distracción o diversión.


La verdadera dicha hay que ganarla dentro de uno y no se puede adquirir en una farmacia, ni sobreviene solo cubriendo objetivos externos.


Es un estado y una dimensión de consciencia que va sobreviniendo en la medida en que nos conocemos, nos aceptamos y transformamos, desarrollamos un entendimiento más correcto, debilitamos las emociones nocivas y pronunciamos las
positivas, enfocamos los acontecimientos vitales con ecuanimidad, lucidez y sosiego.

Nadie puede darnos una dicha interior åpermanente. Hay que irse liberando de enfoques incorrectos y actitudes
perniciosas. Una vez están cubiertas las necesidades básicas, hay que explorar otras dimensiones, incluidas las interiores y
las de la consciencia.

Así es como nos iremos completando y encontrando ese contento interior que no es una reacción a lo que sucede fuera, sino que mana de nuestra mente más silente, armónica y profunda. De la meditación brota la sabiduría y de la sabiduría, la
armonía y la paz interior. Y, como declarase Buda, “no hay otra dicha verdadera que la paz interior».

 

Ramiro Calle
Centro Shadak

www.ramirocalle.com