Un sabio de Oriente dijo: «La muerte a todos espanta«. Otro aseveró: «Ante la muerte hasta los más valientes tiemblan«. La muerte, para los hindúes, es la dueña del tiempo. A cada momento nacen millones de seres y mueren millones de seres. Nadie, en realidad, es dueño de nada, ni siquiera de su cuerpo, que antes o después habrá que soltar por mucho que nos aferremos al mismo.

Hay una práctica de meditación en algunos países asiáticos que consiste en reflexionar sobre los siguientes puntos a propósito de la muerte:

  • La muerte es inevitable.
  • La muerte es irreparable.
  • La muerte es siempre «hoy».
  • La muerte es definitva.
  • La muerte es en soledad, aunque muchos se murieran a la vez; es la propia muerte.

Esta meditación quizá no sea idónea para tanatofóbicos, pero nos ayuda a realzar la vida, vivir cada momento como si fuera el primero y el último, ser menos egoístas, humanizarnos y no perdernos tanto en mezquindades y bagatelas. Pero, como dijo un lama en una concurrida conferencia que pronunció, el mayor milagro es creer que solo se mueren los otros. En realidad, si uno lo reflexiona, lo misterioso es poder estar vivo día a día. La muerte nos acompaña a cada momento y de repente nos atrapa y nos hace desencarnar.

Pero podemos tomar la muerte como una gran consejera y una aliada. Su recordatorio nos ayuda a limar el ego, no ser tan arrogantes y prepotentes, jactarnos menos de nuestros logros y no atribuirnos cualidades de las que carecemos. El recordatorio de la muerte nos ayuda a superar el apego y el aborrecimiento, puesto que tomamos consciencia de que todo es provisional. Este mundo es una posada en la que nos alojamos unos cuantos días y partimos. Cada uno representa su papel para luego irnos. La muerte camina con nosotros codo con codo.

Buda, que como nadie investigó en el sufrimiento humano, declaró que la enfermedad, la vejez y la muerte son «mensajeros divinos». Así es si sabemos instrumentalizar estos tres hechos tan dolorosos para desarrollar en nuestras vidas nobleza, lucidez, compasión y benevolencia.

Mientras la muerte llega, podemos hacer buenos actos, meditar y permanecer sosegados. No es una mala receta. Hacer buenos actos, meditar y permanecer sosegados.

Con su proverbial sentido del humor y su serenidad, Babaji Sibananda de Benarés decía: «Venimos, nos hacemos la foto y partimos”.

También declaraba que somos como actores haciendo aquí su papel y que cuando caiga el telón del escenario, volveremos a nuestro verdadero hogar.

Me gusta recordar las palabras de Ramaprasad-Sen:

«Considera, alma mía, que no tienes nada que puedas llamar tuyo. Vano es tu errar sobre la Tierra. Dos o tres días y luego concluye esta vida terrena; sin embargo todos los hombres se creen dueño aquí. La muerte, dueña del tiempo, vendrá y destruirá tales señoríos«.

El recordatorio de la muerte nos «humilda», nos previene contra actitudes mezquinas, nos ayuda a celebrar cada instante y sentir la vida como una oportunidad para amar y encontrar la paz interior.

 

Ramiro Calle Escritor

Director del Centro Shadak

ramirocalle.com

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