Una alteración del flujo de la energía que se mueve a través de nuestro cuerpo, eso es una emoción y esta alteración puede ser debido a dos tipos de impactos: externos, los cuales recibimos a través de nuestros sentidos, e internos, recibidos a través de pensamientos y sensaciones corporales.

Las emociones que estos impactos nos producen, pueden ser agradables o desagradables, temporales o permanentes, evidentes o sutiles y otras, a veces, pueden llegar a ser crónicas e incluso traumáticas.

Para vivir y relacionarnos todos necesitamos de variables imprescindibles como son el sentido de pertenencia, el amor y la inteligencia, entre otras. Estas sirven para reconocer que siempre pertenecemos a grupos donde intercambiamos amor, energía, etc., y se han de realizar de manera saludable para desarrollar vínculos positivos. Dentro de este pensamiento y como uno de los temas más importantes para el desarrollo del ser humano, están lo que son las competencias emocionales.

Para nuestra relación con los demás y sobre todo con nosotros mismos, las emociones cobran un papel muy importante. Aprender con ellas y experimentarlas contribuye a que podamos conocernos, motivarnos, y comprendernos a nosotros y a los que nos rodean.

Son necesarias para adquirir habilidades sociales que nos ayudan a movernos en la vida de una forma eficaz y responsable. Por ello conocer su funcionamiento nos aportará más bienestar. Este aprendizaje nos mostrará cómo nos relacionamos, y las dinámicas inconscientes que utilizamos con los demás y con nosotros mismos en este plano emocional.

Es a partir de los años ochenta cuando se empezó a dar importancia a las competencias emocionales. Un paso importante en este sentido, fue libro de Daniel Goleman, Inteligencia emocional (1995), en el cual popularizaba el concepto que da título al libro como complementario al de coeficiente intelectual. Goleman define a la inteligencia emocional como la “capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos y manejar adecuadamente las relaciones que sostenemos con los demás y con nosotros mismos.”

Las personas hemos aprendido a silenciar nuestras emociones. En el mundo en el que vivimos, prevalece la racionalidad y continuamente ignoramos lo que sentimos. Desconocemos en muchos casos la forma de lidiar con nuestros sentimientos y con los de los demás y nos perdemos en un maremágnum de sensaciones y emociones en el que no sabemos cómo actuar.

La gestión emocional abarca la elaboración de un proceso (consciente o inconsciente) de aproximación a nuestras emociones, desde el no juicio con el fin de permitir, integrar y orientar nuestra acción presente y futura con un sentido más pleno.
La clave principal de la gestión emocional es el no control. Una emoción es una reacción de nuestro cuerpo transmitida a través de nuestro sistema nervioso, que nos aporta una información que debemos tener en cuenta. Suele decirse que cada emoción tiene una función y un mensaje.

En ocasiones el mensaje que recibimos puede estar “desfasado”: si la emoción se presenta y no la damos espacio, y más aún si nos desborda, es posible que no hayamos hecho una toma de consciencia plena y que por ello persista el impulso emocional.
Ante estas situaciones, resulta favorable dejar de intentar controlar eso que nos está pasando, y gestionar la emoción que nos viene.

A modo de resumen, voy a comentar de manera breve las etapas por las que pasamos cuando realizamos un proceso de gestión emocional:
1. Experimentación: se produce en el momento en el que la emoción nos sobreviene, independientemente de cuál sea el hecho que la ha desencadenado. Cuando gestionamos la emoción, en lugar de controlarla o bloquearla, permitimos el paso a la segunda etapa. Si cortamos la conexión con la emoción es posible que esta regrese más adelante con mayor intensidad. En ocasiones el bloqueo o el control de la emoción puede provocar diversas patologías.

2. Estado de Observación: es el paso al que llegamos si permitimos que le emoción se exprese y desencadene. Suele incluir reacciones fisiológicas. Por ejemplo, cuando sentimos rabia se nos acelera la respiración, sentimos calor y/o ganas de gritar. Este estado se mantiene con mayor o menor intensidad hasta la finalización del proceso. No obstante, una toma de consciencia puede requerir, a menudo, varios episodios para llegar a una resolución: depende de varios factores, pero el principal es la experiencia en gestión emocional que tengamos. ¿Quién no ha tenido emociones recurrentes?

3. Toma de consciencia: Si te observas con paciencia, muchas veces durante varios episodios (o a través del recuerdo de los mismos), las respuestas llegan solas. Necesitamos experimentar las emociones para comprender.
A veces nos damos cuenta de que detrás de la emoción que sentimos hay otra que estaba reprimida: es sorprendente la cantidad de emociones que podemos llegar a experimentar a lo largo del día.
Y no sólo se trata de emociones sustitutivas: hay procesos en la vida con un intenso impacto en nosotros (por ejemplo, los duelos) que requieren la asimilación de diferentes emociones, necesarias por la importancia que el mensaje de ellas supone para nuestra recuperación.

4- Integración: cuando hacemos una toma de consciencia, es decir, nos damos cuenta del mensaje que nos quería transmitir nuestro cuerpo a través de una emoción, aprendemos más sobre nosotros. Pues bien, no sólo se trata de comprender, sino de aprehender, de integrarlo en nuestra identidad y esto puede llevar un tiempo.

La gestión emocional es un proceso al que podemos acceder por nosotros mismos; de hecho, aunque frecuente, lo antinatural es la represión o el control de la emociones. El cuerpo tiende por naturaleza al equilibrio así que, posiblemente, solo con relajarte ya te estarás aproximando a tu objetivo.

Cuando elaboramos un proceso de gestión emocional, podemos ayudarnos con diferentes técnicas facilitadoras o técnicas orientales como la meditación.
Además de las técnicas, también puedes recurrir a profesionales, como un coach o a un terapeuta para que te ayude. Todo aquello que te facilite el proceso puede ser beneficioso para tu liberación emocional.

Con el trabajo Sistémico las emociones nos conectan con lo que nos importa. Nos ayudan a identificar lo que es valioso para nosotros, nos impulsan hacia lo que realmente nos motivan a encontrar y dar sentido a nuestra vida.

Gestionar nuestras emociones no implica sufrirlas pasivamente, hay que mirarlas, conocerlas y acogerlas como parte del gran misterio de nuestro inconsciente. Captar el mensaje que nos dan e integrarlas en cada uno de nosotros.

Ángel de Lope Alemán
Director de “Desarrollo SISTÉMICO Humano”
Titular y Didacta de la AEBH
Autor del libro: “La Visión Sistémica HS ®”
www.dshumano.com